El Martes

El martes me encontró a las 22.15 en la esquina de Gascón y Córdoba con una Sprite de 600 en la mano y dos sugus grandes en el bolsillo izquierdo de mi pantalón. Caminaba hacía la parada del 168 cuando observé, a unos pocos metros, que un muchacho que ya estaba esperando ese colectivo levantó la mano derecha. El colectivo paró y sin disminuir ni acelerar mi paso, llegué justo para subir. Saqué el boleto. Los sugus discutían por un lugar en el bolsillo con algunas monedas y las llaves de mi casa, los agarré, me comí uno y el otro lo cambié de bolsillo. Y me encontré con mi celular. Aproveché para agarrarlo y mirarlo, siempre miro mi celular. Había dos asientos vacíos adelante y otros tres atrás de todo, en la última fila. Caminé despacio el pasillo. Nadie me miraba. Detuve mi vista en un culo que, aunque estaba apoyado en su asiento, se percibía importante. Seguí por el pasillo. Una pareja adolescente leía una revista en ingles. Me senté en el asiento del medio de la última fila. De allí se podía ver todo el colectivo. Y me desparramé como si me dispusiera a mirar la tele en el living de mi casa.

Me importaban pocas cosas. El culo ese. Y una chica que llevaba anteojos; que estaba sentada en el primer asiento de la hilera individual, al lado de la máquina expendedora de boletos, de espaldas al chofer, frente a mi, al otro extremo del colectivo, a unos 10 metros de distancia. Llevaba puesto un jogging celeste y un buzo deportivo, con cierre y capucha, también celeste. No era un celeste cielo, era un celeste Plaza Miserere. Calculé que tenía unos 25 años, que era una chica aburrida o directamente triste. Ni fea ni linda. Seguro que vivía con sus padres. Leía unos apuntes de facultad. Yo la miraba sin descanso. Ella miraba sus apuntes y a veces bajaba la hoja o levantaba un poco la vista con esos anteojos. Qué anteojos. Y me encontraba. Y volvía a bajar la vista. La del culo se paró y tocó el timbre. La puerta estaba en el medio del colectivo, entre la de anteojos y yo. Sí, tenía un culo histórico esta, si hasta sentada me di cuenta. Unas calzas blancas. Pero el culo se bajó. Y quedaron los anteojos.

Pensé en Claudia. Le mando un mensajito y listo, hasta mañana.

Seguía mirándola. Su cuerpo era un misterio debajo de esa ropa que podía ser usada, imaginaba yo, para ir a un gimnasio en Saavedra, para hacer las compras, o para ir a una facultad privada pero barata. Así, con esa ropa, nada de su cuerpo se destacaba pero nada tampoco molestaba. Yo estaba con las piernas abiertas y, a veces, me tocaba el pelo. Ella dejó los apuntes. Y comenzó a mirar por la ventana. Tenía cara de Vanesa. Seguro que tenía un novio más apagado que ella. Un novio gris, no celeste. Su novio se llevaba muy bien con la mamá de Vanesa y compartía algunas charlas, de compromiso, con el padre de Vanesa. Morocho, 24 años, cadete, estudiante de algún terciario, hincha de Temperley. Seguro que sus padres estaban separados y vivía con su mamá. Se llamaría Fernando. Y cuando Vanesa llegara a su casa, tendría la comida preparada pero antes de comer lo llamaría a Fernando.

Noté que Vanesa se inquietaba. En cada movimiento, me miraba. Si dejaba de ver por la ventana para buscar algo en la mochila, aprovechaba para apuntarme. Antes de guardar lo que había sacado de la mochila, de nuevo. Yo seguía inflexible. Mi mundo (mis ojos) se reducía a ella. Agarró una vez más los apuntes y cuando levantó la vista volvió a mirar hacia acá. Ya no leía. Estaba nerviosa. No quería ir a su casa. Estaba comenzando a pensar en una locura. No, no, se decía. Es cualquiera. En Cabildo y Sucre me paré y me acerqué a la puerta. Toqué el timbre. La miré, ahora de más cerca, y tirando la cabeza para atrás, la invité a bajarse conmigo. Tomó su mochila, sus apuntes, y me siguió. Caminamos dos cuadras sin hablar. Abrí la puerta de mi casa y prendí la luz del hall. Le indiqué el camino hacia mi pieza. Nos sacamos la ropa con furia. Después de una hora nos volvimos a vestir. Se fue. Comí el otro sugus y me dormí.


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