Roger Waters en la Argentina
“Este es uno de esos shows al que hay que hacerle lugar en la lista de los más importantes de nuestra vida”.
Un amigo de mi hermana utilizó estas palabras para graficar, enmarcar, todo lo que nos había pasado durante las tres horas que duró el recital de Roger Waters en la cancha de River, unos días atrás, el 17 de marzo del 2007.
El bajista ya había pisado suelo argentino, allá por marzo del 2002, y en Velez. De aquella visita me quedé con casi nada, salvo que fui con un par de amigos, a la popular y que desde ahí no sólo veíamos el escenario, los músicos y la pantalla gigante, sino también los autos que pasaban por la autopista 25 de mayo. No conocía casi ninguna canción y en general, su carrera solista mucho no me atraía. Se puede decir que lo fui a ver porque era Roger Waters
Del show del otro día, que me voló la cabeza, más allá de que era Roger Waters, me gustaría remarcar, resaltar, con fibra verde fluorescente, algunas cositas:
- El show propiamente dicho: ¡de la San puta, carajo! Cuando el amigo de mi hermana decía que íbamos a tener que hacerle –al show- un lugar en la lista, no lo decía porque estaba al pedo. Lo decía en serio, porque a medida que pasaban las canciones nos mirábamos y nos mordíamos los labios. El lado oscuro de la luna es un disco tremendo, atemporal, inagotable. Waters lo hizo sonar de punta a punta, de principio a fin, con la misma fidelidad y el mismo sentimiento que en el disco. El sonido era preciso, lo suficientemente fuerte como para envolverte por los cuatro costados. Los sonidos, las maquinas, pensadas y ejecutadas hace treinta años, recorrían la inmensidad del estadio como si fuesen fantasmas que volaban por sobre nuestras cabezas. La pantalla instalada en el escenario regaló durante todo el show imágenes muy impactantes, siempre acorde, y en relación, a lo que sonaba sobre el escenario. Mucha creatividad. Estamos hablando de uno de los artistas más ingeniosos del siglo. Y también mucho rock, porque El lado oscuro de la luna, aparte de ser un disco lleno de climas que te trasportan, de conceptos que tienen que ver con las miserias humanas, el otro lado, el oscuro, es un disco de rock. Hubo mucha guitarra eléctrica, al frente, largos. Teclados Hammond acolchonándolo todo. Y él, el bajista, sosteniendo la banda junto al batero, y cantando, poniéndole muchas pelotas al espectáculo. Porque no era que el mono estaba paradito, trabajando, siendo un profesional nato, sino que el tipo estaba traspirando, gesticulando, sintiendo en carne propia el significado de sus canciones como si fuese la primera vez. Eso me gustó mucho de él. Cuando salió a volar por sobre la gente un gigantesco chancho rosa, que sale de uno de los discos de Pink Floyd, Animals, el cerdo estaba lleno de pintadas hechas con aerosol. Algunas, previsibles, pensando en su constante mensaje anti-belico-militarista, relacionadas con Bush(¡Encierren a Bush antes de que nos mate a todos!). Pero había otras que nos pertenecían directamente a nosotros: ¡Nunca Más un desaparecido! y ¿Dónde está Julio López? Muy fuerte, realmente.
Para terminar de sorprendernos, de dejar en claro que se puede ser un tipo sencillo, y sensible, a pesar de ser ingles, un lord ingles, uno de los tipos que más dólares tiene en el banco, invitó a una veintena de chicos a cantar Another brick on the wall, todos paraditos, bailando una mínima coreografía, y despidiéndolos con un beso a cada uno al final del tema.
- Las sesenta mil personas en silencio como si estuviésemos en el Gran Rex y no en un estadio de fútbol de la envergadura del monumental, espacio al que fuimos muchas veces a escuchar bandas de la talla de los Rolling Stones -en primer lugar-, los U2, Paul Mac Cartney, los ACDC, Guns & Roses, Prince, Rod Stewart, o bandas locales como Los Piojos, Las Pelotas o la 25. Durante todo el show –dos horas y media- la gente estuvo muy relajada, sentada, parada en su lugar, muy tranquila. La noche se prestaba. No hacía frío y el cielo estaba todo estrellado.
- El paso del tiempo, el cambio de las costumbres. Cuando el show lo pidió, y hubo que levantar en el aire esa pequeña llama de luz que atestigua que estamos ahí, presentes, acompañando, la lumbre del encendedor, o el encendedor mismo, emblema indiscutido de los grandes recitales –todos tenemos alguna foto en la cabeza, la del mar de fueguitos dispersos a lo largo y a lo ancho-, fue reemplazado, de manera casi absoluta, por la luz de las pantallas de los celulares, o directamente por los celulares. La imagen de todo el mundo con el brazo levantado –la posición de los brazos en alto me hizo acordar a la de los colegas de José Luis Cabezas levantando la cámara de fotos en algunos de los actos en el que se pedía justicia, o se recordaba al fotógrafo asesinado- fue notable. No sólo en relación a lo que podríamos llamar una ‘nota de color’, las luces de tipo Leds, de todos los tamaños, azulados, verdes, amarillentos, o blancos, sino también, y acá está la cuestión que a mi más me impacta, por tener frente a los ojos una realidad indeclinable: el avance de la tecnología y los consiguientes cambios que se producen en nuestras conductas a partir de ese mismo avance.
En fin. Fue una gran noche. La sencillez de Waters me descolocó. Y la calidez artística de su show me dejó de culo. Le hice caso a mi ocasional amigo y al show de la otra noche ya la tengo en la lista de mis mejores recitales.
MAD – Marzo del 2007
About this entry
You’re currently reading “Roger Waters en la Argentina,” an entry on Los hermanos Dios
- Published:
- 3.24.07 / 2am
- Category:
- Día a día
- Tags:
No comments
Jump to comment form | comments rss [?] | trackback uri [?]