Oscuridad Total

OSCURIDAD TOTAL

No voy a subir la persiana, ni un poco, ni para que entre esa poca luz que vos decías que formaba líneas de luz. En verdad, cuando esa luz atraviesa con esfuerzo la persiana y encuentra la pared de enfrente, tu pared, la de tu lado, forma unos pequeños rectángulos de luz, como alargaditos. No son líneas, Javier.

Sabías que a mi me gustaba la oscuridad total. Y nunca me dejaste tener la persiana absolutamente cerrada, así como la bajé ahora, tirar de la cinta hasta que haga tope. Te gustaba un mínimo de luz, esas rendijas aunque sea, para que entre, decías, algo de sol, algo de cielo, algo de noche, de noche te gustaba abrir toda la persiana, el resplandor te gustaba, la luz del mundo nocturno.

Te gustaba también que, en la cama, me quede totalmente desnuda. Toda desnuda, sin importar el frío ni la cantidad de sábanas. Nunca me compraste ropa interior. Ahora tengo puesta una bombacha blanca que ni conocés y la remera de Purmamarca, desteñida. Hace tres días que tengo puesta esta bombacha blanca y esta remera de Purmamarca. Hace tres días que no me levanto de esta cama.

No me duele nada pero siento mucho dolor. No me duele ni la cabeza, ni la espalda, ni los pies, ni la cola (cómo te gustaba mi culo, estabas obsesionado), ni el pecho, ni la garganta, ni la muela. Pero siento dolor. No me duele el corazón tampoco (si me doliera iría al cardiólogo). Y no creo en el dolor del alma. En la facultad nunca me mostraron donde está el alma. Y en mi corta experiencia profesional tampoco la encontré.

- Dra. Martínez, me duele el alma.
- Discúlpeme señor, soy médica clínica y le puedo asegurar que eso no queda en el cuerpo, creo que no lo puedo ayudar.
- Pero me duele.
- Está bien, tírese en su cama y no se levante por tres días.

Tres días no alcanzan, le mentí. Esto no tiene cura.

No sé si me hubiera gustado tener un hijo con vos. Algún boludo le podría decir en unos años: “sos el recuerdo vivo de tu papá, de esa persona maravillosa”, y bla bla bla. Y después otro diría: “tu papá murió tan joven”.

Tengo dolor aunque no sé que me duele.

Un hijo sin padre, no. ¿Por qué hacer que él sufra nuestro amor y mi dolor? Te conocí hace cinco años, un hijo nuestro sería chiquito. Y tendría que explicarle lo que significa un paro cardíaco, soy médica, lo podría hacer, pero debería hacerlo con palabras de madre. ¿Cuáles son las palabras de una madre médica a un hijo pequeño que perdió a su papá para siempre?

Además, si hubiéramos tenido un hijo, ahora no podría estar tirada en esta cama que ya no es nuestra, sin importarme el día ni la noche, ni la ropa ni el hambre.

Te extraño mucho.

Te fuiste muy rápido, no cumplimos ni treinta años todavía.

Quiero que aparezcas, aunque sea tarde, aunque no me hayas avisado que venías tarde, aunque estés enojado, aunque estés enfiestado. Quiero verte y hacerme la dormida. Cuando escuche la puerta me voy a sacar esta remera y esta bombacha, te lo juro. Quiero que entres al cuarto sin disimulo y te tires en la cama, como siempre, aplastando la mitad de mi cuerpo, porque sos un bruto Javier.

Llegaste con mala cara el lunes, estabas cansado. Tenías una bolsita de Musimundo y me la diste. Me regalaste el nuevo disco de Drexler. Todavía no lo escuché. Eran como las 8 de la noche. Te cambiaste la ropa, viniste a la cocina y te sentaste en el banquito azul; yo estaba preparando una salsa. “No me siento bien”, me dijiste.

Este año la primavera se está demorando, Javier. Llueve y hace frío. No apagué la estufa todavía. Así no van a crecer las flores. Sin vos no hay flores, Javier.

Ricardo Dios
Octubre 2006


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