Sus dedos después de sus ojos siguen secos
El acto estaba anunciado para las seis de la tarde. A las seis y media un hombre de unos sesenta años, abrigado con una campera de cuero negra desgastada, se acerca al micrófono que, curiosamente, no está en el escenario sino al lado, sobre el nivel del suelo. No hay mucha gente, apenas un puñado de hombres y mujeres, casi todos con más de cincuenta años. Transcurre esto en la Plaza de los Dos Congresos, enfrente de la Ex Caja Nacional de Ahorro Postal. Es un homenaje a detenidos desaparecidos compañeros de La Caja.
El hombre de campera de cuero se toma con una mano del palo que sostiene el micrófono y con la otra toca la punta del micrófono para probar el sonido. Luego da por comenzado el acto. Se termina el día y está fresco. El hombre lee algunas adhesiones. Desde el escenario pequeño y bastante bajo, familiares de desaparecidos de La Caja se toman de la mano, observan al público y sufren el viento que levanta sus pelos y desacomoda sus ropas. Detrás del escenario un muro de madera impide el paso hacía el monumento de la Plaza, que está en reformas. Llega el momento de leer el documento. El hombre deja lugar a otro hombre, de pelo bien negro este hombre, también con unos sesenta años y con un saco oscuro. Dice que va a leer un documento que se había consensuado luego de varias reuniones.
El público escucha atentamente la extensa lectura del documento. El hombre del saco oscuro lee en un tono uniforme, algo acelerado y a veces se confunde alguna palabra y la vuelve a leer. Así y todo, es un poco monótono en su oratoria. Cuando menciona los nombres de los desaparecidos no deja el espacio de tiempo suficiente, entre uno y otro, para que el público grite “presente”. Luego de la mención de los compañeros desaparecidos, parece que el discurso concluye. No. El hombre del saco oscuro en sus espaldas deja de leer y cambia bruscamente su tono de voz, comienza a hablar, después grita, y habla y grita su alma, su pecho, su historia. Recuerda a sus amigos desparecidos, la lucha, los valores de esa lucha y los huevos en la lucha para sostener esos valores. Promete que va a dejar su vida para que La Caja vuelva a ser lo que era, del Estado y al servicio del pueblo. En uno de esos gritos su voz se desarma. Y llora.
Los familiares de los homenajeados, arriba del escenario, apretados y olvidando el viento, lloran también. Uno de ellos, un hombre de unos cincuenta años, baja las cortas escaleras que separan el escenario del suelo, pasa por detrás del hombre que habla en el micrófono, le da la espalda al público (aunque no es su público, nadie lo mira), apoya sus dos manos en unas rejas incoherentes, muy bajas y negras, que aparecen un metro antes del muro de madera, se saca los anteojos que lleva puestos y dirige sus manos a su cara en un gesto habitual de una persona cuando llora y quiere secarse las lagrimas. Pero no tiene lágrimas. Da vuelta la cara, tímidamente, hacía el público, vuelve rápidamente a su posición y sigue en su derrota solitaria. Tiene una postura de un hombre que quiere esconderse.
Este hombre, que es casi del todo pelado y lleva puesto un pulóver de hilo bordó, cree que volvieron sus lágrimas y cree que llora también por eso, por ese regreso. Pero no. Su pecho está roto, su cara desconocida (por eso muestra solo la nuca) y sus dedos después de sus ojos siguen secos. Ahora habla una mujer y recuerda a los 30.000 desaparecidos. El hombre de pulóver bordo recuerda, como lo recuerda todos los días y varias veces al día, a su hermano leyendo en la cama, esa cama que estaba al lado de la suya, en ese cuarto compartido, su hermano tenía 19 y él 17, en la casa de los viejos, en Monserrat, acá a poquitas cuadras. Recuerda cuando su hermano se fue de casa, tres años después de aquel recuerdo y recuerda que ya no tiene más recuerdos. Se fue de casa de los viejos, lo vio poco después y después no lo vio más. El hombre casi del todo pelado, que ahora lleva las manos a la cara y da la espalda, lloró durante tres horas seguidas un día de 1976, con 20 años, cuando se enteró que habían secuestrado a su hermano. Era tal su angustia y su soledad que, encerrado en su cuarto, aquel cuarto de los dos, se arrojó en la cama boca abajo y lloró hasta que le ardió la garganta. Desde entonces no lloró más. Ni siquiera hoy.
Ricardo Dios
Noviembre de 2006
About this entry
You’re currently reading “Sus dedos después de sus ojos siguen secos,” an entry on Los hermanos Dios
- Published:
- 11.28.06 / 3am
- Category:
- Textos Ricardo
- Tags:
1 Comment
Jump to comment form | comments rss [?] | trackback uri [?]