Por precaución
- ¿Cómo andás, locura? – el hombre le palmea el hombro a un pibe de unos veinticinco años que está sentado al lado de la puerta.
- ¿Cómo anda eso? – el chico tiene mechones de pelo oxigenados, lentes para el sol, remera de Boca -la nueva-, los jeans arremangados por debajo de las rodillas, zapatillas Adidas, sin medias. Se para y saluda al hombre con un beso. Se vuelve a sentar-: ¿Por dónde andabas?
- Tuve que desaparecer por un tiempo, loco – el hombre está vestido con unos borcegos llenos de barro, ya seco, pantalones de lona y una remera azul que le ajusta la panza. Del cuello le cuelga un rosario. Es morocho, grandote y tiene el pelo mojado, peinado hacia atrás. Pone la espalda contra la puerta del vagón, las manos en la parte de atrás de la cintura. Habla fuerte -: tuve que desaparecer un tiempo, loco –repite-, por precaución, viste…
- ¿Qué pasó? – dice el que va sentado.
- Nada, que casi mato a uno, un negro cabeza que se puso re denso.
- ¿Posta?
- Si, acá, en el furgón – señala con la pera, la cabeza tirada levemente para atrás.
Enfrente, con la espalda contra la pared de chapa del vagón, sentado en el suelo, las rodillas levantadas, un pibe lee una revista. Fuma. El humo flota en el aire. Hay muchas bicicletas en la puerta que conecta con el vagón de adelante, mal acomodadas, cerrando el paso.
- Eran de Suárez o Ballester – asegura el de azul. El de Boca aprueba con la cabeza.
El guarda está en la puerta de enfrente, mirando por la ventana, las manos haciendo carpa, los ojos entre el espacio que dejan las oraciones SE RUEGA NO ESTACIONARSE DEL LADO DEL ANDEN y PELIGROSO APOYARSE. Al lado del guarda hay parada una boliviana con dos bolsas para hacer compras llenas de plantas.
- Ese día, un lunes, creo –retoma el de azul- me subo al furgón y voy para el fondo, con el diario, re tranqui -al hombre se le frunce la piel de color café con leche de la cara. Su tono de voz es grave, ronca -. En eso escucho que dos pibes que estaban sentados ahí –señala con el brazo el asiento de chapa que está frente suyo, donde ahora hay un pibe escuchando música, tocando la batería-, se cagan de la risa a los gritos, se pegan, se escupen.
- ¿Grandes los pibes? – le pregunta el que va sentado.
- Quince años como mucho.
- Ah… dos guachos – dice el de Boca mientras se tira las gafas para atrás y se las engancha en el pelo. El chico se levanta y se acomoda el jean. Se vuelve a sentar.
- Ahí nomás me puse pillo, loco. Me la veía venir. Pero igual, nada eh, hasta ahí, nada… –el de azul levanta los brazos, pone cara de desentendido-. Seguí leyendo el diario, marqueteando un poco para ese lado, pero nada más. En un tiro, uno de los dos guachos empieza a apurar a un pibe que está con dos minitas, en la otra punta, ahí, de parados –señala con el brazo hacia el fondo del furgón, donde ahora hay un hombre alto, de traje, con los ojos cerrados-. Dos minitas bien eh, pendejitas, lindas.
El que va sentado se saca los lentes de la cabeza, los pone frente a su boca, exhala en uno de los vidrios, en el otro, y los lustra con la remera de Boca.
- El chabón que estaba con las minitas era re común, venía de laburar, bien empilchadito –el de azul habla cada vez más fuerte -. En una, el más flaquito de los dos guachos, uno que tenía el pelo cortito como un milico, lo encara: “¿esa es tu novia?”, y le marca a una de las dos pibas, la rubiecita. El flaco le dice que no. Pero bien, eh… no es que se hizo el valiente, le contestó mal, o algo. Y el negro le dice: “menos mal… porque sino te cagábamos bien a trompadas”.
El vagón se tambalea para todos lados por la velocidad que toma el tren. La gente pierde el equilibro y se agarra del de al lado, de las bicicletas. Un par se ponen colorados de la vergüenza, se disculpan con el de adelante.
- ¡Ahí me puse loco! – dice el de azul, agarrado con un brazo a la baranda de hierro que está pegada a la puerta. A la altura del bíceps le asoma el tatuaje de una serpiente enroscada a una daga, en tinta china y en trazos muy gruesos -. Se me subió el cocoliche a la cabeza como si me hubiese pichicateado -con los dedos arma una jeringa en el aire-. No sé, papá, no me cabe que apuren a la gente –una gordita con la remera de The Cure, mochila negra en la espalda, juega con el piercing que le atraviesa la lengua. Está parada en el medio del vagón, con su bicicleta negra y le presta atención a la charla-. Porque si vos sos un guacho que te gusta combatirte está bien, es la tuya, pero este pibe era un pancho… –el de Boca aprueba con la cabeza y se mira en el frente de sus anteojos para el sol, se acomoda un mechón de pelo–. Y como el boncha este se comió los mocos, lo empezaron a bardear mal… “!Qué miras!, ¡Pedazo de puto!, ¡La concha de tu madre!”.
El chico se para, se calza los lentes sobre la cabeza, se estira la remera de boca, la barre con las dos manos como si la tuviese llena de polvo. Se vuelve a sentar:
- Que mala leche los pibes estos, loco….
El guarda, enfrente, se da vuelta. Estira la espalda, se apoya contra la puerta del vagón, de frente a la gente, las bicicletas, los dos que hablan a los gritos.
- En un momento uno de los negros se para y una vieja, toda pituca, que estaba al lado de él, se corre asustada y lo deja pasar. El chabón va directo a donde estaba el otro, de espaldas, chamuyando con las minitas. Le toca un hombro y cuando se da vuelta le pega un grito que lo hace saltar del piso. Todos se dieron vuelta. Y ahí lo empieza a bardear, a pedirle plata. “Vení, la concha de tu madre… ¡mano a mano, vos y yo!”, y lo toreaba, se le plantaba. La gente se corrió y se armó un círculo en el medio del vagón. ¿Viste cuando en la tribuna le dejan el lugar a la barra? Así. El negro le tira arrebatos al aire, la quiere pudrir a toda costa. Y siempre cagándose de la risa. “Qué linda putita tu novia”, le decía.
- Y el pibe este nada – dice el de Boca, atento.
- Nada, papá. “Esta todo bien”, le decía, ”esta todo bien”, así, con las manos –el de azul imita el movimiento de manos levantadas del flaco aquel-. Y ahí nomás, de una, el negro le tira un arrebato.
- ¿Lo puso así de una?
- No. El otro esquivo la piña.
- Capaz que era boxeador – el de Boca se ríe.
- No sé si era boxeador o no, pero ahí no aguanté más – el de azul cierra los puños.
- ¿Saltaste?
- ¡Más vale, loco!, ¿como no iba a saltar? – dice el de azul sacado.
- Yo que sé, loco, hay cada uno dando vueltas – el de Boca apoya la espalda en la pared del vagón. Con la punta de los dedos se toma la camiseta de boca a la altura de los hombros y la tira para arriba, la suelta, la tira para arriba, la suelta. Tres veces.
- Yo sí salto, papá – y se puntea el pecho con el índice– si tengo que saltar, salto.
Un muchacho de overol azul, bajito, con una visera de Frigor toda gastada, levanta la vista por sobre el diario, mira al hombre y vuelve a lo suyo. El tren llega a una estación. Se bajan un par y sube un cartero de Oca, todo de violeta. Colgado de un hombro lleva un bolso lleno de sobres de todos los colores.
- ¿Le pusiste un ñoqui? –pregunta el de Boca.
- No. Le puse los puntos. “¡Anda a sentarte a tu lugar!”, le dije, marcándole con el brazo su asiento.
El guarda pega el pitazo parado en el andén, mira para adelante, para atrás. Entra, cierra las puertas del tren, vuelve a asomar la cabeza, presiona el botón verde y las puertas del furgón se cierran.
- Si el boncha me contestaba, aunque sea una palabra así de chiquita –el de azul muestra con la mano que tan chiquita tenía que ser la palabra-, lo rompía todo. Te juro por Dios que lo rompía todo –le da un beso al rosario-. No me importaba nada.
- ¿Y que hizo el chabón? – el que va sentado tiene que torcer las rodillas para que pase uno que va a sacar su bicicleta, una de las del medio del montón, contra la pared del vagón.
- El chabón me torea un poco – dice el de azul, atento a los movimientos del que está corriendo las bicicletas -, medio que se me planta, el cuerpo duro. Yo ni pestañaba. Y ahí recula. Se va para atrás y se sienta del otro lado.
- ¿Así nomás? – el que va sentado se lleva a la boca una soguita de plata que le cuelga del cuello. El de la bicicleta logra salir del enredo y encara para la puerta.
- Si, se comió los mocos.
- ¿Y el otro?
- Nada, sentadito, un algodoncito. Ese era más chiquito –y marca la altura con la mano-, pero si me la tenía que dar me la daba, de eso no tenía ninguna duda. Y ahí, el que apuré, me dice: “La cosa no es con vos, hermano”. “Me chupa los dos huevos”, le digo yo. “Quedate piola porque te rompo todo”, le digo de frente mar –al de azul le asoman en la frente los primeros signos de transpiración.
- ¿Los tenías visto? – el que va sentado mata un mosquito que se le posa sobre la rodilla.
- No, no los tenía – baja un cambio el de azul. El tren se vuelve a mover para los costados y las bolitas blancas del rosario le bailotean sobre la panza. Lo agarra y se lo mete entre el pecho y la remera-. Cuando llegamos a la próxima estación, los negros se bajaron.
- ¿Y ahí no hicieron nada?
- No, pero cuando el tren arrancó el guacho al que había apurado me apuntó con la mano y me tiró dos veces –el de azul imita la pistola con la mano, y apunta hacia la cara del de Boca.
- Para, loco, no seas piedra… –el de Boca le baja la mano.
El tren llega a una nueva estación. La gordita del piercing baja con su bicicleta. La boliviana también baja y con las hojas de un palo de agua enorme que sobresale de una de las bolsas le pega en la cara a uno que está entrando.
- Como zafó el pibe que iba con las minitas, ¿no? – tira el que va sentado.
- El chabón no sabía como agradecerme.
Al de Boca le llega un mensaje de texto. Estira las patas, saca el teléfono de unos de los bolsillos de adelante del pantalón, lo abre y lee. Pasa un vendedor ambulante. Saluda a uno.
- Por eso desaparecí por un tiempo, loco. Por precaución.
- Está bien, vieja, hay que cuidarse. Yo haría lo mismo.
El de azul se da vuelta, arma una carpa con la mano y se pone a mirar por la ventana de la puerta. El que va sentado se para:
– Me bajo acá, amigo.
El tren frena. El de azul despide a su compañero:
- Bueno, che, nos vemos cualquier día de estos – y le pega una palmadita en la cara - ¿Vos todo bien, no? – y se pasa el antebrazo por la frente para secarse el sudor.
- Si, todo tranquilo…– dice el de Boca. Se abren las puertas y el pibe baja detrás de una señora que va con una nena de la mano. Antes de perderse de vista se da vuelta y saluda -: ¡Cuidáte, papá! -. El de azul levanta el pulgar.
El de Boca se aleja por el andén. El número diez de su remera, en amarillo, estampado sobre un azul muy fuerte, sobresale entre el grupo de gente que camina pesadamente hacia la salida. El guarda se asoma, mira para adelante, para atrás, pita y cierra las puertas.
MAD – Marzo del 2007
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- Published:
- 4.13.07 / 9pm
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- Textos Mariano
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