Primero de mayo, día del trabajador
Camilo tenía todo preparado desde temprano: sobre dos mesas, un discman, una mezcladora y un proyector. A un metro del piso, sobre unos trípodes, las cajas de sonido. Delante de las mesas, apuntando hacia el salón principal del local, el pie con el micrófono.
La idea era que después del plenario hubiese un homenaje por el día del trabajador. Y así fue.
Carlitos levantó el pie del micrófono y se lo llevó con él hasta un costado, casi contra la pared. Desde ahí, de pie, con las manos dentro de los bolsillos del buzo Adidas, presentó a los cuatro invitados: tres hombres y una mujer, todos sentados detrás de las mesas, de frente a los más de cien compañeros y compañeras del denominado Espacio para la Juventud.
Carlitos empezó a contar la historia del más veterano de los cuatro, Juan Carlos García, un hombre de unos sesenta años –o un poquito más-, que se apareció empilchado con una camisa de color rosa -planchada como para un casamiento-, un cinto con hebilla de bronce, pantalón de vestir y un par de mocasines oscuros
-lustrados también como para ir a un casamiento-. Carlitos contó que Juan Carlos fue parte de la JP durante la resistencia peronista y que resistió desde siempre los embates del anti peronismo, especialmente después del golpe del ‘55. También contó que a fines de los ’60 Juan Carlos formó parte de la CGTA(Central de los Trabajadores Argentinos) y que en los ‘70 integro las FAP(Fuerzas Armadas Peronistas). “En el ‘84 Juan Carlos participó de manera activa para la vuelta de Raimundo Ongaro como Secretario General de la Federación Grafica Bonaerense, lugar donde trabaja y milita hasta la actualidad”. Fueron las últimas palabras Carlitos para introducir al gremialista.
El local, enorme, y en obra -pintado a nuevo y con el piso cubierto por una gruesa capa de polvo blanco-, se llenó de aplausos.
La cara de Juan Carlos, redonda y chiquita -todo él era chiquito, en realidad-, enrojeció. Se pasó la mano por pelo engominado, una, dos veces. Cuando se hizo silencio, se puso de pie, dio la vuelta y se puso delante de las mesas. Bajó la cabeza, esperó unos segundos, miró hacia el público y cuando estuvo seguro de que todos y todas le prestaban atención, agradeció. No sólo la invitación al homenaje sino también que la audiencia fuese tan joven y tan emprendedora. “Me alegra saber que la juventud, en lugar de estar tomando cerveza, o drogándose por ahí, esté acá, sentada, escuchando respetuosamente a un militante peronista de ley que con toda la humildad del mundo viene a contar su experiencia de vida”.
Más aplausos.
Su exposición duró varios minutos. Habló sin apuro, como quien sabe muy bien lo que está haciendo. Su discurso estuvo lleno de retórica justicialista: fechas, citas, nombres, lugares. Cuando le hizo falta poner una pausa para despertar expectativa, lo hizo con mucha cancha. Y cuando estaba por llegar al final de una idea, de un concepto, lo hacía con vehemencia, moviendo las manos, arengando a los pibes y pibas que lo escuchaban entre atentos y asombrados. Habló del bombardeo a la Plaza de Mayo, allá por el ’55. Contó que él se acercó hasta la plaza para defender al General y a la clase trabajadora toda, y que tuvieron que pasar varios meses hasta que finalmente pudo volver a comer carne por la cantidad de cuerpos destrozados que se cruzó en la calle, en la plaza, en todos lados.
Llegó el turno de Camilo, un compañero, un par, músico, dj e hijo de Quique Juárez, un delegado del Sindicato de Luz y Fuerza desaparecido por la última dictadura militar. Carlitos contó que el padre de Camilo conjugó la militancia sindical con la resistencia barrial de tizas y carbón pintando en paredones la legendaria “Perón Vuelve”. Fue así –enfatizó Carlitos, todavía con las manos dentro del buzo- que se forjó dentro de él una profunda convicción: había que organizarse cualitativamente. Con el tiempo, Quique llego a convertirse en conducción nacional de la Juventud Trabajadora Peronista. Carlitos, para terminar, contó que el 10 de diciembre del ‘76 Quique llegó sin vida a la ESMA después de combatir hasta el final contra sus captores.
Camilo no se movió de su silla. Se frotaba los brazos, se tocaba la cara, se acomodaba el pelo. Cuando le pasaron el micrófono dijo que hablar de su papá siempre le había sido complicado, que se emocionaba mucho y que Carlitos ya lo había dicho casi todo, que él, por su parte, leería un texto escrito por el padre. Y lo leyó.
Cuando terminó, tuvieron que pasar unos dos o tres segundos –desde la puerta de entrada llegaba el ruido de transito que iba y venía por Caseros-, para que desde una de las filas de atrás, llegaron los primeros aplausos. Al instante estaban todos aplaudiendo. El aplauso fue cerrado, hondo, emotivo, y duró un par de minutos largos. Camilo, sentado, con la espalda derecha y las manos apoyadas a los costados de la silla, lagrimeó, casi para él solo. Uno de los compañeros de mesa le dio un abrazo y en seguida el resto lo imitó. Carlitos también se acercó y le dio un beso.
Los compañeros y compañeras seguían aplaudiendo.
Carlitos caminó hasta su lugar, puso el mic en el pié, le dio un par de golpecitos, y continuó. No había dicho dos palabras cuando la atención general –la de él también-, se posó en dos compañeros que habían salido a comprar cigarros y que ahora cruzaban algo incómodos el salón para ir a sentarse a un costado.
Fue el turno de Gustavo, un hombre de unos cuarenta años, flaco, despeinado, al que se le hacía casi imposible controlar la sonrisa que se le dibujaba en la cara. Movía la boca como si la tuviese dormida, para despertarla, y las piernas, debajo de la mesa, estaban inquietas. Carlitos contó que Gustavo comenzó a trabajar de muy joven como operario y que ingresó a la militancia en la década del ‘80 como delegado fabril en los Talleres Gráficos Conforti. “Fue en la década de los noventa cuando la patronal vació la empresa, despidió trabajadores y entró en convocatoria de acreedores”, leyó, textual, Carlitos, y se acomodó el cuello del buzo. Bajó el brazo, dio vuelta una página y puso los labios contra el mic: “sin trabajo ni salario, pasándola mal, durmiendo en el piso, sobreviviendo gracias a las ganas de recuperar su dignidad, fue uno de los treinta trabajadores que resistieron dentro de la gráfica buscando un futuro para ellos y sus familias”. “Hoy en día –Carlitos señaló con el brazo hacia donde estaba sentado Gustavo, y levantó la voz-, ellos –Carlitos giró la cabeza hacia donde estaba Gustavo y volvió a señalarlo- son los propietarios legítimos del predio después de que el Estado, allá por el 2003, expropiara los medios de producción de la fábrica”.
El aplauso empezó antes de que el presentador pudiese terminar la frase. Y fue un aplauso agitado, alegre, ruidoso.
Gustavo, emocionado, y agradecido, ni bien amainó la excitación general, apoyó la espalda contra respaldo de la silla, se rascó la cabeza, y dijo: “la pelea, el objetivo, es que la gente participe. Para que haya cambios, no importa si son grandes o chicos, tiene que haber participación”. Gustavo apoyó el brazo sobre el respaldo de la silla que tenía a su derecha, después lo bajó y lo dejó colgando del otro lado del respaldo. “Cuando fue lo nuestro en los talleres, la mayoría optó por el retiro voluntario –pasó el brazo por encima de la cabeza de Camilo y lo puso sobre la mesa-, y fuimos sólo veintiocho trabajadores entre trescientos los que nos quedamos a resistir”, detalló, elevando la voz, “!Veintiocho!”, lamentó. Gustavo sacó de un bolsillo un pañuelo blanco y se secó la transpiración de la frente: “Fue a partir de esa experiencia de lucha, donde tuvimos que dormir durante diez meses en el suelo, donde fuimos a ver a todos los legisladores de la ciudad, donde tuvimos que resistir los avances de la patronal que intentó por todos los medios dejarnos en la calle, que entendí, de una vez, y para siempre, que si no se participa no hay posibilidad de cambio”.
Los compañeros/as se rompieron las manos. Muchos se pararon. Hubo gritos y arengas para Gustavo. Fue un momento de mucho quilombo, reconocimiento y emoción. Gustavo no sabía donde meterse, saludaba y agradecía con el pañuelo en la mano.
Los otros tres panelistas se acercaron y lo felicitaron con beso, abrazos y palmeadas.
Faltaba que hablara la única mujer de panel, Marcela Bordenave, la última compañera de Germán Abdala. Carlitos la presentó, ella agradeció con la cabeza y saludó con una de sus manos: “Germán Abdala”, arrancó Carlitos, “creció en Santa Teresita. Abandonó los estudios de mecánica en un colegio industrial para ganarse la vida como pintor de autos en la Secretaría de Minería. No pasó mucho tiempo para que lo eligieran delegado. Ferviente militante contra la dictadura, acompaño desde el vamos la lucha de los organismos de Derechos Humanos. En noviembre de 1984” –Carlitos leía de las hojas que tenía a unos centímetros de distancia, por debajo del micrófono. Se había abierto el cierre del buzo y en la cara le habían aparecido un par de gotas de transpiración- “participó de la recuperación histórica de ATE(Asociación de Trabajadores del Estado), junto con Víctor De Gennaro. Y al finalizar la intervención dispuesta por la dictadura militar, fue elegido Secretario General de la seccional Capital Federal”. Carlitos hizo una pausa. Justo en ese momento alguien encendió un fósforo para prenderse un cigarrillo. Había varios fumando y una nube de humo flotaba en lo alto. “En 1989 Germán Abdala fue electo Diputado Nacional por el Partido Justicialista de Capital y en el 90, con motivo de los indultos, renunció a los cargos partidarios. En 1992 creó la CTA(Central de Trabajadores de la Argentina)”. Después de tomarse una pausa, dar vuelta la hoja, Carlitos, para terminar, leyó : “El 13 de julio de 1993, a los 38 años, y luego de más de veinte operaciones, Germán murió en el Hospital Italiano de la Capital Federal”.
Marcela podía ser la madre de cualquiera de nosotros. No sólo por la edad sino también por su pinta de militante, compañera. En su cara se podía ver el efecto de muchos años de lucha, resistencia, muchas derrotas y algunas victorias. Con un lenguaje muy simple, austero, concreto, de entre casa, contó detalles de la vida de Germán que sólo ella, por haber vivido puertas adentro con él, conocía. Habló de sus valores, sus deseos, sus sueños y su gran poder de seducción a la hora de sumar y acompañar compañeros. Hizo especial hincapié en su sensibilidad y en su coherencia, valores destacados de la mayoría de los que militaron en los setenta. Marcela hablaba en voz baja, sin prisa, miraba a la cara a cada uno de los que estaban sentados delante de ella. Sonreía. No vino con nada escrito. Por el contrario, se dedicó a recordar, ahí mismo, como si estuviese en el comedor de su casa mirando fotos, a aquel hombre que había dado tanto por los trabajadores.
Un nuevo aplauso, sentido, pesado, respetuoso, llegó desde todo el local. Ella, con los codos sobre las piernas, la cara entre las manos, los ojos humedecidos, agradeció una y otra vez. Se la notaba movilizada y tranquila. No era su primera exposición ni sería la última.
Carlitos se le acercó y le dio un beso. Ella lo abrazó. El resto de los panelistas también se acercaron y de a uno la fueron felicitando.
Carlitos, impulsado por el buen clima que reinaba en el local, conciente de que las cosas habían salido bien, caminó, micrófono en mano, hasta la otra punta de la mesa. Pidió silencio, levantó los brazos. Cuando logró la atención que buscaba, apoyó una mano sobre el hombro de Juan Carlos, que estaba parado a su lado, y le dijo: “Quiero decirte que nosotros somos jóvenes, militantes, emprendedores, queremos un mundo mejor para todos, incluso la mayoría somos peronistas, pero lamentablemente para vos, tomamos cerveza… vino y cerveza”. La ocurrencia del presentador y responsable del homenaje fue festejada por todos.
Pero Juan Carlos tenía algo más que decir. Sacó de una valija unas revistas, unos discos y los levantó en el aire. Le pidió el micrófono a Carlitos. Cuando se lo pasaron, dijo: “Compañeros y compañeras, quiero darles a todos ustedes, a través del compañero Carlos”, y le pasó el brazo por encima del hombro, “para que lo lean, lo estudien, lo compartan, o hagan lo que quieran, todos y cada uno de los boletines de los últimos veinte años de la CGT”.
Otra vez los compañeros y compañeras se rompieron las manos para aplaudir. El
griterío llegó hasta el parque, enfrente, del otro lado de la avenida Caseros. Juan Carlos, como si le estuviesen por sacar la foto que lo inmortalizaría inaugurando una obra pública, le pasó a Carlitos el material impreso y los discos en formato DVD.
Justo en el momento que la excitación general llegaba a su punto más alto, como si fuese una coreografía preparada de antemano, entraron al local tres o cuatro compañeros cargando diez cajas de pizza, un par de cajones de cerveza y algunos vinos.
El aplauso recrudeció, hubo chiflidos de aprobación, gritos. En seguida algunos se acercaron hasta las mesas y se pusieron a cortar los piolines anudados a las cajas. Los panelistas, a un costado, se palmeaban, hablaban entre ellos. Algunos compañeros/as los encaraban, les preguntaban, tomaban nota de alguna direccion, un correo electrónico, los saludaban.
A pesar del griterío, el arrastre de las sillas, todos yendo y viniendo de acá para allá, el hambre, la sed, las ganas de ir al baño, el quilombo ambiente general que copaba el local de punta a punta, llegué a escuchar el plop de una cerveza destapada. Miré hacia ese lugar y llegué a ver como la tapita rebotaba contra el piso lleno de polvo. Detrás de las mesas y la torre de cajas de pizzas, un compañero, con un encendedor colorado, se entretenía destapando varias botellas de cerveza. Una compañera, paradita a su lado, le festejaba cada uno de los tiros.
MAD - Mayo del 2007
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- Published:
- 5.19.07 / 5am
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- Textos Mariano
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