Labio roto
- ¿Dónde está la moto? – me apura Gastoncito de frente mar.
- ¿Qué moto? ¿Qué te pasa? – le pregunto asustado. Mirándome a los ojos, me dice:
- Ayer me chorearon la moto. Y nos dijeron que vos estabas ahí.
– ¡Abrí la puerta! – me dice el Negro. Me corren de un empujón, abren la puerta y pasan.
José para el oído en el primer piso. Sin pensarlo dos veces, agarra el teléfono y llama a la policía. Baja las escaleras y se encuentra con Gastoncito y el Negro en el hall de entrada. Les dice que en la sala no hay ninguna moto, que bajen un cambio. Que está todo bien, que revisen si quieren, pero que no van a encontrar nada. Empezamos a revisar las salas, los pasillos, los cuartos. Subimos al primer piso, revisan, bajamos, abren puertas, preguntan, mandan. La moto no aparece. José les dice que por favor se vayan, que ya vieron que no hay nada. Los pibes están muy acelerados y después de unos minutos deciden irse. En la puerta, de nuevo cara a cara con ellos, espero un arrebato que me rompa la cara. Pero no. De la nada, aparecen dos policías:
- ¿Hay algún problema por acá, señores? – pregunta el más alto.
- No. No pasa nada, oficial. Ya nos vamos – dice Gastoncito. Antes de meterse en el auto que había quedado en doble fila sobre Cabildo, se da vuelta y me dice:
- Nos vemos en Colegiales en una hora.
José era un amigo del secundario. Me había hecho un lugar en su casa – en el primer piso las habitaciones, el baño y la cocina y en la planta baja tres salas de ensayo – cuando me tuve que ir de la mía. No había un solo lazo sano con mis viejos y la convivencia era insostenible. Yo estaba descontrolado como nunca en mi vida. No trabajaba, había colgado la facultad hacía un tiempo atrás y lo único que hacía era vender y tomar falopa. Estaba todo el día duro y me pasaba dos o tres días sin parar de tomar. Poco importaba la voz angustiada de Paula, mi novia. Tampoco las palabras de mis amigos – mis pares – lograban parar mi desbande. El día lo pasaba en las salas y a la noche me daba una vuelta por el barrio. Me quedaba en la puerta del edificio, con mis amigos, con conocidos, con el que fuese. En esa época, por la cuadra venían a comprar cocaína unas treinta personas por hora. El desfile era total. La zona estaba totalmente liberada y yo usaba el palier del edificio como guarida. Guardaba los papeles en el techo del ascensor. Entraba y salía. Tomaba y vendía. No me paraba nadie.
La noche de la moto, tarde, apareció un tipo diciendo que la policía estaba a dos cuadras y que venían para el edificio, que me fuese para adentro. Le hice caso y el tipo desapareció. A los dos minutos salí a la calle y volvió a aparecer la misma persona. Me dijo: “!Te dije que te quedes adentro!”. Volví a entrar y me quedé escondido en las escaleras. A los pocos minutos escuché la patada y el arranque de una moto – la de los pibes del piso catorce, deduje después –, la aceleración, el caño de escape, los cambios y el chirrido de las ruedas contra el pavimento. Salí y me quedé un rato vendiendo los últimos papeles que me quedaban. Después me fui.
A las diez de la mañana de ese mismo día los dueños de la moto se aparecieron por la sala de ensayo de José.
Cierro la puerta, me arrodillo y apoyo la espalda contra la pared, siento como me late de rápido el corazón y quiero que me trague la tierra. José está como loco. No para de putear. Le pega una trompada a la pared, respira hondo y me dice que cómo puedo ser tan pelotudo, me pregunta sobre la moto. Tejo los hilos de la historia, en voz alta, angustiado, voy, vengo, camino por la casa, reproduzco la noche anterior. Se produce un silencio. Se convence de que yo no robé ni entregué ninguna moto, me mira y me dice que Gastoncito y compañía se la pueden agarrar con él, acusarlo de cómplice, romperle todo, o aún peor, cobrarle a él la moto y vaciarle la sala de equipos e instrumentos. Vuelve a putear. Hace una pausa, mira al suelo, golpea una botella de Coca Cola que está tirada en el piso, levanta la vista, me mira a los ojos y me dice que no se puede arriesgar, que su vida está puesta en la sala, que lo disculpe pero que me busque otro lugar para vivir.
Vamos caminando hasta Colegiales. En el camino nos fumamos un porro enorme. Yo me siento parte de una película y por momentos no logro entender qué pasa. Llegamos al barrio. Enfrente del edificio, sentados en un umbral, los veo sentados a Gastoncito, a su hermana, al Negro y a algunos más. Cruzo la calle – José se queda en la puerta del edificio y al darme vuelta, un rato después, ya no lo volvería a ver – y los encaro. Está todo mal. Todos están inquietos, fuman, toman cerveza y vino. Gastoncito se me viene al humo y me rompe la boca con el arrebato que no me había puesto a la mañana. Yo no llego a reponerme y él viene por más, pero la hermana – mi ex novia y tan poronga como Gastoncito – interviene: “!Para, loco! Mariano no tiene nada que ver”. Sandra impone el peso que le da su figura dentro del grupo y logra parar una paliza. Con el pequeño viento a favor, tomo la iniciativa y les digo que están de la cabeza, que cómo pueden pensar que les choree la moto, que me conocen bien, que saben que los respeto – me limpio la sangre de la boca con la remera -, y qué nunca me animaría a cagarlos. Me gritan que yo le entregué la moto al hijo de puta ese porque ando muy mal, mucha droga, muchos problemas en mi casa, qué cuando uno está así entrega hasta la vieja.
- Ahora vamos a ir a buscar al chabon. Y vos lo vas a marcar.
- Gastón, te juro que no sé quién es.
- A alguno vamos a poner. A ese o a otro. La moto tiene que aparecer porque se pudre todo. ¿Me entendes?
Los pibes estaban sacados. Los habían choreado a ellos, justo a ellos, los rochos de la cuadra. La moto era un caño y la habían comprado en una concesionaria por derecha. Yo estaba con la boca rota, sin dormir y todavía re loco. Me subieron a un auto. Yo iba adelante. Manejaba Gastón y atrás iban el Negro, Adrián y un gordo enorme que no conocía. Fuimos hasta Chacarita y paramos frente una casa. Entró el Negro y después de unos minutos interminables volvió a salir, apurado, mirando para los cuatro costados. Se metió en el auto, pasó un fierro para atrás y el otro se lo dio a Gastón. Los pibes tenían en mente a un loco que había estado dando vueltas por el edificio durante los últimos días y que paraba en unas torres que estaban a pocas cuadras de la estación de Colegiales. En el viaje me decían que era un hijo de puta, qué porqué carajo no les había tocado el timbre cuando el puto ese se estaba llevando la moto. Yo les decía que no me había dado cuenta de nada, que estaba re duro, que por favor no me hagan nada. Gastoncito le pegaba con la culata de la 9 mm al volante y el odio se le escapaba del cuerpo, me decía que si hubiese sido al revés ellos me hubiesen avisado, que me tendría que pegar un tiro en una pierna por pelotudo.
Damos unas vueltas y aparecemos en las torres. Hay algunos pibes en la plaza. Nos acercamos con el auto a dos por hora. En eso, reconocen dentro del grupo al loco que están buscando. Paran el auto y lo llaman. El tipo se acerca, asoma la cabeza y saluda con miedo. Me preguntan si es él. Les digo que no, que ese no es el que se había llevado la moto. Damos la vuelta y vamos otra vez hasta el barrio. Me abren la puerta y me dicen:
- Después te venimos a buscar. ¡Quedate acá!
En el primer piso del edificio vive uno de mis amigos, el Pulga. Es como mi casa, pasé noches enteras en ese departamento. Subo corriendo, toco timbre, me abre la puerta y ni bien entro le cuento la historia. El Pulga no puede creer lo que está pasando, se pone tenso, me trae hielo para mi labio roto y me dice que era obvio, que yo venía demasiado zarpado y que alguno me tenía que poner para que abra los ojos de una vez. Le pido la bolsa de cincuenta mogras que tengo en su pieza, qué me la de, qué es mía, que quiero tomar. El Pulga se resiste, me dice que no sea boludo, que no la siga embarrando. Insisto, me pongo denso, ansioso, a mil por hora. El Pulga afloja y vamos a buscar la bolsa que está entre unas remeras de colores dentro de uno de los cajones del ropero de su pieza. Empiezo a tomar y el gusto de la cocaína pura se me mezcla con el de la sangre de mi boca. Le ofrezco pala al Pulga pero no quiere. Después de por lo menos tres horas interminables de merca, alguna bebida fuerte, dos atados de cigarros y una discusión con el Pulga y un par de amigos que fueron llegando, decido irme a la casa de otro amigo, Cepillo, que vive en Villa Pueyrredon. Abajo, la cuadra hierve, se escuchan autos que frenan y vuelven a salir, voces, gritos, gente que va y que viene. La paranoia me come por dentro y no me deja pensar, espío por la rendija de la ventana mil veces, camino por la casa, sigo tomando, pongo un disco, lo saco, me come la cabeza la idea de salir y que me dejen paralítico de un tiro, mis viejos están doce pisos más arriba y no tienen ni la más puta idea del quilombo en el que estoy metido. No aguanto más. Decido irme. Agazapados entre los autos, encaramos para Federico Lacroze, en donde me tomo un taxi hasta la casa de Cepillo.
Encerrado dentro de las cuatro paredes del departamentito de Villa Pueyrredon me pasé toda la noche tomando de la bolsa, desesperado, enfermísimo. Con la primera luz del día tomé la decisión de irme a Brasil, a la casa de un tío que vivía cerca de Porto Alegre, en las sierras. Después del mediodía me despedí de Cepillo y fui hasta la casa de mi abuela, en Chacarita. Le pedí las llaves del departamentito que ella tenía en Camboriu, por las dudas. La convencí de que estaba todo bien, qué lo del labio era solo un golpe, qué necesitaba despejar mi cabeza por unos días. A esa misma hora José estaba sentado en un bar con mis viejos del otro lado de la mesa, les contaba la historia de punta a punta. Para terminar les contó que en unas horas yo me iba para Brasil.
A las ocho de la noche llegué a Retiro. En la puerta del ómnibus me encontré con mis amigos, con Paula, mi vieja y mi hermana. Nadie entendía nada. Paula lloraba. Mi vieja me trajo algo de ropa y mi hermana no me quería dejar ir. Mis amigos acompañaban en silencio.
Al mes de estar en Canela, me llegó una carta. Me decían que no podía volver a Colegiales porque me estaban buscando, que tenía que pensar seriamente en la posibilidad de hacer algo por allá durante un tiempo, hasta que se calmaran las cosas, que ni se me ocurra aparecer por allá.
Un tarde de mucho calor fuimos a pasear a un morro de la zona. Mi tío me sacó una foto. Estoy solo, muy flaco, averiado y con la mirada perdida. Atrás es todo verde, y si se mira con atención se puede ver una gran cortina de agua cayendo desde lo alto.
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- Septiembre 26, 2006 / 3:40 am
- Category:
- Textos Mariano
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