Ernesto Arriaga
- Papá.
- ¿Qué?
- ¿Qué le pasa a ese señor?
- ¿A cuál?
- A ése que está ahí, el chiquito – Santiago señala con el dedo índice.
- ¿Qué tiene? – el padre le baja el brazo.
- Que está parado con ese cartel en la mano desde que llegamos.
- Está trabajando.
- ¿Cómo trabajando?
- Si, está trabajando.
El padre de Santiago se estira sobre el asiento, las piernas derechas, los talones de los pies contra el piso, la cabeza sobre la curva que tiene el respaldo. Cierra los ojos.
- Papá – insiste Santiago.
- ¿Qué? –contesta el padre, sin abrir los ojos.
Santiago se levanta y camina hasta donde está el hombre del cartel, unos quince metros en línea recta. En los alrededores hay algunos otras personas con carteles en la mano, todos de pie, con la espalda derecha. Algunas personas caminan por el hall, sin apuro, hablan por teléfono, toman una gaseosa. Santiago se para frente al hombre del cartel. Le sonríe. Con el disimulo propio de un nene de siete años le chista al padre, una, dos veces, hasta que logra llamar su atención. Con un movimiento de cabeza le señala al hombre del cartel que tiene a medio metro de distancia. El padre le hace un gesto para que vuelva. El hombre, chiquito, vestido con un traje de color azul claro, pasado de moda, algo gastado pero sobrio y recién pasado por la tintorería, le acaricia la cabeza con la mano que tiene libre. Santiago vuelve corriendo a su lugar y le golpea las piernas al padre, despatarrado sobre el asiento, con los ojos cerrados.
- ¿Qué pasa, Santiago?
- ¿Quién es Ernesto Arriaga?
El padre se sienta de mala gana. Fija la vista en el hombrecito de traje azul.
- ¿Como puedo saberlo? Estoy sentado acá igual que vos, Santiago. No lo conozco.
Suena el celular del padre. Lo saca del bolsillo, mira la pantalla, y se queja. Atiende. Del otro lado se escucha la voz nerviosa de una mujer. El padre se levanta, se aleja unos pasos y le contesta en voz alta. Deja que hable ella, y vuelve a al ataque, casi a los gritos. Después de unos segundos corta. Vuelve a sentarse. Santiago le toca el brazo.
- ¿Qué pasa, Santi?
- ¿Quién es Ernesto Arriaga?
- Ernesto Arriaga es la persona que está esperando ese pobre hombre –el padre intenta mantener la calma, habla pausado, estira las palabras.
- ¿Qué pobre hombre? – Santi pega saltitos en el lugar, a un costado del asiento.
- El del cartel, Santi.
- ¿Ernesto Arriaga es su amigo?
El padre mufa de nuevo, se revuelve el pelo con una mano.
- Ernesto Arriaga debe ser algún empresario, o un ingeniero que viene al país
a trabajar. No importa, Santi.
- ¿Una obra de teatro?
- No, Santi, no – el padre le pega un golpe al asiento de hierro. Mira para los costados, y se dejar caer sobre el respaldo -, cuando digo una obra quiero decir un edificio, una represa, una cancha de fútbol, no sé, algo grande.
Santiago deja de bailotear, se sube al asiento y también apoya la espalda contra el respaldo. Las piernas le quedan colgando y las hace ir venir como si fuesen la hamaca de una plaza. Después de unos segundos sube las piernas y las cruza, una encima de la otra. Saca el chicle que tiene en el bolsillo del pantalón de la selección argentina, lo abre y se lo pone en la boca.
- Tomá, papá – y le pasa el envoltorio.
Suena el celular de nuevo. Otra vez se escucha una voz de mujer del otro lado de la línea, pero diferente a la de hace un rato. El padre no dice nada, sólo escucha. De repente, aleja el teléfono de su oído, lo pone frente a su boca, y le grita: “¿Porqué no venís vos a esperar a tus sobrinos?”. Un grupo de personas que está a un costado, se da vuelta. El papá de Santiago cierra el teléfono. Vuelve a su lugar. El nene sigue con el brazo levantado, y en la mano tiene el envoltorio del chicle.
- Anda y tirá el papel en el tacho.
Santiago se levanta y va saltando hasta el cesto más cercano, a un costado de la mesa de informes. Cuando se para enfrente del tacho, deletrea: aaaeeeropueeeertooos argeeentiiiinaaa dooosmiiiil. Tira el papel, da media vuelta y vuelve a los saltos, cantando una propaganda de la tele. Sube al asiento de un salto y pone la cola sobre la curva que tiene el respaldo para apoyar la cabeza.
- Sentate, Santiago.
Santiago se desliza y dejar caer el peso de su cuerpo contra el asiento.
- ¡Basta, Santiago! Quedate quieto, por favor –el padre se pasa la mano por el pelo.
La puerta de dos hojas por donde aparecen los pasajeros empujando su carro lleno de valijas, bolsos y paquetes, acapara la atención de Santiago. Se queda quieto por unos segundos, con la mirada fija en el movimiento de la puerta, un vaivén monótono, mecánico, que se dispara cuando los recién llegados atraviesan el último escollo que les queda antes de encontrarse con los suyos. Ni bien asoman la cabeza, estiran el cuello, levantan la mano, saludan a los gritos a sus familiares. Están bronceados y visten bien. Santiago mastica el chicle con la boca abierta y hace globos.
- Mirá, papá - le da unos golpes en el brazo – ese señor del cartel encontró al que estaba esperando –otro hombre-cartel, no el hombrecito que fue a saludar Santiago, estrecha la mano de un pasajero.
El padre ni se inmuta.
- ¡Papa!
El padre levanta la nuca y mira sin ganas hacia el hall. Frente a la ventanilla de un local que alquila autos, un hombre enorme, pasado de peso, despeinado, con barba de días, la camisa celeste fuera del pantalón, habla con un tipo que parece ser del norte del país, o de Bolivia, o de Perú, con la piel del color del café con leche, bajito, introvertido. De los dedos de la mano del gordo cuelga un cigarrillo. Con esa misma mano le muestra la salida al boliviano. El padre se queda mirando como los tipos encaran para la salida. Ni bien se abre la puerta el gordo se arma una carpa y se prende el cigarrillo.
- ¿Qué hora es, papá?
- Las tres de la mañana –el padre mira hacia el techo, en lo alto-. ¿No querés dormir un poquito?
- No, quiero esperar a Lucas y a Agustina.
- Yo te despierto.
- No.
Los primos de Santiago deberían haber llegado hace más de dos horas desde San Pablo. Y por lo que les dijeron en la mesa de informes todavía falta una hora y media más.
- La voy a matar a tu mamá. El año pasado me hizo lo mismo. Vienen sus sobrinos y el que los viene a buscar como un pelotudo soy yo – el padre mira hacia un bar que está del otro lado del salón-: es una hija de puta – dice en voz baja.
- ¿Dónde van a dormir Lucas y Agustina?
- Hoy duermen con nosotros y mañana los dejo en la casa de tu mamá.
- ¿Y yo?
- ¿Vos qué?
- ¿Donde voy a dormir?
- En casa, ¿no escuchaste lo que acabo de decir? – y repite, molesto, deletreando-: hoy duermen con nosotros y mañana con tu mamá.
A las cuatro de la mañana el padre abre los ojos. Los reflectores del techo no lo dejan ver. Se tapa con el brazo. Se sienta, pesado, somnoliento. Apoya los codos sobre las piernas y con las manos se revuelve el pelo. Mira para un costado, para el otro, siempre con la cabeza entre las manos. Tiene un pequeño sobresalto cuando se da cuenta de que falta Santiago. Mira para los costados. En el hall ya no quedan hombres-cartel. Hay muy pocas personas dando vueltas. En la ventana de la casa de alquiler de autos hay dos empleados charlando, con los codos sobre el mostrador. Santiago no está. El padre se pone de pie, se peina con una de las manos y empieza a caminar en dirección al hall de las salidas, a su derecha. Acelera el paso. Nombra a su hijo en voz baja. Repite el nombre. De un grupo de azafatas que viene caminando, todas arrastrando una valija de fibra plástica de un color azul marino muy paquetas, con rueditas, se desprende una flaca con cara de tapa de revista y le pregunta si necesita algo. Él le dice que no encuentra a su hijo. Se lo describe. Ella niega con la cabeza y le indica con el brazo la oficina de la policía aeronáutica, casi en la otra punta, al fondo. El padre encara para ese lado. A medida que avanza -sus pasos son largos, elásticos, nerviosos, y se escucha el ruido de la goma de la suela de sus zapatos friccionando los mosaicos del suelo-, mira para los cuatro costados, se agacha, trata de individualizar nenes entre los pasajeros, estira la cabeza, mira hacia arriba, donde está la zona de embarques. Sin dejar de caminar saca el teléfono de su bolsillo, lo abre, mira lo cierra y se lo mete de nuevo en el bolsillo del pantalón. A su derecha están los mostradores de las diferentes aerolíneas, a los que se llega después de sortear los laberintos de soga de color bordó. El padre se frena, da media vuelta y encara para los baños, a su izquierda. Ni bien entra se encuentra con un muchacho de limpieza que, de parado, con la espalda pegada a la pared y las dos manos agarradas a un escobillón, duerme. Se le para adelante, le sacude el hombro y le pregunta por su nene. El muchacho pega un salto, tarda unos segundos en entender lo que le pregunta ese hombre con la cara desencajada, y le contesta que no. El padre le da la vuelta a la mesada de los lavabos, en dirección a los baños. Mientras pasa, casi al trote, captura la foto de si mismo, colorado, traspirado. El espejo también le devuelve la imagen del muchacho de la limpieza, con el cuello estirado, mirando de reojo, con la boca abierta. El papá de Santiago se para frente a la primera puerta de la hilera de baños. Las abre de a una. Las primeras, más o menos tranquilo, pero a medida que avanza, se desespera y las abre a patadas. El del escobillón mira desde el fondo pero no dice nada. El padre grita el nombre de su hijo. La última puerta de la hilera está cerrada. La zamarrea hasta que logra abrirla. Grita de nuevo el nombre de su hijo.
El padre sale del baño y camina hacia el fondo del hall, en dirección a la oficina de seguridad del aeropuerto. Se cruza con un chico que empuja un tren de más de veinte carritos, uno encastrado dentro del otro. La misma pregunta y la misma respuesta: nada. Encara hacia un bar que hay a su izquierda. En una mesa hay dos hombres tomando un trago. Son extranjeros. Él les pregunta por Santiago y ellos no entienden la pregunta. Se acerca una camarera y hace de traductora. Ni los extranjeros ni los empleados del bar saben nada acerca de Santiago. El padre se agarra la cabeza y empieza a putear. Llegan dos oficiales de la policía aeronáutica, uno de ellos con la mano sobre la cartera de la pistola. Le preguntan que es lo que le pasa. El padre se exaspera y les dice que lo que le pasa es que se perdió su hijo, que lo encuentren. La gente se da vuelta. Los oficiales le piden que se tranquilice y le solicitan el nombre y la descripción del chico. Uno de ellos, afeitado al ras, con el pelo tirado hacia atrás, engominado, a medida que escucha la descripción que le hace el padre, pasa la información por handy.
El papá de Santiago pregunta que hay para el lado del fondo del hall. Len informan que nada, que no hay para donde ir por aquel lado. Llegan otros dos oficiales al trote, un hombre y una mujer. El de la gomina les informa que se extravió un masculino, menor de edad. El padre se agarra la cabeza, vuelve a putear, amaga a darle una patada a un cartel de publicidad de Marlboro pero se contiene. Los oficiales le piden, serios, que se calme. El padre vuelve a sacar el teléfono de su bolsillo. Lo revisa, lo cierra y lo deja dentro de una de sus manos. Se separan en grupos. Unos encaran hacia a la escalera mecánica que sube a la zona de embarque. El papá de Santiago y uno de los aeronáuticos encaran para el segundo hall, el de los arribos. Ni bien dan a la mesa de informes, el padre mira para donde estaban sentados él y su hijo. Nada. Tampoco ve a ninguno de los hombres-cartel. Atraviesan el hall y le preguntan a los muchachos de la casa de alquiler de autos si no vieron al nene. El gordo no sabe nada, abre los brazos –en la mano tiene un cigarrillo-, pone cara de circunstancia. Un compañero suyo pregunta como es el nene que buscan. El padre se traba de los nervios, no le sale del todo la descripción, pero se ayuda con las manos. El remisero, de unos cuarenta años, albino, los ojos achinados por el sueño, les cuenta que si, que si no se equivoca lo vio pasar en dirección al bar. El padre sale corriendo. El oficial sale detrás de él mientras avisa por handy.
En una de las mesas, la última, medio escondida, pegada a una columna y de frente a la ventanita de donde salen los despachos del bar, Santiago duerme como un bebe, acostado sobre dos sillas. En la primera tiene las piernas, estiradas, y en la otra el cuerpo, recostado sobre las piernas de una persona que al padre le suena conocida: el hombre del cartel que su hijo le mostrase dos horas atrás. Apoyado sobre la columna, a la derecha del hombre, la plancha de cartulina amarilla contra el piso, la vara de madera apuntando al techo, prolijamente escrito con fibra de color negro, trazo grueso, el nombre de la persona que el hombre espera hace horas: Ernesto Arriaga.
- ¿!Qué haces, viejo, y la puta que te parió!? – el padre agarra al nene de las axilas, lo saca de un tirón y se lo carga a upa. La violencia de la escena enmudece a las pocas personas que están en el bar. Los policías, a las espaldas del hombre, no intervienen pero se nota la tensión de sus caras rígidas. El padre aprieta a Santiago contra su cuerpo con los dos brazos. Santiago abre los ojos, levanta la cabeza por sobre los hombros del padre, mira a su alrededor, vuelve a apoyar el cachete colorado y húmedo sobre su papá, y cierra los ojos. El pantalón de la selección le queda bajo y se le ve el calzoncillo, rojo.
- Tranquilo, señor – le pide el hombre del cartel, todavía sentado.
- ¡Tranquilo las pelotas! Estoy como loco buscando a mi hijo y lo tiene usted acá, como si fuese su abuelo.
- Dejeme contarle, don, no se enoje… – pide el hombre. El oficial le toca el brazo al padre del nene. La tensión disminuye un poco. Las camareras del bar, con los codos apoyados sobre el mostrador, miran la película en primera fila.
El padre mira fijo al hombre, los ojos le brillan de la bronca.
- Me vine a sentar porque el vuelo que estoy esperando está atrasado. Al rato vino su nene, se me sentó al lado y a los dos minutos, sin mediar palabra, se tiró sobre la silla –y le señaló la silla que estaba a su costado-. Estaba enojado, no quería hablar – el hombre habla pausado, con mucha calma -. Le dije que se volviese con usted pero no quiso.
- ¿Y porque no me lo trajo? –vuelve a ladrar el padre.
El hombre del cartel se sirve un poco de agua de una jarrita, toma un sorbo, deja el vaso, se acomoda la corbata de seda descolorida, el cuello de la camisa, y dice:
- Porque de repente se puso a hablar. Quería saber quien era Ernesto Arriaga. Le conté que es un nene de la edad de él, que viaja solo, con un permiso.
- Me lo tendría que haber traído – insiste el padre. Una señora de mediana estatura, rubia, arreglada, a dos mesas de distancia, de pie, todavía algo nerviosa por la inesperada situación, aprueba con la cabeza.
- Yo sabía que usted iba a venir –dice el hombre, con la mirada perdida en el hall de entrada -, al final de cuentas es usted el padre, ¿no?
- Si, soy el padre, por eso estoy como loco… –Santiago vuelve a levantar la cabeza, mira a su alrededor y se frena en el hombre del cartel. El padre, con una de sus manos, presiona la cabeza del chico contra su hombro-, usted es un irresponsable – dispara.
- Está bien, hombre, si usted lo dice.
Desde la mesa de informes avisan que acaba de aterrizar el vuelo que llegó desde San Pablo.
- Bueno, cada uno a sus cosas, asunto terminado, acá no ha pasado nada –dictamina el oficial de la aeronáutica, haciéndose lugar para quedar entre el papá de Santiago y el hombre del cartel.
El padre le pega una última mirada al hombre, da media vuelta y se va. Ni bien se aleja unos pasos afloran comentarios en voz baja desde las mesas, el mostrador, entre los que se habían acercado a ver que pasaba. El hombre se pone de pie, se arregla el traje, toma el cartel del suelo y encara hacia el hall. Una pareja de chicos jóvenes, con enormes mochilas sobre las espaldas, se acercan al hombre y le dicen que estuvo bien, le palmean el hombro.
A los diez minutos aparecen los primeros pasajeros del vuelo que todos esperan. Un primer grupo de turistas atraviesa la puerta de dos hojas y sale al hall central. Los reciben algunos familiares y amigos. Hay besos, abrazos y muchas caras de fastidio. Detrás de esa primera columna vienen los primos de Santiago. Pegado a ellos, con ellos, viene otro nene. Y los tres se están riendo. Los dos varones vienen abrazados, uno con la remera del Flamengo, el otro con la de Independiente.
Cuando el padre de Santiago, y Santiago, salen al encuentro de los primos, el chico se despide con la mano y sale corriendo hasta donde está el hombre del cartel, el del traje azul gastado y cara bondadosa.
MAD – Marzo del 2007
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- 7.27.07 / 8pm
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