Cucaracha

Nunca le tuve demasiada repulsión a las cucarachas. No me producen ese asco intolerable que fuerza a la mayoría de las personas a hacerlas pelota contra el piso, o la pared, ni bien las ven caminando por algún rincón de la casa, como si fuese el más horrendo de los males. Será que soy un tipo sensible, o un bicho raro, o que estoy solo desde hace un tiempo. No lo sé.
El otro día entré a mi casa y ni bien pisé la cocina y prendí la luz, mis ojos hicieron foco, como si fuesen una lente fotográfica de largo alcance, en una de las alacenas de la cocina: una soberana cucaracha del largo de una cajita de fósforos, gorda como el mango de un cuchillo tramontina, de color marrón oscuro, descansaba sobre la madera. Las antenas medían unos tres o cuatro centímetros y las movía como si fuesen aletas. “¿Qué hago?”, pensé. Me descalcé, caminé en puntas de pie y con el brazo en alto me puse a tiro. Tomé aire y largué el golpe. Le pifié. Los dos nos sobresaltamos con el ruido de la hojota sacudiendo la puerta de la alacena. El bicho salió disparado en busca de un refugio, zigzagueó de manera notable y la perdí de vista cuando se metió detrás del tubo de luz que alumbra una de las mesadas de la cocina. Ahí se quedó, helada, tensa, traspirando sudor y terror –todo eso me lo imaginé yo-. Metí la revista de Cablevisión entre el tubo y la pared, friccioné, busqué por todos los medios que saliese de su escondite, pero no.
Me fui a dormir, solo. Ni bien puse la cabeza sobre la almohada, me estiré, e hice contacto con la suavidad de las sábanas matrimoniales, pensé: “Que buena estaba mi cama”.
Al otro día la misma escena. La misma hora –las ocho de la noche de un día de semana del mes de enero-, los mismos rayos de luz, tenues, casi anaranjados, atravesando la ventana de la cocina. Pasé, prendí la luz, y de nuevo la mancha cada vez más marrón, patas, antenas, una caparazón hinchada que se le inflaba con cada respiración, pegada a la alacena, reposando, indiscreta. Me volví a descalzar y me dije: “esta vez no fallo”. ¡Pum! El golpe salió con decisión pero la cucaracha volvió a zafar –de chico me encantaba tirarle piedras a casi cualquier cosa; y tenía buena puntería-. En la huida del bicho llegué a tirar un segundo hojotazo pero fallé otra vez. A diferencia del día anterior, en lugar de escapar hacia el tubo de luz, la cucaracha bajó del mueble a toda velocidad y se metió detrás de la heladera. Tuve calor y me saqué la camisa y el pantalón. Me picaba todo el cuerpo y tenía la sensación de que las cucarachas estaban por todos lados y que en cualquier momento saldrían de la oscuridad y me caminarían por los tobillos, los pies, las piernas. Me agaché y deslicé una cartulina colorada –de las que usa mi hijo para hacer sus dibujos, o pegar figuritas- por debajo de la heladera. Después le tiré un par de bolitas, un broche y hasta sacudí el aparato de un lado a otro para obligarla a salir. Pero nada. Desistí, me lavé las manos y me puse a cocinar una pascualina, tal cual la hacía mi ex -gran cocinera-. Durante la hora y media que duró la preparación, no pensé en nada. En la cena, si: cada dos por tres miraba para los techos, paredes, alacenas, horno, el piso. Tenía la sensación de que en cualquier momento la cucaracha me saltaba en la cabeza, o en los ojos. Prendí la tele.
Al tercer día, cuando volví del trabajo, un segundo antes de prender la luz de la cocina, me acordé de la cucaracha. Hice una pausa. Espié y ahí estaba de nuevo, desentendida y más grande que nunca: un monstruo. Me acerqué, despacio, en puntas de pie. Sobre la tarta de acelga que había dejado sobre las hornallas el horno, cubierta por un repasador, había otra cucaracha, más chiquita, -¿la hija de la cucaracha, que crecía junto a su madre, como Dios manda?-, del mismo color, igual de espantosa. Como todavía tenía puestos los zapatos tuve que ir a buscar algo más práctico –cuanto más pesada es el arma más cuesta levantarla en el aire y darle velocidad y dirección-. Fui hasta la pieza y agarré una zapatilla de lona bastante liviana. Cuando pegué la vuelta por el pasillo retuve la imagen de una foto que me partió a la mitad: mi ex, hermosa, contenta, con nuestro hijo a upa, los dos riéndose, uno del otro, y de fondo la luz del atardecer atravesando el follaje del árbol que está en la puerta de casa. Me angustié mucho. Sentí un punzón en el pecho, como un ahogo.
Fui hasta la cocina, asomé la cabeza. Sin prender la luz, a pesar de que estaba nublado, a punto de llover y casi no se veía nada, las identifiqué, ahí estaban, las dos, en el mismo lugar: la más grande sobre la alacena y la más chica sobre la tarta. La cucaracha madre era mi principal objetivo. El tema a esa altura era personal y lo único que quería era hacerla desaparecer, lastimarla con un golpe, que caiga al suelo y una vez allí, a mi merced, pisarla, triturarla, hacerle saltar por el aire toda la mierda infectada -esa especie de pus de color arena- que tiene almacenado dentro del caparazón, meterla dentro en una servilleta y de ahí a la bolsa de basura.
Caminé sigilosamente –no podía volver a fallar-, me acerqué lo suficiente y ¡Traaaa! La sacudí pero de costado, no de lleno, como había planeado. Por instinto el bicho arrancó a toda carrera hacia el lavadero, se escabulló entre los cubiertos, los vasos, las ollas que estaban sobre un repasador, subió por la pared y ganó altura hasta que se frenó casi a la altura del techo. La mande a la concha de su madre y le tiré la zapatilla. No solo no le pegué sino que cuando la zapatilla cayó, pegó en un vaso y lo hizo caer al suelo. Me empezó a picar todo el cuerpo de nuevo, me rascaba la cabeza, la espalda. Cuando la miré –le iba a tirar de nuevo, con cualquier cosa, ya no me importaba nada-, el bicho desplegó las alas y levantó un corto vuelo que me hizo retroceder hacia el medio de la cocina. Dio una vuelta en círculo, pasó por encima de mi cabeza, y se posó en la mesada, debajo del tubo de luz. Como los ciegos, seguramente decidía los pasos a dar en base a sus sentidos y percepciones -esto también me lo imaginé yo-. Se quedo tiesa por unos segundos. Por la calle pasó una motito de algún delivery de la zona que hizo un ruido infernal. Pasaron un par de minutos hasta que se hizo silencio de nuevo. Me quedé parado en el lugar, transpirado, pensando opciones, maldiciendo mi estupidez, mi falta de puntería, mi soledad. “Ahora”, pensé decidido, al ratito. En cuanto hice un paso en dirección a la mesada, la cucaracha salió volando hacia mí, directo a los ojos, como si fuese una gata a la que le acabo de robar una cría. Casi se me para el corazón. Me tiré al piso. Desde el suelo vi que venía de nuevo. Me puse de rodillas y tiré varios golpes al aire, con los ojos cerrados, desesperado. Creo que grité. En plena batalla sentí que con uno de los golpes le di. Abrí los ojos y llegué a ver cuando el bicho se metía debajo del horno, en clara retirada.
Esa noche no comí. Trabé la puerta de la cocina con una silla y salí. “Me estoy volviendo loco”, pensé. Me pegué un baño. Para lavarme los dientes tuve que buscar mi viejo cepillo: estaba guardado en una de las puertitas del espejo, lleno de polvo, al lado unas tijeras y alicates en desuso. Me miré. “¿Qué estoy haciendo?”, pensé. Los trazos de las arrugas de mi cara tenían el espesor de una grieta. Tenía dos ollas debajo de los ojos, las patillas largas, barba de casi una semana.
A pesar de todo, cuando me acosté en la cama –solo-, disfruté del aire fresco que entraba del patio. El aroma del romero -que yo planté, y cuidé- me trajo cierta paz. A través de las pequeñas rendijas de la persiana blanca entraban unas láminas de luz que rebotaban contra el espejo de la mesa de tocador de mi ex. Los filamentos de luz impactaban contra sus perfumes, collares y fotos.

Hoy, cuando llegué a casa, no me hizo falta acordarme: esperaba verla donde siempre. Pero no. Me agaché, busqué debajo del horno, de la heladera, moví el tubo de luz, apagué la lámpara de la cocina para ver si entraba en confianza y salía. Pero no. Cené pascualina. Corté el codo de la tarta por donde había visto caminar a la hija de la cucaracha y me comí el resto -no estaba dispuesto a tirar a la basura mi trabajo-. Me serví un vaso de agua fría y prendí la tele: el noticiero traía información de la playa, los turistas, sus culos, sus modas, el mal tiempo. Lavé el plato y me fui a acostar. Me quedaba un solo día en mi ex casa. Al otro volvía mi ex –con mi hijo- y yo tenía que volverme a la casa de mi hermano.

MAD – Enero del 2007


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