Regalado
“Puertas, ventanas, mesas, sillas… ¡compro!”.
“Heladeras, grabadores, televisores… ¡compro!”.
Hoy es el tercer domingo que una camioneta con un altoparlante a todo lo que da me despierta entre las diez y las once de la mañana.
Cuando uno se muda a una casa nueva, a un barrio nuevo, a una de las primeras cosas a las que te tenés que adaptar, es a los ruidos. Y la verdad es que en el departamento de mi abuela no hay muchos ruidos extraños. Cada tanto el movimiento de las puertas del placard de la habitación, el goteo del deposito del baño, un mueble arrastrado de un lugar a otro en el piso de arriba, pero no mucho más. La cuadra es tranquila, no hay grandes construcciones, ni negocios. Los pibes andan en bicicleta por la vereda, hay algunos árboles, pajaritos que cantan. Pero despertarme con los altoparlantes de una chata, no me lo hubiese imaginado, por lo menos acá, en la capital.
Los que no deben estar muy contentos con los ruidos que traje yo son mis vecinos, casi todos jubilados. Las dos veces que se quedó a dormir mi hijo se la pasó saltando, gritando, tirando autitos desde una rampa que armó con la caja del caloventor que tuve que salir a comprar para no helarnos, armando torres con los videos del hombre araña, el pato donald y la era del hielo, gritar con todo lo que le permiten los pulmones que es un power ranger, con las piernas flexionadas y los brazos en guardia.
Yo, cuando estoy sólo, mucho quilombo no meto porque no hago otra cosa que comer, escribir y dormir.
No me quiero levantar. Es domingo, el único día de la semana que tengo para descansar. Pero me tengo que sacar de encima la cama que está en el cuarto de al lado. Necesito lugar. ¿Qué hago? Me da paja salir de la cama, abrigarme, salir a gritarle a los tipos que tengo una cama para venderles. Lo dejo para la próxima.
Antes de mudarme a la casa de mi abuela la vacié. Con mi familia revolvimos, acomodamos y limpiamos treinta años de historia. Pusimos todo en la calle. Llamamos a una entidad de beneficencia para que se lleve casi todos los muebles, menos la cama. Me la quedé por las dudas. Pero a los pocos días cambié de idea. “Comprate una cama”, me aconsejaron los que me rodean, incluso mi ex, despechada y todo. La cama está en la otra habitación, desarmada.
A la media hora, de nuevo: “!Compramos heladeras, secarropas, microondas!”.
Ya está. Ahora si. Igual ya no me puedo dormir. Me levanto, me pongo un pantalón sobre los calzoncillos largos, dos buzos sobre la remera de manga larga, medias de lana y las zapatillas, voy hasta el comedor y levanto la persiana. Una oleada de sol invade el comedor y lo llena de luz. Salgo al balcón y miro hacia la derecha, de donde llega de manera insistente la voz del vendedor. Hace mucho frío y el viento hace revolotear las ramas peladas de los árboles. Escucho la voz pero no veo a la camioneta. Me meto en el departamento, cierro la puerta –tengo que empujar con el pie la hoja cerrada de la puerta para que la otra cierre del todo-, voy hasta la cocina, pongo la pava al fuego, y cuando estoy por entrar al baño escucho que la camioneta se acerca. Vuelvo a salir al balcón y la veo venir: una ford nueva, de color bordo, con dos altoparlantes sobre la cabina. En la esquina amagan a doblar, estiro el brazo, les hago señas con la mano. El acompañante me ve. La chata frena. Vuelvo a mover el brazo. El tipo me mira de nuevo. Me señala mientras le dice algo al que maneja, abre la puerta y baja.
Ayer tuve una noche de mierda. La mina a la que venía dándole vueltas se apiadó –de una vez por todas- y decidió poner un cierre. “No te jodo más”, me puso en un mensaje de texto, a eso de la una de la mañana. Sus palabras confirmaban una realidad que hasta el momento ninguno de los dos –cada uno tenía sus razones - no se había animado a aclarar: no había más lugar para la histeria y el gataflorismo. Que si, que no, que no sé, que los hombres son un mal irremediable, que ayer hablé con mi ex más de una hora porque más allá de que no es más mi pareja como el tipo la está pasando mal yo lo sigo bancando, que no te contesté el mensaje porque tenía el celular apagado, que sos un dulce, que te invito a mi casa a cenar pero cuando ya no queda ni una copa de vino tinto, ya vimos la peli y vos te pones mimoso, te regalo sólo un beso, me hago la estrecha.
Yo sé –estoy aprendiendo en realidad- que los tiempos de cada uno son diferentes, que cada persona es un planeta, que las relaciones humanas son impredecibles y dan para cualquier cosa, pero cómo la mina me gusta -está buena y es piola-, siempre volví a pisar el palito, aún sabiendo que lo mejor era especular, esperar hasta el otro día, racionalizar el deseo. Andar sólo no es fácil, y menos todavía si venís de una separación. Paso muchas horas sólo, frente a la pc -ese bien de consumo que representa el pequeño horno de barro donde me refugio a través de la escritura-, y aunque no te lo propongas de manera consciente, tenés ganas de que caiga un mensaje en tu celular, que alguien te llame y te diga que te quiere ver, que está pensando en vos.
- Amigo, tengo una cama para vender –le digo desde el balcón al chico de la camioneta. Mi voz está tan ronca que me da un poco de vergüenza. Ayer me fumé y tomé todo.
El pibe, desde la vereda, me mira con las manos dentro de los bolsillos de su campera.
- ¿Querés subir a verla?
Me dice que si con la cabeza.
- Bajo a abrirte.
Abro la puerta de entrada. El pibe, de unos veinticinco años, morocho, pelo negro duro y cortito, pide permiso y pasa al palier. Tiene puesto un jogging de gimnasia –las manos en los bolsillos-, zapatillas Adidas y una campera cerrada hasta el cuello de la misma marca. Estornuda tres veces seguidas pero como se tapa con la mano no se escucha otra cosa que un sonido cerrado y agudo. “Salud”, le digo. Baja la cabeza en señal de agradecimiento.
Subiendo al primer piso, él dos escalones más arriba, le pregunto:
- ¿Es una grabación lo que sale por los altoparlantes?
- No, soy yo – me contesta, sin darse vuelta, con cierto aire de orgullo. Está agitado, sube con esfuerzo y sus pasos son lentos y pesados. Vuelve a estornudar con la mano apretándose la nariz.
Llegamos al primer piso. Se acomoda contra la pared y me deja pasar. Abro la puerta del departamento, pide permiso de nuevo y se queda parado en el pasillito, dentro de la casa. Lo llevo hasta la pieza. La cama está contra la pared. Vuelve a pedir permiso, da dos o tres pasos hasta la cama, la mira, la toca, se agacha, la revisa de punta a punta.
- Treinta pesos –dice una vez que se pone de pie.
- Tengo también estas dos sillas – y se las marco, debajo de la ventana. Necesito el espacio. No me importa la plata. Quiero hacer lugar para mi hijo.
- Cuarenta pesos por todo.
- Bueno, dale.
Ayer a la noche, cuando llegué, con todo el balurdo de la mina en la cabeza, me senté a escribir. Estuve cuarenta minutos frente a la computadora y no se me cayó una sola idea. El déficit, como me viene pasando desde hace un tiempo, estuvo en la trama, en la historia, en la carne del texto. Como si ya estuviese dicho todo lo que tengo para decir. Deletreé en el teclado, borré, volví a empezar, armé un párrafo, lo releí, cerré sin salvar. Apagué todo y me fui a acostar. Quise leer pero tampoco pude. Entre el mareo del alcohol y la amargura en el pecho por la falsa sensación de abandono, no pude leer más de dos hojas.
- ¿De donde son, che? – le pregunto al pibe en el comedor. Los rayo del sol atraviesan la ventana y las partículas de polvo que flotan en el aire me hacen acordar al cine, cuando se apaga la luz y a través del proyector se pueden apreciar una sabana de puntos blancos que flotan en el aire. La cortina blanca de mi abuela, después de pasar por el laverrap, aplaca el paso de la luz.
- De Lomas de Zamora.
- ¿Están laburando bien?
- Si, pero no doy más. Mi suegro, el que maneja –y marca con el brazo para la calle-, pesa trescientos kilos. No puede ni subir la escalera.
La pava de mate chifla en la cocina. Voy y apago la hornalla. Escucho que el pibe vuelve a estornudar. Cuando vuelvo, le pregunto:
- ¿Alergia al cambio de clima?
- No. Tengo un resfrío de la concha de su madre – y saca un pañuelo de papel del bolsillo de la campera con el que se limpia la nariz.
- Está jodido este invierno –digo yo.
- Che, te compro otras dos sillas – dice, volviendo a lo nuestro. Alrededor de la mesa hay cuatro sillas iguales a las dos que le acabo de vender a diez pesos cada una-. Así armo un juego de cuatro -aclara.
- Cien pesos –propongo sin pensar.
- Es mucho cien pesos, pá –se queja.
Miro las sillas, la mesa. Pienso en cuando venga alguien a mi casa. No creo que invite a más de una o dos personas a la vez. Me da un poco de vergüenza vivir en la casa de mi abuela.
- No puedo, amigo, me quedo sin sillas.
- ¿Y el sofá? –me lo marca, a un costado -. Te doy por todo, ciento cuarenta pesos –ofrece, y se envuelve la nariz con el pañuelito de papel. Se suena.
- No puedo, che, me quedo sin nada.
Nos quedamos callados. Por la calle pasa un camión que mete un ruido infernal durante tres o cuatro segundos. Cuando baja el quilombo, el pibe me dice:
- Hagamos así. Te dejo mi teléfono –me dibuja en el aire un papel y una birome -. Si las llegas a querer vender, me avisas.
Afirmo con la cabeza, busco entre las cosas que hay en la mesa, le alcanzo los dos elementos, se agacha sobre la mesa y escribe. Se endereza. Me pasa el papel. El número es de la zona sur de la provincia de Buenos Aires.
Van a hacer quince días que estoy en la casa de mi abuela. En un principio, el núcleo duro de la familia había descartado que yo viva acá. ¿Por qué no te buscas un lugar propio? ¿Qué vas a hacer en la casa la abuela? Aparte podés pagartelo, no es que estás en bolas. Y era verdad. Pero yo lo que necesitaba era un espacio donde estar sólo, vivir mi separación, darme la cabeza contra la pared, gritar, llorar, saltar de la alegría, no sé, pero ya no en lo de mi hermano, lugar al que me fui a parar a manera de puente, con él haciendo de soporte, de sostén, sino un lugar mío, de cero, sin televisión, con la heladera vacía, el depósito del baño roto, la computadora, una biblioteca con los libros que tenía guardado en un placard, los tiempos para poder escribir; encausarme, hacer aparecer el deseo, escondido y apagado hacía rato. Cuando salí a buscar algo para alquilar me encontré con una realidad muy cruda, a nivel guita pero también a nivel personal, afectivo. Me decidí por lo de mi abuela, para cuidar mis gastos y por si me arrepiento y quiero volver a mi casa.
El pibe se carga parte de la cama sobre el hombro, yo agarro las dos sillas, y bajamos. Cuando abro la puerta de calle, el suegro, efectivamente un tipo bastante gordo, con la cara tajeada por el frío y el trabajo, con la mirada cansada, ojeroso, vestido con un pulóver de lana muy grueso de color verde y la barba crecida, hace lugar y me deja pasar. Vuelvo a entrar, el pibe me sigue, subimos al departamento y volvemos a bajar con lo que queda de la cama.
En la calle, el gordo, subido a la caja de la chata, hace lugar para la cama de la abuela. Baja, pesado.
- ¿Ya está? –le pregunta al yerno.
- Listo –confirma el otro, acalorado. Se baja el cierre de la campera. El sol nos da de lleno en la cara.
- ¿No me vendes otras dos sillas para completar el juego? –la voz del hombre es rasposa y el tono es poco agradable. No se le mueve un solo músculo de la cara bofa.
- No puedo, viejo.
Se me acerca el pibe con los dos billetes de veinte pesos en la mano. Los ordena de manera tal que queden del mismo lado, los pone contra la luz del sol, uno, dos segundos, y me los pasa. Yo también los pongo contra la luz del sol. El rojo del billete se pone naranja. Me los guardo en el bolsillo de atrás del pantalón.
El suegro está subido a la caja de nuevo. El pibe le pasa las partes de la cama primero y después las dos sillas. El gordo acomoda la cama y las sillas entre un lavarropas, otra cama parada de costado, una biblioteca de hierro, una cómoda, una alfombra enrollada y un televisor.
Aparece un chico de un departamento de al lado. Viene con una puerta. La apoya contra un árbol. El gordo baja con dificultad, se acerca hasta la puerta –despintada, sin picaporte, de madera blanda -, mira al chico, y le dice:
- Esto no sirve para nada.
El chico me mira, levanta los hombros, las cejas. El gordo se mete en la camioneta.
- Acordarte, si querés venderme las sillas, o el sofá, me llamas y me doy una vuelta –me recuerda el pibe de jogging.
- Dale.
Nos damos la mano, el pibe da la vuelta, del lado de la calle, abre la puerta, se sienta y cierra de un portazo. Ni bien el gordo pone en marcha la chata veo que el pibe estornuda de vuelta y le pega un golpe al techo de la cabina.
Saludo a mi vecino, el de la puerta y subo a mi casa nueva. Entro, agarro la escoba, la pala, voy hasta la pieza y barro las astillas de madera, el polvo. Voy hasta la cocina, me preparo un té, me lo llevo al comedor y me siento frente a la pc. La prendo y abro el Word.
Espero tener un poco más de inspiración que ayer. La necesito.
MAD – Julio del 2007
About this entry
You’re currently reading “Regalado,” an entry on Los hermanos Dios
- Published:
- 8.31.07 / 9pm
- Category:
- Textos Mariano
- Tags:
2 Comments
Jump to comment form | comments rss [?] | trackback uri [?]