Lo que no quería

“¿Puede alguien decirme:
me voy a comer tu dolor
y repetirme:
te voy a salvar esta noche?”

Patricio Rey

- No sé lo que quiero, Eduardo, pero por fin tengo muy claro lo que no quiero.

Julieta me miraba, pero yo no. Nunca la miraba cuando me hablaba llorando. Estábamos en la cocina.

Ya era de noche, hacía frío y ni la estufa del living ni las hornallas prendidas alcanzaban. Sentí una distancia triste cuando me llamó “Eduardo”. Era la primera vez que, enojada, me llamaba con mi nombre completo. Era la primera vez en cinco años. Y fue la última.

- No tenés nada para decir, como siempre. Sos un pelotudo- gritó.

Seguía sin poder mirarla. Estaba derrotado. No me salían las palabras y sentí vergüenza. Julieta, creo, se secó las lagrimas con su pulover violeta y, de esto estoy seguro, se fue al baño.

Yo no quería pensar en el problema. Nuestro problema. En ese momento, solamente quería callar, y al rato abrazarla. Mi manera de escapar siempre de esas situaciones era dejando pasar los minutos y, sin tantas lagrimas que limpiar, ofrecer mi hombro. Aunque a mi se me pasaba la alergia recién cuando me dormía. Siempre pensaba que en otro momento podría ayudar a descubrir el camino hacía nuestra paz. En otro momento, ¿si?.

Es que hubo otros tiempos en que Julieta decía “Eduardo”, con otro tono. Me acuerdo. Ella era mucho más linda. Nos gustaba tomar whisky, en la mesa del living y escuchando tango electrónico. Y yo le había encontrado a Julieta la medida justa. Eran dos vasos y su desinhibición la hacía una mujer a punto caramelo. Y con hambre. Sabía que si tomaba el tercero, empezaba su malestar y en vez de revolcarse en la cama, se revolcaba en el inodoro. Dos vasos, dije, hasta la mitad. Y la fiesta.

Era una rutina. Una rutina apasionante. Como en las fiestas de verano, que en todas pasan la misma música. Nuestro sexo era una fiesta de verano y siempre pasábamos el mismo hit. Whisky. Después cada uno se sacaba su ropa y desnudos nos encontrábamos debajo del acolchado. Nos tocábamos un poco. Muchos besos, mucha saliva. Y entonces ella se ponía boca abajo y me llamaba Eduardo.

Julieta salió del baño, caminó hasta nuestro cuarto, acercó el banquito hacia el placard y se subió; estiró la mano y alcanzó una valija. Cuando me acerqué me miró una vez, ida, y ya no me miró más. Me recosté en la cama y vi como llenaba la valija. En la habitación también hacía frío. Seguían sin salirme las palabras. Deseaba que se arrepintiera y que se lanzara encima mío, con su pulover violeta. Pero no. Cerró la valija, caminó otros pasos y escuché que se llevaba más cosas del living y de la cocina.

Es que hacía mucho tiempo que no me llamaba Eduardo, desnuda, y con la boca mojada.

Hacía mucho tiempo que la tormenta había dañado nuestra antena. Estábamos incomunicados, en el teléfono, en la mesa, en la calle y en la cama. Por las noches mirábamos la misma ventana pero cada uno apuntaba sus ojos a distintas estrellas.

Nunca le pedí a Julieta que me explique qué era lo que no quería. Lo entendí con el tiempo y con la memoria.

Hace unos días la volví a ver. Todavía no sabe lo que quiere. Pero se nota que dejó de hacer lo que no quiere. Estaba flaca y tenía menos granos en la cara.

08/05/06


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