La Ribera

Carlos no me dejó opción. El viernes a la noche me llamó a casa y me dejó un mensaje bien clarito: “Lucas, el domingo a las doce del mediodía te quiero en el bodegón. A la tres de la tarde estamos de vuelta. No me cagues”.

Ni bien empujé las dos hojas de la puerta de entrada del restaurante y la vista se me acostumbró a la penumbra del salón, Carlos salió disparado de atrás de la barra y se me avalanzó. “Qué bueno que viniste, hermano”, me dijo con el mentón apoyado en uno de mis hombros, abrazándome como un oso. Me agarró la cara con sus dos manos y me dijo: “yo sabía que ibas a venir”. Dejé el bolso a un costado de la barra y me senté en una de las mesas, la única que tenía mantel, blanco, grueso, con el ‘La Ribera’ bordado en azul y oro en una de las puntas. Las persianas de hierro estaban cerradas pero no impedían que algo de luz se colara desde la calle. Y a pesar de que el piso estaba recién baldeado todavía se podía respirar en el aire el olor rancio del tabaco, el vino y la comida caliente de la noche anterior. La barra estaba llena de copas de vidrio amontonadas una al lado de la otra. A un costado había una botella de vinagre y papel de diario. Clavadas en la pared, encima de la caja registradora, a un costado del equipo de música, las tres fotos blanco y negro enmarcadas: Gardel, Evita y Maradona.
- ¿Puedo darme una vueltita por la cocina? – le pregunté desde la mesa, señalando hacia el fondo.
- Si, dale – me dijo mientras revisaba un cuaderno, la birome bic azul sobre la oreja.
Carlos tenía cincuenta años recién cumplidos, pelo largo, bigotes. Siempre andaba con una camisa suelta, jeans y zapatillas de lona. Durante gran parte de su vida trabajó de noche, moviendo bandas de rock. Y desde hacía un tiempo administraba su propio restaurante. Un tipo simple, austero, confiable. Todo el mundo lo respetaba y lo que quería. No era de muchas palabras pero con una o dos te daba a entender todo. Te la hacía bien clarita, sin vueltas.
- Hay un pibe nuevo, Tony – me dijo Carlos desde atrás de la barra -. Me lo mandó un amigo. Parece que el mono estaba en la lona. Es un poco callado pero anda bien.
Mi novia me había dejado por un ex novio hacía un año atrás. Después de ese golpe, empecé a ir seguido a La Ribera. Sólo. Me sentaba en alguna mesa y me pedía siempre lo mismo, milanesa de pollo con puré o bife a la romana. Me llevaba algún apunte, leía el diario. Carlos venía y se sentaba un rato conmigo, me palmeaba, me daba ánimo. Y también fue durante ese invierno que, de un día para otro, me agarró la de cocinar. No sé, quizás me agarré de eso como válvula de escape, para no andar todo el día angustiado. La estaba pasando mal y con el tema de la comida me distendía, tenía la cabeza en otra cosa. Me hice medio amigo del cocinero del boliche de Carlos y el tipo me pasaba algunas ideas. Quizás después ni comía las cosas que preparaba, pero me servía para pasar el tiempo.
La Colo –mi ex novía- me tenía tan mal acostumbrado como mi vieja. Fue como si se hubiesen pasado la posta, algo así como “tomá, nena, este es mi hijo, cuidálo como si fuese tuyo”. Cocinaba siempre ella. Yo, a lo sumo, lavaba alguna cacerola. También preparaba postres, se pasaba horas laburando, y después de trabajar, no era que estaba al pedo todo el día. De chico tuve problemas de salud porque no comía casi nada. Era selectivo, asqueroso. Mi vieja, alterada, obsesiva, consultó a cuanto profesional le recomendaron pero nunca le –me- encontró la vuelta. Una vez, mi viejo me llevó a un Pumper Nic y me obligó a comerme una hamburguesa con tomate, pepino y cebolla. A pesar del escándalo que armé en el local me tuve que tragar hasta el último bocado. Todavía me acuerdo del gusto del pepino mezclado con la sal de las lágrimas.
- Hola, permiso –entré con un poco de verguenza-. Yo soy amigo de Carlos – me presenté.
El ayudante de cocina nuevo, un pibe flaquito, ni bajo ni alto, vestido íntegramente de blanco -pantalón, delantal y gorro, salvo los zapatos que eran negros, de goma, pesados-, pelaba zanahorias, de espaldas, en una de las piletas.
- Tony – me ofreció la mano, un poco parco.
Sobre la mesa de trabajo de aluminio, en el medio de la cocina, había varios bols. Reconocí los contenidos en seguida: uno con cebolla de verdeo, otro con orégano, el tercero con ajo en aceite de oliva y el último con perejil.
- ¿Mucho laburo? – pregunté, para decir algo. Desde una puerta abierta que daba a la calle se colaba la luz de un sol pálido, tapado por algunas nubes, amainado por la baja temperatura. En la cocina había todo tipo de aromas. Reconocí el olor del romero. Traté de ubicarlo con la vista pero no lo encontré.
- Arranqué hace un rato – el Tony volvió a concentrarse en las zanahorias. Las cáscaras anaranjadas volaban por el aire y caían en la pileta.
- ¿Qué es esa mezcla? – en la mesa de trabajo había un preparado que no había visto en mi vida.
- ¿Eso? – me lo marcó con la vista -. Al ajillo: morrón, cebolla y salsa de soja.
Acerqué mi nariz, olfateé y no me gustó. Mi vieja usaba la salsa de soja hasta en la sopa. Me acordé del color oscuro que tomaba el caldo cuando cenábamos en casa.
- ¿Te gusta la cocina? – me preguntó el Tony mientras sacaba batatas de una canasta que estaba a un costado de las heladeras.
- No sé. Hace un tiempo me empezó a interesar. Cómo mi novia cocinaba mucho aprendí a reconocer algunas cosas. Pero de sabores casi nada. No como cualquier cosa.
Sobre un mueble, entre algunas fuentes de aluminio, había unos cuchillos que brillaban con la luz que entraba de la calle. Me acerqué y agarré uno que tenía el mango trabajado en hueso. La Colo, el día que se fue con todas sus cosas, se había dejado uno igual en un cajón. Nunca lo pasó a buscar.
El Tony se dio vuelta, miró algo desconfiado el cuchillo y volvió a lo suyo.
- ¿Hay algún plato en especial para hoy a la noche? – dejé el cuchillo en su lugar.
- Puchero – contestó el Tony, siempre de espaldas.
Una sola vez en mi vida comí puchero. Fue en Benavides, una noche de colonia de vacaciones a la que me mandaron cuando estaba en cuarto grado. Todavía me acuerdo de lo mal que la pasé.
Carlos entró en la cocina acomodándose un jogging adidas, viejo y descocido, a la altura de la cintura. Se tiró para atrás el pelo recién mojado y con un pucho en la boca dijo:
- ¿Che, Tony, cómo andas para el fútbol?
El Tony se dio vuelta. En una mano tenía el pelapapas y en la otra una batata.
Algo perdido contestó:
- ¿Para el fútbol?
- Si. ¿Jugás bien? – insistió Carlos.
- Más o menos. Hace mucho que no juego –. El Tony hablaba casi sin abrir la boca.
- ¿Sos zurdo o derecho? – Carlos no le sacaba la vista de encima. Le daba
pitadas cortas al cigarro.
- Zurdo – El Tony estaba rígido, firme, como un soldado.
- Perfecto. Largá todo que te venís al partido con nosotros. Uno de los chicos te
presta botines -. El Tony no terminaba de entender. Dejó las cosas sobre la pileta. Se limpió las manos en el delantal -. Cambiáte que se nos hace tarde. En un rato viene Marcelo y va preparando todo.
Saliendo de la cocina lo encontré. En una maceta apoyada sobre el marco de la ventana, contra la pared, el romero, verde, de tallo fuerte se movía con la corriente de aire que entraba de la calle.

La liga donde jugaba el equipo de Carlos era la de los gastronómicos. Los jugadores del equipo eran todos laburantes, la mayoría no había terminado el secundario y el promedio de edad era treinta años. Había dos que, aunque estaban veteranos, la rompían. El resto acompañaba. Yo tenía piernas para correr todo el partido. No por nada me mataba en el gimnasio tres veces por semana. Me gustaba andar bien fisicamente, liviano, sano. De chico había jugado mucho fútbol de salón en un club de Olivos así que me las rebuscaba bastante bien. Ese año Carlos me llamó dos veces para jugar. La primera fue ni bien empezó el año y la otra fue ese domingo gris, frío, inolvidable.

En la calle, los muchachos del equipo charlaban apoyados sobre los coches. Uno cebaba mate con el termo abajo del brazo. Otro hablaba por el celular que tenía agarrado entre la oreja y el hombro. Dos estaban sentados dentro de un auto escuchando Los Leales con los ojos cerrados.
Me subí al regata de Carlos. Pepe, el arquero del equipo, se sentó en el lugar del acompañante. El Tony y yo, atrás.

- Lucas, la cancha donde vamos a jugar es brava. Está en el medio de una villa. Y no te estoy jodiendo, es así como te digo –Carlos me buscó la mirada por el espejo retrovisor para ver si lo estaba escuchando -. Al barrio entras por un pasillo lateral, haces unos doscientos metros y aparece la cancha -hizo una pausa, se tocó el bigote y siguió hablando -: de tierra, con casillas a los cuatro costados, los pibes de la villa alentando, ni un solo poli, todo mal. A los diez minutos te quedas sin aire, te mareas, te querés ir a tu casa.
- Está todo bien. Yo vengo a jugar –. Yo venía pensando en los dos finales que tenía que dar en la facultad, que tenía que recibir de agrónomo, que no me podía enganchar ninguna novia. Tony miraba por la ventana.
- Los del barrio se juegan la categoría – agrega Pepe, un pibe que se ganó la vida como futbolista hasta los veinte años y que después de una lesión que lo dejó afuera de las canchas tuvo que salir a repartir guías de teléfonos. Alto, flaco, grandote, la cabeza prácticamente pegada al techo del Regata -. Si les ganamos se van al descenso. ¿Sabes lo que va a ser eso? Nos van a coger de parados.
- ¿Ustedes como vienen? – pregunté.
La ruta tenía muchos semáforos y el auto frenaba cada quinientos metros. El sol estaba tapado pero si mirabas con atención durante algunos segundos podías ver la esfera blanca detrás de las nubes.
- Si ganamos, entramos a la promoción – dijo Pepe.
Un pibe de unos quince años, congelado por el frío, se puso adelante del auto y nos ofreció una especie de pan que tenía dentro de una canasta de mimbre. Pepe negó con la mano.
El auto arrancó y tomó velocidad de nuevo.
- ¿Qué vendía? – dije mirando para atrás. El chico se había apoyado de espaldas contra un semáforo, la canasta contra la panza, sostenida por los brazos.
- Chipá – contestó el Tony, siempre mirando para afuera: - mandioca, leche, queso, huevo y manteca. En Paraguay lo comen como si fuesen caramelos.
Que fiero, pensé.
- El Tony la tiene clara, papá – Carlos, con un pucho en la boca, arengaba a su nuevo empleado.
- ¿Dónde aprendiste a cocinar? – le pregunté.
- En un reformatorio, en Santa Fe. Estuve guardado más de dos años.
No pregunté más nada por un rato largo.
A medida que pasaban los minutos, y los kilómetros, el paisaje se ponía cada vez más fulero. Salimos de la ruta y nos metimos en un barrio de casas bajas, la mayoría con revoque a la vista, a medio hacer, autos abandonados en las esquinas, algunos quemados, con bolsas de basura y escombros tirados donde iban los asientos, calles tapadas de agua sucia, basura, y chicos corriendo por todos lados. La gente nos miraba con desconfianza. Me agarró frío y me subí el cierre de la campera hasta arriba de todo. Hicimos un par de cuadras, dimos unas vueltas y paramos frente a un descampado. Carlos apagó el motor. Del otro lado estaba la villa: un mural gigante de casillas de todo tipo y color. Ladrillos grises y anaranjados, cemento alisado, chapa, metal, madera, de una planta, de dos, tanques de agua, antenas, cables, ropa colgada en sogas, flameando, unos pocos árboles entre las construcciones. Salimos de los autos, sacamos los bolsos y bajamos una lomada que nos dejó en uno de los accesos del barrio. Lo agarré del brazo a Carlos y le pregunté si conocía a alguien en la villa. “No pasa nada, Lucas”, me dijo pasándome un brazo por encima de los hombros. Caminamos por un pasillo muy angosto y nos cruzamos con algunas personas. Dos perros se nos pegaron hasta que uno los espantó. Pasamos por al lado de una montaña de basura y me tuve que tapar la nariz. Dimos una vuelta más, y así, de la nada, la cancha: un terreno de tierra muy seca, resquebrajada, arcos de madera con las redes agujereadas y las líneas de la cancha marcadas con zanjas en lugar de cal. Medio barrio ya estaba instalado alrededor del estadio, algunos sentados en sillitas de lona, otros subidos los techos de las casas, o encima de una moto, muchos pibes tirados en el piso, tomando vino, fumando. Otros que llegaban por alguna de las pasillitos que terminaban justo ahí, en la cancha. Una bandita de chicos que estaban en la puerta de un kiosco instalado en la ventana de una casita, con algunos precios escritos con tiza en los ladrillos, cuando pasamos por al lado, empezaron: “Manga de putos, los vamos a coger”… “Gordo cagón, vos no le haces un gol ni a tu vieja”… “No se hagan los valientes que del barrio no se van”. Atrás de uno de los arcos había un puesto de choripan. El viejo que los estaba cocinando nos saludó. Una gruesa columna de humo nos pasó delante de las narices y estuve a punto de descomponerme por las nauseas.

- Tony, ponéte media pila. Respirále en la nuca al siete. No lo dejes venir – el Tony, como improvisado marcador izquierdo, dejaba mucho que desear. Me aguanté un par de veces pero a la tercera lo tuve que ubicar aunque sea un poco. Los botines que le habían prestado le quedaban enormes. Todo traspirado, sin aire, me retrucó:
- Lo que pasa es que me vienen de a dos, hermano. Me están volviendo loco.
- Vos hacéme caso que yo te cubro – le dije para darle confianza.
La pelota cayó en nuestra área, la rechazaron lejos y salió al lateral. Alguien la fue a buscar y hubo un minuto de pausa.
- Che, ¿viste los pibes que están tirados al costado? – el Tony me marcó con la cabeza un sauce llorón escuálido que estaba a nuestra izquierda.
- ¿Qué pasa?
- Si ganamos nos hacen cagar– dijo el Tony trotando hacia su posición -. Yo sé lo que te dijo – llegué a escuchar que me dijo, desde su posición, a unos metros de distancia.
En cuanto pude, miré para el costado. Unos de los pibes, un morochito bien flaco, con la remera de la selección, pantaloncito corto, los músculos marcados, bien fibroso, tatuajes tumberos en las piernas y en los brazos, y anteojos para el sol, me marcaba con la mano y me hacía señas de que iba a cobrar. No podía concentrarme en el partido. Hacía un frío de morirse. El juego estaba trabado y se ponía mucha pierna fuerte de los dos lados, especialmente ellos: el cuatro le puso una patada infernal a nuestro ocho en el medio de los huevos y el partido se paró por unos minutos. Los pibes del sauce llorón eran cada vez más y estaban todos muy drogados. Los escuchaba desde adentro de la cancha. Cada dos por tres me comía una baranda terrible de marihuana que, mezclado con el de los chorizos y las morcillas, me dieron ganas de ir al baño. El pibe que me apuraba ya no estaba, o por lo menos no lo vi más.
Uno minutos antes de terminar el primer tiempo, Pepe, el arquero, sacó largo. Los locales estaban mal parados y el Colo quedó con mucho espacio para recorrer. Respiré profundo y salí disparado. Crucé toda la cancha, la pedí, me llegó, la paré, me saqué de encima a un negro de dos metros que salió a partirme por la mitad, levanté la cabeza y la puse en el ángulo. Golazo. Lo grité con ganas, con muchas ganas. Estaba re caliente y ni lo pensé. Pero la alegría me duró dos o tres segundos. Las puteadas que llegaban desde el otro lado de la cancha me despertaron. Llegaron un par de jugadores de mi equipo, más que a felicitarme a alejarme de la zona del arco, desde donde empezaban a llover algunos cascotes, una botella de coca de vidrio, un balde de diez litros de pintura. No sabía donde meterme. Carlos se me acercó y sonriendo me dijo: “Sos groso de verdad, nene”. Me agarró del cuello y me llevó para el medio. Entraron un par de tipos que se nos vinieron al humo. Se armó un tumulto y los del equipo local empezaron a separar, a sacar a la gente. El juez, con oficio, dio por terminado el primer tiempo.
Todavía muy excitados, salimos todos juntos, mirando para atrás. Fuimos para un costado de la cancha, donde estaban los bolsos. Tomamos agua de un bidón tamaño industrial, recuperamos algo de aire y nos sentamos en el suelo. Algunos se pusieron las camperas.
- Che loco, está muy pesada la mano. Si ganamos, no nos vamos. Es así de cortita - la cara del pibe que jugaba de cinco lo decía todo. Y no era el único.
- No me vengan con boludeces – dijo Carlos, un tipo que había pasado por unas cuantas y que no se hacía demasiados problemas con la villa, con los pibes del sauce llorón, con nada -. Salimos a correr el partido. No nos vamos a achicar por un par de guachos que nos bardean desde afuera. Ya sabíamos que esta cancha era muy jodida.
Carlos está loco, pensé. Pero agregué:
- Tony, escucháme una cosa… están viniendo siempre por tu lado… - lo busqué entre los muchachos y no lo encontré -. ¿Tony, donde estás?
- Habrá ido al baño – dijo uno.
- ¿A qué baño va ir, pelotudo? – agregó otro -. ¿Vos te moverías diez metros de acá? Nos cogen de parados, papá. Mira lo que es esto.
Tony no estaba por ningún lado. Algunos llamarlo por el nombre. Primero en voz baja y en cuestión de minutos a los gritos. De enfrente nos saludaban. Nos preguntaban si se nos había perdido algo. Se cagaban de la risa.
Empezó a sonar un celular. Nadie sabía de quien era. Carlos dijo que era el teléfono del Tony.
- ¿Hola? – preguntó Pepe con un hilo de voz, una vez que la campera de jean del Tony. Hizo silencio y prestó atención. En pocos segundos se le transformó la cara. Colgó.
- Los pibes del barrio secuestraron al Tony. Dicen que lo tienen guardado acá cerca. Que si llegamos a ganar el partido, lo hacen cagar.
Se me anudó el estómago. Ahí si pensé que me hacía caca encima. ¿Qué hacía en el medio de esa villa, cagado de frío, jugando con todos esos gordos un partido que no le importaba a nadie? Le busqué la mirada a Carlos, al Colo, a Ernesto, los más veteranos. Los tres estaban mirando al suelo, perdidos.
- ¿Que hacemos? – preguntó alguien.
- Vamos a buscarlo y nos vamos a la mierda – dijo el Colo -. Yo no voy a dar la vida por un ascenso.
- ¿Por qué no vas a hablar con el juez? – le propuso uno a Carlos, intentando contagiar un poco de calma -. Fijáte que te dice. En una de esas interviene.

- Juez, nos falta un jugador – Carlos se dirigió al juez, un hombre mayor, canoso, bajito, con la pilcha de referí toda gastada, maltrecha, que lo único que quería era que termine el partido, cobrar unos pesos e irse -. Lo secuestraron los del barrio y no lo largan hasta que termine el segundo tiempo. Si ganamos, lo devuelven en rodajitas. ¿Qué me dice?
- No me venga con cuentos, señor. Vamos a jugar que no tengo todo el día.

Todavía quedaban diez minutos para que empiecen los segundos cuarenta y cinco minutos. Carlos me llamó con la mano. También al Colo, a Ernesto y a Pepe. Su era preocupante. Ni siquiera el día que lo robaron dentro del bodegón tenía esa mirada. Nos pidió que lo acompañemos a chamuyar con los pibes del barrio. Una vez más, no pude decir que no. Encararon a un gordo que estaba debajo del sauce llorón, recostado en el suelo, comiendo un sándwich de vacío que chorreaba grasa por los cuatro costados. Le dijeron que querían hablar con el jefe. Yo espiaba desde atrás de las espaldas de los compañeros. El gordo se comunicó con alguien, cortó, se levantó displicentemente y nos llevó hasta una casilla que estaba a unos cincuenta metros. Nos abrió la puerta y nos invitó a pasar. Seis pibes de no más de veinte años, sentados alrededor de una mesa, a los gritos, jugaban a las cartas. Tomaban vino tinto en vasos de aluminio. Sobre la mesa había una madera llena de salamín grueso, queso mar del plata, aceitunas verdes y negras y un par de hieleras de plástico. A un costado de la picada había una bolsa que parecía ser de cocaína y dos 9Mms, una al lado de la otra. Al fondo de la habitación estaba la cocina. Sobre una hornalla se calentaba alguna preparación que burbujeaba dentro de una olla tamaño popular. El vapor salía disparado en todas las direcciones por el efecto de una correntada de aire que entraba por la ventana. El Tony, vestido con un delantal negro a rayas blancas, sobre la ropa del equipo, con los botines puestos, las medias bajas, y una frutilla al rojo vivo producto de un quite que hizo ni bien había empezado el partido, revolvía con una cuchara de madera gigante. Le costaba, tenía que esforzarse. En una sartén se doraban cebollas, puerros, morrones verdes y colorados.
- ¿Estas bien Tony? – le preguntó Carlos a la distancia.
- El Tony está de fiesta, papá – cortó uno de los pibes desde su silla, las patas estiradas sobre la mesa, con un cigarro en la boca, apagado -. No le hicimos nada. Estamos tomando un poco de vino, nada más -. Damas gratis sonaba a todo volumen desde un mini componente que estaba sobre unos cajones de cerveza.
El Tony se puso a filetear un pedazo enorme de carne que tenía sobre una tabla. Lo saló y condimentó. Ni nos miraba, como si no estuviésemos ahí. Iba y venía de un lado a otro.
- Dejálo ir, capo. No hace falta que lo tengan acá guardado. No los vamos a mandar al descenso – dijo Carlos, sin perder la calma, consciente que estábamos más de visitante que nunca. Le hablaba al que parecía ser el líder.
- Más bien que no nos van a mandar al descenso, la concha de tu madre. Los matamos a cohetazos si nos ganan –el pibe se paró, tiró la silla al piso, a sus espaldas, se sacó el pucho de la boca, y le dio fuego. Pitó: -. El Tony se queda con nosotros. Está todo bien. Si no perdemos, te lo devolvemos con moño y todo – volvió a pitar. Otro de los pibes levantó la silla y la puso en su lugar. Un tercero le habló al Toby:
- Che, Tony, le pusiste garbanzo al puchero, ¿no?
Al fondo de la casilla había una ventana abierta de par en par. De ahí llegaba la una corriente de aire frío. Sobre la callecita de tierra vi paradas a un par de señoras con sus bolsas para las compras, esperando. A un costado había un par de cajones de frutas. Y justo sobre la ventana varios cajones y bolsones de verdura de todos los colores. Me di cuenta de que en el fondo de la casa funcionaba una verdulería.
El Tony seguía concentrado en sus tareas. Picaba perejil, ajo, repollo blanco. A un costado tenía un par de chorizos colorados listos para ser pelados. Volvió a revolver el puchero de la olla, cada vez más pesado. Dejó la cuchara y se puso a sacar papas y cebollas de dos bolsas de diez kilos que estaban tiradas a un costado. Me empecé a sentir mal, me faltaba el aire y tenía retorcijones en el estómago. Los pibes me miraban. Uno me felicitó por el gol que había hecho.
El que mandaba se armó una línea de merca del tamaño de una tiza y se la aspiró de un solo saque. Agarró una de las pistolas, le pegó un par de golpes a la mesa y dijo:
- Ya fue, loco, vayan a jugar que ya empieza el partido. Y no se hagan los héroes porque al Tony lo metemos dentro de la olla.

Nos juntamos con el resto del equipo y Carlos les contó los detalles de la reunión. Después de un momento bastante complicado donde casi se matan, salimos a jugar el segundo tiempo. Nadie lo aclaró, pero los objetivos era dos, y bien claritos: no íbamos a hacer ningún otro gol y ellos tenían que hacer por lo menos uno.

El partido terminó uno a uno. Nos empataron a los 30 minutos después de que Pepe dejara entrar la pelota frente a la mirada cómplice e impune de todo el mundo.
Afuera de la cancha sonaban los tres tiros brasileros, cañas voladoras, algunas bombas de estruendo. Al minuto la cancha estaba llena de gente. Nos estábamos juntando en la mitad del campo cuando vimos venir a los pibes de la casilla. Venían cagándose de la risa, fumando un porro gigante que a medida que avanzaban dejaba una gran columna de humo que los perseguía a todos lados.
- ¿Cómo andas, loco? – dijo el flaquito que había llevado la voz cantante adentro de la casa -. Partidazo eh…
- ¿Dónde está el Tony? – le preguntó Carlos, todo derecho, tocándose el bigote.
- Está terminando de hacernos el puchero. No se hace en diez minutos. Hay que estarle.
- ¿Vos me estás cargando, loco? –. Carlos tenía los ojos rojos, llenos de venitas. Estaba traspirado por el partido y por la calentura. El pibe le pasó el porro al de al lado y se le puso a un centímetro de distancia:
- Escucháme una cosa, viejo puto, acá mandamos nosotros. Si lo querés al Tony espera que te lo mandemos.
Sólo una vez en mi vida intercedí ante una situación como esa. Yo tendría diez años, salía de casa para ir a la profesora de biología y en la esquina me crucé con tres pibes que le querían robar el perro salchicha al hijo del portero del edificio de al lado. Me interpuse, no sé que mentira dije y logré que lo dejaran tranquilo. Me acuerdo del nene, llorando del susto, abrazado al salchicha marrón, en la escalera de la puerta de entrada del edificio.
- Carlos – lo tomé del cuello, haciendo fuerza -. ¡Carlos! – le pegué un grito en la nuca: - Vamos, Carlitos, dale. Esperemos al costado de la cancha. Ya lo van de dejar venir.
Todavía no entiendo porque los pibes del barrio no nos mandaron a mejor vida. Cuando uno de los pibes sacó una navaja del bolsillo y se la puso, abierta, dentro de la palma de la mano, pensé que nos iban a pegar hasta el día siguiente. Pero no.
- Vamos – reaccionó Carlos.
Los pibes se quedaron clavados en su lugar. Se nos quedaron mirando hasta que salimos de la cancha. Recién cuando el que mandaba se distrajo para abrazarse con un par de jugadores del equipo local, me tranquilicé, un poco.

Estuvimos casi una hora esperando que aparezca el Tony. El gordo que nos había llevado en el entretiempo estaba tirado debajo del sauce, comiendo otro vacío, tomando vino de la caja del cartón. Eran casi las cuatro de la tarde. Hacía más frío que nunca y entre nosotros no hablábamos. Se escuchaba una radio a todo volumen que pasaba cumbia. Todavía sonaba algún petardo. Un perro no paraba de ladrarle a otro que comía de la basura. Uno de los nuestros, el Rulo, el que jugaba de seis, estaba muy caliente. Daba vueltas como una calesita, no se podía quedar quieto, se mordía las uñas, los dedos. En un momento no aguantó más y empezó a putearlo a Carlos:
- ¿Cómo lo vas a dejar ahí? – lo apuró.
Carlos ni le contestó. Estaba ido, irreconocible. Tragó saliva y puso la vista en la casilla donde en teoría estaba el Tony. De la chimenea salía humo, mezcla de blanco y gris. El Gordo que estaba en frente se levantó y nos hizo señas. Carlos me dijo que fuera yo. No podía decir que no, ya estaba jugado y sabía que él no podía ir porque terminábamos todos en una zanja. Carlos le pidió a Pepe que me acompañe. Encaramos al gordo. “Vamos a la casilla que los chicos quieren hablar con ustedes”, nos dijo después de tomarse un trago del cartón y tirar el envase para adentro de la cancha como si fuese un freesbe.
Cuando entramos a la casa todos, sin excepción, comían puchero. De cada uno de los platos se desprendía una pequeña nube de humo. Y el olor había invadido toda la casilla. El Tony seguía en la cocina. Nos hicieron sentar y le gritaron al Tony que sirva dos porciones más.
- Te agradezco, maestro, pero lo único que queremos es irnos a casa – Pepe se rascaba los brazos, la cabeza. Tenía la boca seca, empastada.
- No sean maleducados. Son diez minutitos. Siéntense y prueben el puchero que preparó su compañero.
El Tony nos trajo un plato hondo de puchero a cada uno. Los pibes comían como la última vez. La bolsa de merca y las pistolas ya no estaban. Tenía hambre, pero fue tal el asco que me dio ver el garbanzo, el poroto, la carne, el arroz, las verduras, la zanahoria hervida, toda esa pasta del color de la arena que rebalsaba del plato, un enjambre asqueroso, a unos centímetros de la boca, que pensé lanzaba el vómito de mi vida. Me bajó la presión. Me debí haber puesto todo blanco porque uno me miró y se cagó de la risa. Agarré la cuchara, levanté una buena porción, me la llevé a la boca, cerré los ojos y tragué. El calor de la comida me quemó la garganta y el sabor, inesperadamente, me pareció rico. No puede ser, pensé. Me olvidé del Tony, de Carlos, del partido, de la villa, de la casilla y de los pibes chorros. Puse el brazo alrededor del plato y me comí la porción de puchero en cinco o seis cucharadas como si fuese un animal. Cuando levanté la vista me tuve que secar la transpiración de la frente. Uno de los pibes puso música y otro nos sirvió vino. Le dijeron al Tony que ya estaba bien, que podía sentarse a la mesa. Se sentó y sus piernas rozaron las mías ni bien se acomodó. Le busqué la mirada y se la encontré: estaba tranquilo. Cansado pero tranquilo.

- Tony, la concha bien de tu madre – suspiró aliviado Carlos ni bien nos salió al cruce con el resto de los muchachos detrás, amontonados.
La cara del Tony no reflejaba ninguna emoción en especial. Se pasó la mano por el pelo, pidió su campera y dijo:
- Me tuvieron hasta recién porque querían que el puchero se cocine a fondo.
- ¿No te hicieron nada? – le preguntó uno.
- No.
- Me cagué todo, flaquito - Carlos se le tiró encima y le dio un abrazo cargado de angustia. Escuché un pequeño sollozo, sólo por unos segundos. El Tony se desprendió del abrazo de su nuevo jefe -. ¿Vamos?
- Vamos.

Aquel domingo de invierno lo terminamos en La Ribera, todos los muchachos del equipo, una mesa larga, puchero para cenar. El Tony no cocinó. Lo trataron como a un rey durante toda la noche. Carlos no se despegó de su lado en ningún momento. Yo no cené. Dos veces puchero en el mismo día era demasiado.

MAD – Diciembre del 2006


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