Iuris Tantum
El sótano era ideal para nuestro objetivo, el recital de Iuris Tantum con fiesta incluida. En uno de los extremos había lugar suficiente para poner los equipos y para que entren los cuatro integrantes de la banda, cómodos. Había un gran espacio para unas 150 personas y en el otro extremo quedaba lugar para la barra, que tenía que manejar yo.
Mis primos hermanos Ramón y Pande (así le decían entonces, nunca supe por qué, aunque se llama Adrián) eran los motores de la banda. Son los hijos de los dos hermanos de mi papá. Mi papá se llama Federico y es abogado. Iuris tantum es una expresión que se utiliza mucho en derecho, y mi papá la usa mucho para la vida cotidiana. Esa expresión da cuenta de una presunción jurídica que se establece por ley y que admite prueba en contrario, a diferencia de las presunciones iuris et de iure, que impiden probar que son falsas. Mi viejo cuando afirma algo dice que es iuris tantum y busca en sus receptores (mis hermanas y yo, mis primos o quien fuere) que nos esforcemos para argumentar en contrario.
A mí siempre me gustó esa expresión y convencí a mis primos para que la usen como nombre de la banda.
Los hermanos Varela, nuestros padres, comparten desde que los recordamos, la pasión por la música y dedican gran parte de sus encuentros a discutir sobre bandas y discos. Nosotros, los primos, testigos de esas conversaciones, desde niños soñamos con tener nuestra banda de rock.
En Iuris Tantum Ramón tocaba la guitarra y Pande el bajo. La banda se completaba con Pepe, el cantante y Amarillo, el baterista. Mi papel era ser una especie de team manager. Amarillo, hijo de coreanos, era amigo de la secundaria de Pande, y Pepe era el cuñado de Amarillo. Pepe era cuestionado duramente por los hermanos Varela por su voz cansina, descomprometida y gris. Mis primos defendían a Pepe en el proyecto y, aunque no lo conocían mucho, confiaban en su estilo y en su compromiso. Yo, sin expresarlo, alentaba las críticas sobre Pepe, porque aspiraba a ser el cantante de esa banda. Me sentía parte de la banda en mi papel de organizador pero sabía que la papa no estaba ahí. Me imaginaba con mis primos arriba de un escenario y se me ponía la piel de gallina. Era una presunción: siendo muy jóvenes y talentosos, nos subíamos arriba del escenario, hacíamos rock and roll, y entonces íbamos a tener una vida intensa. Muchas mujeres, giras, ganar plata, ser famoso, ser feliz.
En la época de Iuiris Tantum, mis primos y yo teníamos menos de 20 años.
Mis primos discutían sobre la graduación del sonido, Pepe estudiaba las letras y Amarillo hacía ejercicios orientales de relajación, mientras yo cargaba junto a nuestros amigos del barrio los cajones de cerveza hacía la barra. Habíamos comprado también melón y vino tinto, que combinado lo llamamos melón diabólico.
Mis nervios eran evidentes. Me preocupaba la cantidad de gente que pudiera venir, la calidad del sonido y si alcanzaba el hielo. Pero lo que más me hacía ruido en la panza era que yo esa noche iba subir al escenario por primera vez a cantar un tema. Después de algunos ensayos y de insistir a mis primos, la banda me permitió subir en una canción (inclusive Pepe se mostró accesible, porque no se imaginaba que yo quería robarle el lugar, tan solo creía que lo mío era un acto de vanidad). Y esa canción era esa noche. Soñaba entonces que sería el primer paso de los primos en pleno, arriba del escenario, el primer paso de una carrera que nos llevaría a una hermosa locura.
Antes, Iuris Tantum había tocado varias veces en distintos bares. Esa noche alquilamos un sótano solo para nosotros, la idea era pasar buena música, calentar un poco el ambiente y salir a tocar apenas media hora con nuestros mejores temas, dejar a todos de la cabeza y seguir con la fiesta. Así lo planeamos y así salió.
Empezó la fiesta y observé que el sótano se iba poblando a un ritmo bastante acelerado. Me excité. A las 2 de la mañana estaba lleno. Era un triunfo. Llevé un par de botellas de cerveza al escenario. La banda empezó a tocar.
La gente estaba delirando. Después de cuatro temas, era mi turno. Subí al escenario y tomé un trago de la botella de birra que estaba por ahí, Pepe me presentó y me dejó su lugar. Hicimos un cover de los Redondos:
“La más hermosa niña del mundo
puede dar solo lo que tiene para dar…
música para pastillas
y mucha cuchillería”
Transpirado de forma escandalosa, observé al público. Recuerdo una imagen como si fuera la foto de mi graduación que cuelga en el living de la casa de mi vieja. Tres pibes de la misma edad, que no conocíamos, abrazados, cantando y saltando. No los volví a ver nunca más pero sus caras se clavaron en mi cerebro para siempre y puedo describirlos como si fueran habitués en mi vida. No sabía por que estaban allí, si conocían la banda, o el sótano, o si vieron luz y entraron. No se por qué, pero estaban disfrutando. En una de las tantas veces que recordé esa imagen, pensé que quizás estaban tan gozosos porque yo cantaba un tema de Los Redondos, pero recuerdo también que durante todo el recital esos chicos estuvieron abrazados y saltando en la primera fila, en todos los temas que tocó Iuris Tantum
El aplauso del final que recibió la banda me hizo temblar las piernas. La fiesta terminó a las 6 de la mañana.
Al mes hicimos otra fiesta en el mismo sótano y fue un fiasco. Volví a cantar un tema pero nadie me miraba. Mi voz era cien veces peor que la de Pepe. La desazón me invadió primero a mí y poco después a la banda entera.
Promediaba la década del 90. Iuris Tantum se desintegró. Era una banda que admitía prueba en contrario. Las pruebas fueron que la gente no venía a vernos, que las relaciones entre nosotros se estaban estropeando, que Amarillo tuvo mellizos y se desentendió, y que Pepe nunca dejó de ser cuestionado.
El menemismo cultural mostraba en la superficie sólo lo superficial. Sin embargo, desde arriba las grandes bandas de rock peleaban contra esa superficialidad y hacían discos conceptuales de lucha contra el poder establecido. Por abajo, aparecían los sótanos, centenares de bandas con deseos de protestar y dar a conocer sus necesidades. Nosotros queríamos formar parte de esta movida pero fracasamos.
(Pienso ahora que Cromañon cerró las puertas de estos sótanos y dejó a cientos de pibes sin lugar para expresarse. Pienso también que el rock hoy no tiene claro donde quedó el enemigo).
Como fuera, los primos Varela seguimos creciendo (todavía no hay otra opción posible en este planeta, el tiempo pasa y uno crece). Ahora Ramón es arquitecto y se está construyendo una casa en un country para vivir con su familia. Adrián (hace rato que lo dejamos de llamar Pande) es antropólogo y labura en una ONG. Yo terminé sociología y trabajo en una consultora.
De vez en cuando nos tomamos unas cervezas. Y entonces sólo hace falta que agarre un envase como si fuera un micrófono para que con mis primos recordemos una vez más la noche del sótano, las presunciones y las pruebas en contrario.
Ricardo Dios
Diciembre de 2006
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- 12.20.06 / 2am
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