Leche chocolatada
Por Ricardo Dios
Con la colaboración especial de Lucio Mantel
“Yo sé que soy neurótico, soy muy neurótico, pero quiero quedarme solo, solo con mi perra”
Llegué a lo de Rafi después de la 1 de la mañana. Me abrió un desconocido. A veces me gustan los desconocidos, a veces no. Recorrí el pasillo y entré al patio, ese patio que ocupa en mi cabeza recuerdos de mágicas noches, mágicas porque uno está en ese patio y, como el mago, siempre alguien saca un conejo de la galera. El conejo, este viernes, fue Rafi.
“Soy tan neurótico que cuando se vayan, y me quede solo, no voy a querer estar solo, solo con mi perra”
Saludé a todos. Primero a los desconocidos, luego a los otros. Me hice un lugar entre las palomitas, en su nido, me senté al lado de Irene, encerré con mi brazo izquierdo su cintura, metí la mano por debajo de su remera y le acaricié la panza. Ángela, del otro lado, me hizo un comentario y sonrío. Ángela entiende mis chistes y yo los de ella, entonces nos reímos mucho. (Hay dos manifestaciones que necesitamos para vivir en plenitud: llorar y reír. Llorar cuando es necesario y reír cuando no resulta necesario llorar). La primera conversación que mantuve con Rafi fue normal. El afecto de siempre que nos mantiene unidos. Algo de laburo. Pero había algo en él. Otro ritmo. ¿Sus ojos?, no. Sus ojos miraban a mis ojos, como siempre. Rafi siempre mira a los ojos, y eso lo hace más hombre. Todo en orden, se había tomado unas cuantas birras, nada más.
“Mi perra está caminando por el patio y todos la acarician, pero ella no los busca a ustedes, ella me busca a mí. Y no puede pasar, y encontrarme, porque están todos ustedes ahí”
En la cocina los desconocidos calentaban algo, en una olla. Parecía una pócima. Me acordé de Asterix. Las palomas, que por ser palomas entonces son mensajeras, contaron la historia. No era una pócima, era leche chocolatada con marihuana. Resulta que uno de esos, apenas entró a la casa, preguntó: “Che, ¿hay leche?”. Y otro de esos “¿y cacao?”. Si hubiera estado Iofe, ya me imagino la respuesta que hubiera ofrecido a la primera pregunta. El cacao quedó en mi cerebro y me llevó a una canción de Divididos que quería que cante Lucho, con su guitarra, y que no pude sacarla hasta que llegué a mi casa y puse el disco (Qué piensa Reina Isabel, de la papá y el cacao).
“No se enojen, los veo caminar por mi casa, con toda su confianza, y está todo bien, pero quiero estar solo”.
Sí. Lucho agarró la guitarra y, otra vez, fue un placer. Los desconocidos se empezaron a mover al ritmo de las rasgadas y de unos golpes a un tamborcito que apareció por ahí. Las palomitas cantaban. Rafi me presenta a una amiga. Ella, sí, ella fue quien trajo a todos esos. Ella, que está re limada pero que la quiero mucho, dice Rafi, la conozco desde el secundario, después de terminar el secundario ella se fue a Bolivia y después a Ecuador y después a Costa Rica y después volvió y está todo bien, es re amiga mía. Ella trajo a todos estos locos. Vení, te presento a un… a Edu, es un hermano.
“Necesito que se vayan”
Ella, la amiga de Rafi, nos cuenta como conoció a cada uno de ellos, en noches oscuras en La Paz o en el camino del Inca. En Lima, pensé yo. Estos pibes tienen que ser de Lima. Ella presentó a la del poncho con el de barba. Ahora tienen tres hijos juntos. Se encontraban en esas noches y había un ingeniero que preparaba mezclas de drogas y todos terminaban de la cabeza. Me inquietan esas vidas, ese despojo, esa libertad, ese desapego. Pero es demasiada Lima para mi. Creo que no me caen bien pero tendría que averiguar muy adentro mío por qué.
“Está todo bien con ustedes. Esa chica boliviana es hermosa. Pero se tienen que ir”
Uno de esos trae una taza con leche chocolatada caliente. Toma Flora, Paulita, ellos, Andie Mc Dowelll. Y Rafi. Rafi toma leche chocolatada. Y se pasa la lengua por los labios. Rafi empieza a saborear a otro Rafi. La música sigue. Piden Spinetta. Lucho es Spinetta. Qué lindo que canta Lucho. Genero otra conversación con Rafi. Intento decirle algo profundo, me siento muy bien hablando con él. Pero Rafi ya no entiende nada. “Edu, estoy re loco, no se de que me estás hablando”, me dice. Me río y vuelvo al nido.
“Otra cosa, yo gasté $70 en las cervezas que ustedes están tomando, les pido que por favor dejen plata antes de irse, porque estoy muy justo de plata”.
Alguien me toca la espalda. Me doy vuelta y lo veo a Rafi que se mete en su cuarto recién pintado. Me dice: “Edu, me siento mal –su rostro empalidece y la blancura de sus cachetes contrastan con la oscuridad del cuarto- quiero quedarme solo, disculpame, dame una mano”. Lucho sigue tocando la guitarra. La llamo a Azul, la hermana de Rafi (esto es una cuestión familiar, pensé). Le comento la situación y antes de que esbocemos una estrategia para el despido masivo, Rafi sale de ese cuarto, se adelanta un paso, levanta la voz y empieza a hablar. No necesitaba de un abogado para decir lo que sentía. Y empezó a expulsar las frases que acompañan este texto. Lucho seguía tocando la guitarra.
Al principio a Lucho le pareció parte del show. Le hice ojos. Rafi siguió con sus declaraciones. Le hice manos a Lucho, tenía que parar. Dejó la guitarra, se me acercó, mientras Rafi endurecía su discurso, y me preguntó si se había perdido algo. Todos perdimos algo alguna vez pero no podíamos perdernos a este Rafi. Cuando empezó a hablar, Andie Mc Dowell quiso interrumpirlo. Pero Rafi ya era Rafael y con su verborrea silenció a todos. Puso play y todos los demás quedamos en pause. El discurso de Rafael sólo fue acompañado de un sonido que venía de la cocina. Pensé que era una canilla, que alguien abrió la canilla. Cuando Rafael pidió plata, su voz era un arma: todos metimos nuestra manos en nuestros bolsillos o carteras y sin respirar pusimos nuestro dinero en sus manos.
Tuve un poco de temor. De que Rafael agrediera a alguno de esos desconocidos o que prenda el ventilador y nos empiece a dar a cada uno de nosotros todos los palos que nunca nos dio. Siempre hay palos para dar. Ocurre que cuando la gente se quiere esos palos se tiran al costado del camino en nombre del amor.
Conocimos otro Rafael. Conocimos los efectos de la leche chocolatada. Rafael nos ofreció algunas de sus verdades y algunas de sus miserias. Yo, entonces, lo quiero más que antes.
Los desconocidos empezaron a retirarse y nosotros también. Sin embargo, ese que tenía más de 40, ese que podía ser el padre de una palomita, ese desconocido de Bolivia y Perú, ese que nos hizo pensar en su errante vida, ese no quería irse, daba vueltas con una mezcla de culpa y desinterés. Le dijimos que debía retirarse. Se había echado un vómito en la cocina mientras Rafael se desnudaba con su voz, lo supe después y lo que pensé como canilla en realidad era una boca y lo que pensé como agua era caldo. Que asco.
Se fueron todos los desconocidos junto a la amiga de Rafael del secundario. La conversación siguió en la puerta de calle, con los más íntimos (Pedro el vecino amigo de Rafael y amigo de todos, recién llegaba y se sorprendía con la información que recibía). Rafael continuó con su faceta desconocida. Pero todos ya estábamos más tranquilos y había posibilidades de diálogo. Me retiré con la mano de Irene en la mía. Sé que en esa vereda las aventuras continuaron. La noche no había terminado.
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- Noviembre 28, 2006 / 3:37 am
- Category:
- Textos Ricardo
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