Algunos ladrillos

María Teresa tiene 42 años, un hijo de 12 y una hija de 7. Vive con ellos y con Jorge, su marido. Trabaja en la Secretaría de Desarrollo Social del Gobierno de la Ciudad. Cobra mil quinientos pesos por mes y Jorge un poco más en otro organismo público. Es la responsable de confeccionar las órdenes de entrega gratuita de materiales de construcción para familias de bajos ingresos.

Ramona tiene 32 años y 4 hijos, entre 6 y 15 años de edad. Su pareja, el Negro, es el padre de sus hijos. Ayuda en la confección de ropa en un taller de Floresta y gana trescientos pesos por mes. El Negro es albañil y su promedio de ingresos mensual es de cuatrocientos pesos.

María Teresa se levanta de lunes a viernes a las 7. Despierta a su esposo y a sus hijos. Les hace el desayuno a los tres. Y a veces se prepara algo para ella también. A las 10 llega al trabajo. Se pide un café tipo 11. En su oficina están, además de ella y su jefe Juan Carlos, 4 mujeres mayores de 45 años y dos hombres menores de 30. Juan Carlos tiene una computadora, las cinco mujeres otra y los dos jóvenes la tercera. No hay más computadoras y no va a haber más este año.

Ramona se levanta a las 6 junto a su compañero. Mientras ella despierta a los hijos, él prepara el mate. A veces hay galletitas, a veces no. Está haciendo frío y la ventana está rota. Es una casilla con un solo ambiente, un baño y un pequeño espacio para cocinar. El terreno es más grande que la casilla. Hay espacio para hacer otro cuarto, para los chicos. Ramona acompaña a sus hijos más chicos al colegio y a las 9 llega al taller. Se va cuando la dejan. Igual los chicos saben volver solos a casa.

María Teresa tiene 20 expedientes en su escritorio. Ya los vio. Sabe lo que tiene que hacer, es siempre lo mismo. Si todavía la asistente social no hizo la entrevista y la inspección, le hace la nota para que vaya; si ya fue tiene que fijarse si está el informe y si no está pedírselo; y si ya está el informe sólo tiene que leerlo y producir la orden de entrega si así lo aconsejara la profesional. Pero María Teresa necesita una computadora. Y ganas. Está tomando mate y habla por teléfono con una amiga.

Ramona va a entrar más tarde a trabajar hoy. Se dirige a la Secretaría de Desarrollo Social. Quiere pedir que le den materiales para construir otro cuarto, algunos ladrillos. El Negro levanta el cuarto en dos días. No, Negro, no traigas ladrillos de la obra de Paseo Colón; yo los pido y me los tienen que dar; me dijo Marta que tenemos los requisitos para acceder a esos materiales.

María Teresa se puso un pulover de lana. Hoy se va a pedir un café doble, bien caliente. Hay muchas solicitudes de materiales, ahora tiene más expedientes, como 30, en su escritorio. El de Ramona está en la mitad de ese pilón. Agarra el primero, el de más arriba, ese que el jefe lo puso ahí esta mañana temprano. Le pide la computadora a Liliana, un ratito. Este lo tengo que sacar hoy porque me lo pidió Juan Carlos.

Ramona deja pasar dos semanas para llamar por teléfono. Y llama. Quiere saber por el expediente número catorce mil quinientos veintisiete.
- ¿Su apellido?
- Ramírez.
- ¿Cuándo lo inició?
- Hace dos semanas.
- Espere un segundo.
Ramona Ramírez pone otra moneda en el teléfono público.

María Teresa escucha a su compañera de trabajo.
- El expediente de Ramírez, ¿te suena?
- No.
- Está al teléfono ¿qué le digo?
- ¿Cuando lo inició?
- Hace dos semanas.
- No, seguro que no lo vi todavía.
- ¿Qué le digo entonces?
- Que llame mañana.

Ramona no puede ir a trabajar porque su hijo de seis tiene varicela. El nene enfermo duerme. Ramona se pone un abrigo, apura el paso y camina hasta el teléfono público de la esquina. Llama de nuevo a la Secretaría. No se puede comunicar, da ocupado constantemente.

María Teresa entra al despacho de su jefe.
- Juan Carlos, ¿me firmas este?
- ¿De quién es?
- De una familia de Villa Soldati.
- ¿Pero quién la trajo?
- No sé, nadie.
- Si no es nadie por qué me interrumpís, dejalo ahí y cuando pueda lo firmo.
- Pasa que la señora hace cinco meses que lo inició, el informe ya se hizo y llama por teléfono seguido.
- Y a mi que me importa.
- A mi tampoco me importa, firmalo y no llama más.
- ¿No sabés si viene recomendada por Alberto?
- No, ya te dije, no la trajo nadie; vino, se presentó y pidió.
- Bueno dame, no te quiero escuchar más, ¿donde firmo?
- Acá, donde siempre.

Ramona no volvió a llamar a la Secretaría de Desarrollo Social y todavía no sabe que los materiales están listos para ser retirados. Ahora cuando tiene un poco de tiempo y algunas monedas se acerca a la Defensoría Oficial para rogar que hagan lo imposible para sacar al Negro de la cárcel. Doctor, el Negro se robó algunos ladrillos nada más.


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