Te quiero pedir una cosita

- Te quiero pedir una cosita – le dijo corriéndose hacia un costado, evidenciando, así, que lo que se venía tenía un aire personal, por fuera del contexto habitual de la colonia.
Ella, algo confundida, sin perder la sonrisa todavía, se acercó hasta la baranda de la huerta, en el patio.
- ¿Qué? – preguntó, arqueando las cejas.
- Tu teléfono.
Hacía tres o cuatro días que Lucas tenía ganas de encarar a una de las maestras de la colonia donde llevaba a su hijo -una que no había visto nunca-, pero por una razón o por otra –timidez, o porque ella, una de las veces se fue corriendo al baño con un nene que se había hecho caca-, no había podido. Ese día terminaba la colonia y a la maestra no la iba a ver por un par de semanas hasta que empezase de nuevo la escuela. Podía esperar. Pero creía que a ella también le pasaba algo. Y no pudo con su genio.
El día anterior a esa mañana que quedaría grabada en la cabeza de Lucas por mucho tiempo, y en la de todos los demás que lo conocen dentro el jardín –directora, maestras, maestros, portero, los padres de los chicos, ¿los chicos?, y especialmente ella, la maestra jardinera, y su marido, por supuesto-, tuvo terapia. Acostado en el diván le habló al analista de la maestra durante varios minutos, una y otra vez, pero la cuestión pasaba por otro lado. Lucas contó que la timidez, la no confrontación, la vergüenza que lo asfixiaba cada vez que se exponía, le amargaba la vida. “Ya bastante mal me hice de chico”, le dijo al analista mientras entretenía la vista con las paletas del ventilador del techo del consultorio. “Por eso”, re afirmó para si mismo, “la voy a encarar y le voy a pedir el teléfono. La mina me gusta y quiero creer que yo le gusto a ella”, supuso, rogó -las palabras le fluían una detrás de la otra a una velocidad asombrosa, desde el estómago derecho a la garganta-, “lo que yo quiero, y necesito, es romper con mis estructuras, mis moldes, mis miedos”. Lucas suspiró e hizo silencio. Sólo se escuchaba su respiración y, casi imperceptible, el aleteo del ventilador. “!Tengo lo huevos llenos del miedo!”, dijo de repente, fastidiado, con la voz entrecortada. Con las manos se apretaba la panza y tuvo que tragar dos veces para no lagrimear.
A los pocos segundos, y por única vez en la media hora que duró la sesión, el analista abrió la boca: “¿La seguimos la semana que viene?”.

Lo primero que hizo ella fue mirar para atrás, como si estuviese a punto de robarse un perfume de la góndola de un supermercado. Cuando se volvió, él entendió que los miedos y las dudas que lo venían perturbando –desde que era chico-, tenían fundamento, un porqué.
- Estoy casada – dijo ella, entre tensa y confundida. Unas de las pestañas, la izquierda, le bailaba, inquieta, como si fuese un tubo de luz fluorescente. Sobre los cachetes de la cara se le empezó a colorear una aureola rosada, y no por la emoción de verse avanzada –se dio cuenta Lucas-, sino más bien por la vergüenza -: ¿No viste mi anillo? – y se señaló la mano. Ahora sonreía.
Lucas miró y lo vio por primera vez, en el índice de la mano izquierda: brillaba como si lo hubiesen pasado una franelita anaranjada de esas que vienen en los estuches de lentes para el sol. Acalorado como nunca en sus treinta años de vida, Lucas se rascó la nariz, miró para los costados y dijo:
- Me siento el tipo más boludo de la tierra.
Ella juntó las manos a la altura de la panza, bajó la cabeza y se puso a jugar con los dedos.
- Está todo bien –dijo sonriendo, compasiva, una vez que levantó la cabeza.
El silencio fue corto, insoportable.
- Me voy a la sala – dijo ella señalando para el pasillo, a sus espaldas -. Nos vemos - y salió corriendo.
Lucas dio media vuelta y encaró para la salida. El cuerpo le pesaba como si cargase sobre la espalda una bolsa de consorcio llena de arena. Empujó la puerta de calle y salió. Se quedó un par de segundos parado en la vereda, aturdido por el ruido de los diez, veinte coches que pasaron a toda velocidad como si fuesen una bandada de pájaros. Cuando volvió la calma, el tráfico parado en la esquina esperando el verde del semáforo, se dio cuenta de que la vergüenza y la frustración, no lo dejaban pensar.

Una semana antes de aquella mañana, Lucas le puso los ojos encima a una de las maestras de la colonia, una flaca que siempre andaba vestida con colores muy vivos, que combinaban a la perfección con la temperatura y los aromas de una mañana cualquiera del mes de enero. Tenía piernas largas, llamativas. Y andaba con un pantaloncito de jean, suelto, liviano, que no terminaba de ocultarle la cola, curva, firme.
El patio donde funcionaba la colonia estaba cubierto por una gran carpa de media sombra de color negro. Había dos pelopincho, piezas de madera para armar fuertes, montañas de fichas tipos rasty tiradas sobre alguna lona, pelotas de todos los colores, libros, sillitas y mesitas para jugar con plastilina. Los nenes y nenas, de entre dos y cinco años, corrían de acá para allá, o estaban subidos a los juegos, o a upa de las maestras. Él llegaba con su nena y ella los recibía con una sonrisa. Charlaban un par de minutos, del clima, de las actividades de los chicos. Ella le hablaba de sus cosas pero también preguntaba por las de él. Se reía mucho y nunca bajaba la mirada. “Casi no me di cuenta”, le contó a un amigo, “se fue dando solo… por eso me parece que me gusta”.
Con el correr de los días, las charlas, el solcito, los rojos y verdes que ella lucía, el pantaloncito, Lucas se empezó a inquietar. Una de esas mañanas él la piropeo, así, como al pasar. Y ella le devolvió una sonrisa.
Si bien era consciente de lo atrevido y riesgoso que podía ser encararse a una maestra del jardín, que tenía todas las de perder porque la flaca posiblemente no se la iba a jugar para cuidar su trabajo, se convenció: la iba a encarar. Lo que más le cerraba era que no la había buscado sino que todo se había dado de manera natural, sin forzar nada.

- ¿Como andas, Pablo? – Lucas se acercó hasta el profe de educación física, en la puerta de una de las salas. A pesar del ser el profe de gimnasia estaba un poco pasado de peso, tenía la cara redonda y la panza le asomaba por debajo de la remera. Estaba apilando una colchoneta arriba de la otra, sobre el suelo. Y Traspiraba.
- Bien, che, ¿vos?
- Tranquilo – contestó Lucas, mirando para donde estaba la flaca, en la puertita de la huerta. Tenía puesta una bincha de color verde esmeralda que le cubría toda la frente. Le hablaba al oído a otra maestra, se reía, volvía a decirle algo -. Hoy hay pileta, ¿no? – preguntó Lucas.
- Si, a eso de las diez y media todo el mundo al agua. Los pibes se vuelven locos.
Lucas, atento a los movimientos de ella, ni bien la pescó mirando, la saludó. Pablo se agachó, levantó otra colchoneta, la tiró sobre las demás, se limpió la traspiración de la frente, miró hacia donde estaba la flaca, volvió la cabeza, y dijo:
- Che, nos estamos juntando con varios padres a jugar un fútbol 5. Hace falta uno.
Lucas, contento, aprobó con la cabeza.
- ¿De que jugás? –le preguntó Pablo, sin dejar de lado el tema de las colchonetas.
- Abajo ando bien.
- Listo, buenísimo. Veníte el martes –Pablo se puso de pie, ya había acomodado todas las colchonetas-. Las canchitas son las que están al lado del súper de los chinos –y se limpió de nuevo la frente.
Antes de despedirse Lucas le preguntó por las vacaciones.
- Ahora, cuando termine la colonia. Nos vamos unos días a Santa Clara del Mar.
Se despidieron. A Lucas, Pablo le caía bien desde el día que se lo cruzó en un recital de folklore que se hizo en los bosques de Palermo. Ese día, el profe estaba vestido con una remera de Independiente, shorcitos, zapatillas adidas. Esa noche de calor y cielo estrellado, Lucas notó que Pablo estaba en su salsa.

“Mañana la encaró”, pensó tres días antes de que terminara la colonia. “Le pido el teléfono… no, mejor no, le pido el mail… no, el mail no da… ¿y si le pregunto si tiene planes para el fin de semana?”. Lucas se quemó la cabeza a la noche, antes de irse a dormir, mientras se bañaba. Y se la siguió quemando ni bien abrió los ojos al otro día. S pegó un baño, despertó a la nena, desayunaron fueron al jardín. Trataba de no pensar en lo que iba a decir. Estuvieron juntos menos de un minuto, y en un momento tuvo la oportunidad de encararla, fue un segundo, antes de despedirse, tenía las palabras en la punta de la lengua, cosquillas en la panza, todo, pero no. No se animó. Lucas se fue al trabajo atragantado, puteando. Estuvo toda la mañana dándole vueltas al asunto, calculando cómo, cuando, donde y qué le iba a decir al otro día.
Al otro día -dos días antes de que terminara la colonia-, encaró decidido a blanquear, ¿cuál era el problema, en definitiva?, pero tampoco pudo porque ella, en el momento que a él se la estaba por jugar, con los huevos en la garganta, salió corriendo con un nene que se estaba haciendo caca. Otra vez se fue sin nada. “Me quedan dos días”, pensó. “Le pido el teléfono, directamente, a las minas no les gusta el cargoseo, las vueltas”. Se había metido tanta presión a si mismo que ya no le importaba otra cosa que desembuchar, sacarse la mochila. “Si la mina me da teléfono, bárbaro, hermoso”, especuló, “pero sino, todo bien, me quedo tranquilo conmigo mismo”, calculó.
El ante último día tampoco pudo. Y esa vez no hubo movimientos extraños de parte de ella que lo desacomodasen. No pudo. Así de duro y de tajante. La mina se mostró un poco más fría que de costumbre, es verdad, y eso no ayudó, porque lo que hace o deja de hacer el otro siempre influye, pero la realidad es que no pudo. “No sé, me pareció que la mina había intuido algo y estaba como a la defensiva”, le contó al amigo. “Hubo un momento clave, fue cuando se hizo silencio y nos quedamos mirándonos, medios desacomodados… ahí era, en ese preciso momento. Pero no pude. Y al segundo ella me cuenta que no da más, que necesita vacaciones y que por suerte, a los dos o tres días viajaba una semanita a Santa Clara del Mar”.
Ese mismo día, por la tarde, Lucas tuvo terapia.

MAD – Abril del 2007


About this entry