Magalí

Ya es de noche, las luces internas del colectivo son tenues como siempre, Magalí intenta leer unos apuntes de la facultad pero le cuesta porque, además, las fotocopias están mal hechas. Trabaja casi todo el día Magalí, hace dos años que trabaja de secretaria en una consultora que en el último mes se dedicó casi exclusivamente a la campaña electoral. Magalí tiene 26 años, terminó la corta carrera de secretaria ejecutiva hace tres, y dejó por la mitad, el año pasado, la carrera de sicología en la UBA. Su trabajo actual y sus nuevas inquietudes hicieron que este año empiece a estudiar sociología. Pero ahora en el colectivo, en mayo de 2007, se lo replantea: otra vez las fotocopias mal hechas del CBC, los profesores expertos en desmotivación, el colectivo a la noche, el microondas calentando lo que sea. Quizás deba estudiar publicidad en una universidad privada, se dice. Desiste de los apuntes y mira la luz sin color del techo del colectivo, es una luz tan triste que ni siquiera molesta a los ojos cuando la mira fijo dos minutos seguidos. Después cierra los ojos y vuela en el tiempo tres meses, febrero, cuando volvió de vacaciones, antes del CBC, antes de la campaña electoral. Se lleva a febrero a los tres candidatos con mayores posibilidades de ser Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, dibuja una tabla en su cabeza, elige hacerla en Word (el único programa que conocía cuando empezó la carrera de secretaria ejecutiva, ahora conoce muchos más, obvio, más complejos, más eficientes). Piensa todo esto en Word, lo quiere hacer sencillo. Dibuja dos columnas, en una pone la T, la M y la F, y en la otra “Hacer las cosas bien”, “Sumar es la fórmula”, “Elegí Seguridad”, “+paz”, “Estaría bueno que aprendamos que con mas educación hay menos inseguridad”, “Hay equipo”. Ya no le sirve Word para lo que está pensando. Se imagina un papel, le gusta dibujar a Magalí, repasa: otra vez, la T, la M y la F en vertical a la izquierda de la hoja. A la derecha, las frases, una debajo de la otra. Ahora sí: -Una con flechas el candidato con sus propuestas. Abre los ojos, mira por la ventanilla a dos pibes de unos 16 años que arrastran un carrito con cartones. Siente un poco de frío en los pies y tiene sueño. Todavía falta mucho para su casa. Cierra los ojos otra vez. Se imagina a ella misma haciéndose este test de unir con flechas hace tres meses, cuando hacía calor y tomaba mate con sus amigas en la costa de Vicente López. Se imagina también que le hace el test a las amigas. Sonríe Magalí que sigue con los ojos cerrados y con la cabeza apoyada en la ventanilla. Quizás le podría llevar el test a Ezequiel, se imagina un test especial para Ezequiel: -Uní con flechas lo que pensás con lo que decís. El papel se le mancha todo, no se entiende para donde van las flechas. No quiere pensar en Ezequiel. Ahora que puede poner la cabeza en otras cosas, otras personas, ahora que ya dejó de llorar a la noche, que está ahorrando para dejar la casa de su prima y poder vivir sola, ahora que se animó a pedir un aumento en el trabajo, ahora que dejó atrás la pasión de slogan, los besos enmascarados, el amor artificial, ahora que vuelve a sentirse mujer sin tener que revocarse la cara todas las mañanas. A Ezquiel no, Ezequiel me estaba cagando la vida. Que se meta el test en el culo Ezequiel. Vuelve a la campaña electoral, faltan pocos días para las elecciones. Sigue Magalí, ya casi dormida en la noche del colectivo. Quiere ser socióloga pero las propuestas de los candidatos son todas iguales. Entonces los asesores de los candidatos también. Los sociólogos también. No, los sociólogos no. La publicidad sí es toda igual. Magalí se queda dormida y se pasa de la parada de su casa.

Ahora ya es el otro día, temprano a la mañana. Anoche, Magalí se tuvo que tomar un taxi desde la terminal del colectivo hasta su casa, le salió como veinticinco pesos. Está tomando mate Magalí, prende la tele, hubo un debate anoche, cuando ella dormía en el colectivo.

Ricardo Dios
mayo 2007


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