Con el rosario en la boca
El rengo se pone una de las zapatillas Nike, después la otra, se arremanga los pantalones Adidas hasta debajo de las rodillas, se estira sobre la cama y agarra la remera de San Miguel de un bulto de ropa que está amontonada al lado de la almohada. Va hasta el ropero, lo abre, saca la gorra blanca de Chevrolet, se la calza con la visera mirando para atrás, se mira en el espejo de la puerta, se besa el rosario que le cuelga del pecho y sale de la pieza dando un portazo. Va hasta la habitación de la madre, asoma la cabeza y le dice que sale, que no sabe a qué hora vuelve.
Sentado en el suelo, con la espalda contra la pared de la casa de al lado, el flaco Bilos –en el barrio lo bautizaron así porque es igual al ex jugador de Boca-, lo espera con una caja de vino en la mano.
- ¿Todo bien? –el flaco levanta la cabeza, lo mira de costado.
- Ahí estamos.
Bilos tiene las patas estiradas sobre el cemento, las zapatillas rozando un charco de agua sucia, el sol sobre la cara, anteojos negros para el sol cubriéndole los ojos:
- ¿Dormiste? –pregunta. Levanta del suelo una piedra, le apunta a una botella de plástico, le tira, acierta: pin.
- Muy poco – el Rengo mira para los costados, se frota los ojos.
- Es atrás del Correo la movida, ¿no?
El rengo asiente con la cabeza y estira el brazo para que Bilos le pase el vino.
Son las doce del mediodía, hace calor y hay mosquitos por todos lados. En la cuadra hay bastante movimiento: los paraguayos de la esquina levantan la pared del segundo piso de su casa, colgados, a los gritos, en cuero, cinco o seis guachitos corren detrás e una pelota, se empujan, se caen, gritan, pasa un chango en bicicleta, una mano en el manubrio y la otra sosteniendo el cuadro de aluminio de una ventana, suenan dos o tres radios a todo volumen.
- El Mono ese no será tan puto de no venir, ¿no? – dice Bilos. Flexiona las piernas y pone los brazos sobre las rodillas, pone la cabeza contra la pared, se acomoda los anteojos, cierra los ojos.
- Viene porque sino el padre lo trae de los pelos -dice el rengo. Busca fuego en los bolsillos de su jogging -, convidáme un cigarro – dice con los fósforos en la mano, se mata un mosquito que tiene en el tobillo derecho.
Bilos apoya un brazo en el suelo y se para. Mete la mano en el bolsillo de atrás del jean y saca un Philips Morris 10 todo aplastado. Agarra un cigarro, lo arregla un poco con los dedos y se lo pasa. El rengo se lo pone en la boca y lo prende.
- ¿Vamos?
- Vamos.
La calle de tierra es un barrial porque ayer, sábado, llovió todo el día. La pelota de cuero de los pibitos cae sobre un charco y el plaf del agua y el barro saltan para los cuatro costados: se cagan de la risa. Tres o cuatro árboles, por lado de la calle, dan un poco de sombra y casi todas las casas de la cuadra tienen las puertas abiertas para que corra el aire fresco.
Bilos camina a la derecha del rengo, a paso lento, trancadas largas, anunciadas, se cuida de no pisar el barro. El rengo no le presta atención a los charcos y cuando pisa con su pierna más corta se le levanta varios centímetros la cadera. Se le tuerce el cuerpo como si adentro tuviese una prensa hidráulica que le empuja la cintura hacia arriba pero mantiene un ritmo, una constancia. Cualquiera que lo ve venir, y no lo conoce, apostaría plata a que no aguanta más de cien metros sin tener que parar para recuperar energía. Falso: le sobra energía al rengo, como dijo Paquito, un pibe del barrio, una noche de asado y escabio hasta morir, fibra de la mejor, un tipo que antes de que la policía le pusiese esos dos corchazos que lo marcarían de por vida, ya se había ganado el respeto de todo el barrio, los decentes y los no tanto. Amigos de verdad tiene dos o tres, el resto se le acerca por conveniencia, o miedo. Y si hay algo que lo pone de la cabeza al rengo es que le tengan compasión.
- Me llamaron los pibes del cyber. Tipo doce y media van a andar por allá –Bilos tira el cuello para atrás y toma un trago de la caja de vino.
El rengo pita su cigarro como si fuese una tuca: el dedo gordo y el anular apretando el filtro. Tiene la camiseta de San Miguel colgada en uno de los hombros. Camina en silencio, mirando para adelante: es flaco, fibroso, de piel oscura, los ojos chiquitos y negros. En los brazos tiene tajos y dibujos de tinta china, usa el pelo largo, lacio, y lo lleva atado con una gomita verde y blanca. El rosario le tambalea para los costados y cada dos por tres se lo lleva a la boca.
Llegan a la esquina, saludan a los paraguayos, y doblan a la derecha. Un Renault 12 destartalado dobla y se hunde en los pozos, le saca espuma marrón al agua, parece que se desarma, sigue su ruta: deja humo negro y olor a nafta.
-Tony, locuuuuura… –dice, canta, festeja, gesticula, uno que pasa por enfrente: levanta el brazo, sonríe.
- Horacio… –saluda el rengo, inexpresivo, y le da una de las últimas pitadas al cigarrillo.
Bilos desprende una ramita de un árbol:
- ¿Cómo te sentís, loco? –pregunta.
- Para atrás – el rengo toma un trago de vino -, estoy comiendo mal y me duele la cabeza hace una semana.
- ¿No querés que la dejemos para otro día?
- Ni ahí – el rengo apoya una mano en el tronco lleno de cal de un árbol, salta en una pata, no logra zafar del charco de barro, y sigue.
Al flaco le suena el celular: Hola, si, asiente con la cabeza, corta:
- Ya están allá.
Bilos se da un manotazo en el brazo: hijo de puta, se limpia la mancha de sangre, se distrae y mete la pata en el charco: la concha de su madre. Se limpia la zapatilla con un diario sucio, la mano la pasa por el pasto.
Algunos metros más adelante, de la mano de enfrente, está el taller del Colorado: la persiana levantada, un par de almanaques en las paredes del local, dos autos estacionados de cola, al fondo un baldío lleno de auto partes. Sobre la tierra, entre algunos bordes de pasto quemado y aceite quemado, en la puerta, hay un Chevrolet 400 de color anaranjado con el capó abierto. Los pibes cruzan. El Colo deja una llave francesa sobre el motor:
- ¿Que haces, Tony? – le da un beso. También a Bilos – ¿todo bien?
El rengo espanta, con la remera de San Miguel, una pequeña nube de mosquitos, bzzz, bzzz.
- Todo tranquilo – dice, y le ofrece la caja de vino.
El Colo dice que no con la mano. Está engrasado de pies a cabeza, los borcegos llenos de barro, un pucho en la boca, los dientes amarillos:
- Yo a punto de terminar con esta bestia – y apunta la pera hacia el chivo.
- Que fierro, loco –Bilos se agacha, hace una carpa con las manos, mira por la ventana.
- Es del hijo del Tano. Lo pegó la semana pasada por el diario – el Colo le pega una pitada al cigarro y lo tira a un charco -, increíble, ¿no?
- Yo algún día voy a pegar un Torino – Bilos tiene la ramita en la boca, sonríe.
- Y me lo traes a mí para que te lo deje a punto, papá – dice, convencido, el Colo.
Pasan al trote dos perros: el primero largo, flaco, sucio, y el segundo más petacón, con las orejas muy largas y un pedazo de carne viva en el lomo. El largo lleva una cotorra en la boca: un trofeo de plumas verdes.
- Vamos –ordena el rengo, y le golpea el brazo a Bilos.
- Aguanta un toque, loco –se queja el Colo, los brazos abiertos, la mirada amistosa.
- Nos vemos después – el rengo le da un beso al Colo, adelanta la pierna izquierda, tuerce el cuerpo y sale.
- Nos vemos, Colo.
El flaco descarta la ramita que lleva en la boca, toma un último trago de vino y la caja termina sobre un montículo de basura de la que sale una columna de humo negro: el fuego, casi extinguido, larga olor a podrido. Suben al sendero que hay al costado de la calle y enfilan para la esquina. Pasan corriendo, a los gritos, en cuero, los pibes de la pelota: barro en el pelo, la espalda, la parte de atrás de los pantaloncitos, los gemelos, las zapatillas.
- ¿Cómo anda tu vieja? – pregunta el flaco.
- Mal, loco, ya ni se levanta de la cama – el rengo se cambia de lado la camiseta y se la cuelga del otro hombro. Se lleva el rosario a la boca. Mira para adelante: - no quiere más, la gorda- lamenta, la cara rígida.
- Si necesitas algo, avisame – dice el flaco, a los dos segundos. Le busca el perfil a su amigo, el otro camina con la mirada sostenida en el frente.
Llegan a la esquina, doblan a la izquierda. La calle es asfaltada, tiene un montón de líneas de alquitrán que serpentean de lado a lado. El edificio del Correo Argentino está dos cuadras más adelante. El cielo celeste, al fondo, está lleno de nubes blancas que parecen montañas, o la cordillera entera, muy grandes, condensadas. Unos pibes que están tomando cerveza en la puerta del almacén de los Peralta, dejan de reírse de lo que se estaban riendo hasta hacía dos segundos.
- Aguante, Tony –le dice uno, y levanta la botella de cerveza en el aire.
El Tony saluda con la mano. Renguea, camina a paso firme, la cabeza levantada, el rosario en la boca.
En las puertas de las casas, cada cinco, diez metros, dentro de los cestos de madera, sobre el pasto, contra el cordón, hay bolsas de basura de todos los colores. Los mosquitos revolotean sobre los pocos mandarineros que hay la cuadra. Hay tres autos estacionados y los rayos del sol rebotan contra los limpiaparabrisas. De alguna de las casas sale olor a churrasco.
- Ayer salí con la Mariela –el flaco Bilos, estira sus brazos, se acomoda el pelo, tuerce el cuello para un lado y para el otro.
- ¿Bien? –el rengo tiene la mirada fija en el Correo.
- Si, una grosa la pendeja.
- Cuidála, papá –ahora si le devuelve la mirada a su amigo: - haceme caso, loco, si te gusta, cuidála.
El Correo Argentino está cerrado. El vigilador privado está afuera de la garita, camina unos metros para allá, se da vuelta, y vuelve: las manos detrás de la cintura, pantalón celeste opaco y camisa blanca, corbata y gorra negra, el bastón colgado del cinto, la estrella dorada de sheriff en la camisa.
El edificio es enorme, de dos pisos, puro cemento y ventanales azulados, la ancha entrada para los camiones, del otro lado el patio central, vacío, soleado. Sobre las rejas negras de hierro fundido de más de dos metros de altura que separan el edificio de la calle hay algunos jilgueros y loros: pio, pio. Un tipo se aleja con una nena de la mano por el medio de la calle. A lo lejos se ve un colectivo.
Bordean el edificio, más ventanales espejados, más rejas, ellos no hablan, un vecino relojea desde atrás de una cortina a medio abrir.
Detrás del Correo está la canchita de fútbol: piso de tierra, lagunas de agua en las áreas y en el medio campo, arcos de madera, varios álamos gigantes alineados al fondo. Hay un grupo de gente al costado: todos miran para la calle ni bien uno pega el aviso con un chiflido.
El Tony le da la mano a los pibes del cyber, uno por uno, en fila, como si fuese un jugador de fútbol saludando a los contrarios: plap, plap. Bilos va atrás suyo, lo imita. Un par de personas que están sentadas sobre un tronco viejo, se levantan, se acercan despacio, la mirada desentendida. Varios fuman, toman cerveza del pico y hay olor a marihuana. Se escucha una risa, dispersa, solitaria, pero no mucho más. Silencio. Llega el sonido de una radio.
El Mono es grandote, algo pasado de peso. Está estacado a la tierra y tuerce el cuello de un lado a otro como los boxeadores. Tiene piel blanca, el pelo oscuro, enrulado, barba candado. Quiere disimularlo pero no le sale: le tiembla el labio inferior de la boca. Se suena los huesos de los dedos.
- Esto es simple, muchachos –dice el padre del Mono, ni bien los tiene a un metro de distancia, lo mira primero al Rengo y después a su hijo -: se dan hasta que uno de los dos tire la toalla. Lo único que no está permitido es morderse o pegarse en los huevos.
El padre del Mono es flaco, alto, le baila la ropa, pelo cortito, morocho, bigote, la mirada de quien está acostumbrado a manejar situaciones, manos grandotas, una remera lisa metida dentro del jean.
La gente arma un círculo. El sol rebota contra los espejos de agua de la cancha, las nubes dan sombra, vuelve a aparecer el sol. Una brisa caliente revolotea las copas de los álamos del fondo.
- A ver, Tony –ordena el padre del Mono: se agacha, lo palpa de armas. El Tony mira por encima de los árboles: una avioneta deja una en el cielo celeste una línea gruesa, brumosa.
- Ahora te toca a vos – le dice el flaco Bilos cuando el padre del Mono termina con el Tony. Se agacha y lo revisa. Termina, da dos pasos y se agacha frente al padre:
- ¿Qué tocas, atrevido? –el padre se saca de encima el brazo de Bilos.
- Vos más que nadie podes estar enfierrado, hermano –salta el flaco: el Tony no abre la boca, el Mono tampoco, los dos están mirando la escena-, no tenés puesto el uniforme pero te conocemos todos – dice Bilos, y se le planta: son igual de altos.
Un canoso, cuarentón, petiso, da un paso para adelante, le agarra el brazo al padre, el otro está duro, tenso, el pelado presiona el brazo de nuevo, y lo convence: el padre del Mono abre los brazos, baja la cabeza, concede. El canoso vuelve a su lugar caminando de espaldas, atento. El flaco se agacha -no le saca la vista en encima al padre del Mono-, le palpa las piernas -se incorpora un poco-, la cintura -casi del todo-, debajo de los sobacos -del todo-, la nuca.
- Vos armaste todo este bardo, papá – le hace acordar Bilos.
- Ustedes lo apretaron a él –y señala con la pera hacia donde está el Mono – en mi época los problemas se arreglaban así: con un mano a mano.
- ¿Y a qué te pensás que vinimos? –dice Bilos.
La gente, los pibes, las camisetas de fútbol, no dicen nada, esperan, fuman.
- ¿Listo? –el padre del Mono se corre hacia atrás, habla fuerte.
Bilos concede con un gesto irónico, burlón, la pera estirada, los ojos bien abiertos, y vuelve a su lugar.
En la esquina, una camioneta de la Bonaerense avanza silenciosa: da una pequeña vuelta y estaciona de culata sobre un montículo de tierra. Los dos agentes se quedan sentados en sus lugares, la nuca contra el apoya cabezas, uno con la vista puesta en la canchita, el otro en la revista Hombres que abrió sobre el volante.
Bilos le agarra el brazo al Tony:
- Si se complica salto… –la boca pegada a la oreja, la vista puesta en el Mono.
- Si se complica cobro, no va a ser la primera vez –el rengo se pone la remera de San Miguel, se ata el pelo, le da dos o tres vueltas a la gomita verde y blanca.
El Mono sigue estacado al suelo. Le baila el labio. El padre le pega un golpe en la nuca, de compinche, le dice que se despierte, que salga a matar, que se coma crudo al rengo.
El Tony se pone en guardia, mueve los hombros, se adelanta uno o dos pasos en dirección al Mono. El Mono tiene la guardia baja, los puños siempre cerrados, la boca fruncida, la respiración agitada. El Tony avanza, renguea, mete la cabeza entre los brazos, los dos ojitos de alquitrán concentrados, vivos, alertas. El Mono avanza, tímido, y tira una patada desordenada, anunciada, de iniciado. El rengo la esquiva y le agarra la pata en el aire: “¡bien, nene!”, grita uno, la remera amarilla de la selección de Brasil. El rengo le sostiene la pata en el aire unos segundos, lo obliga a dar saltitos con la pierna de apoyo: lo va a hacer caer. El rengo da un paso, se le levanta la cadera, la mano aprieta el pantalón del Mono, toma impulso con el otro brazo y le pone una mano en el medio de la jeta. El Mono se cubre como puede pero antes de que pueda pestañar se come dos manos más, cortitas, certeras. Caen al suelo. Los pibes del cyber se corren un metro para atrás: “Rompelo todo, Tony”, le grita uno, la remera de Boca agachado, un pucho en la boca, “dale en la trompa, rengo”. El padre del Mono, la cara tensa, los dientes apretados, le dice algo al oído al canoso que no se mueve de su lado, se mete las manos dentro de los bolsillos, las saca, las cierra, las abre: “paráte, zafá del suelo”, le grita, avanzando. El Mono está boca abajo contra la tierra mojada, come barro, se cubre la cabeza. El Tony se para y le patea las costillas con su pierna sana, una, dos veces. El otro intenta frenar los golpes con los brazos.
“Levantate, vigilante”, dice el Tony, y camina de espaldas hacia el medio del ring, la respiración controlada. El Mono se levanta. Tiene la boca partida, el chocolate que le sale de los labios cae al suelo, tiene los ojos llorosos: furia y miedo. “Dale, viejo, ¡¿cómo puede ser que te faje un rengo?!”, el padre enloquece en cualquier momento. El rengo levanta la guardia, le dice vení, ayer te hacías el valiente, vení ahora, cobani, gatillo fácil. El Mono sale disparado como un toro y le tira todo el acoplado encima. El rengo no llega a hacerse a un costado y termina abajo de un gorila enceguecido, que grita, que tira trompadas con los ojos cerrados, al que le caen de la boca hilos de baba y sangre. El círculo se dispersa, los chicos y grandes se amontonan, unos les impiden el paso a los otros con los brazos, miradas amenazantes, alguna apurada. El rengo se cubre como puede y aguanta la embestida durante casi un minuto. El flaco Bilos se acerca agachado, se mueve como un cangrejo, sigiloso, se queda cerca, y el padre del Mono no le pierde el rastro ni un segundo: “¡Matálo, Mono, matálo!”. Cuando el Mono se afloja un segundo para tomar aire, el Tony, una víbora escurridiza, del monte, del barrio, ágil, elástica, pendenciera, zafa de los ochenta kilos que tiene encima y desde el suelo, sin haberse parado, le encaja una patada con la suela de la Nike de su pierna sana en la cabeza. El Mono se pone de rodillas, tambalea, tonto, los ojos en blanco, y antes de que pueda despabilarse lo tiene al Tony colgado del cuello, haciéndolo caer, boca arriba, la nuca contra el barro, la mano aplastándole la nariz. El Mono se defiende con los brazos, se quiere sacar al enemigo de encima. El rengo se le acomoda encima del pecho, le pisa uno de los brazos con la pierna defectuosa, lo mide y le pone una ñapi, de frente, de arriba hacia abajo, que le rompe la nariz: el chocolate salta para todos lados y el grito de dolor del Mono le arruga la cara a varios de los pibes. El Mono le pide que pare, grita, llora, implora: compasión. El Tony le desfigura la cara: pum, pam, pim, cada vez más preciso, y convencido.
El canoso saca de la parte de atrás de la cintura una pistola 9 milímetros y la pone en la mano del padre del Mono. Casi nadie se percata de la jugada. Sólo Bilos. El padre del Mono avanza decidido hacia el Tony, el fierro pegado a la pierna. Están todos a los gritos, se está por armar el todos contra todos.
- ¡¿Qué hacés, puto?! –se le va encima Bilos, largo, desencajado.
Uno de los pibes del cyber se agacha y, de abajo del pantalón, a la altura del tobillo, saca un fierro. Se pone de pie, da dos pasos y apunta.
- ¡Qué hago qué, la concha de tu madre! – ¡plum!
Después de la primera estampida suenan cuatro o cinco corchazos más, secos, potentes, rabiosos: una bandada de pájaros sale disparada desde las ramas de los álamos; los pibes también, los grandes, todos, unos para allá, otros para el otro lado, algunos se tiran al piso, se cubren la cabeza. La canchita se llena de olor a pólvora
Los dos policías bajan de la camioneta, corren, trastabillan, casi se caen, una mano sobre la gorra, desenfundan, gritan alto, apuntan para todos lados. Flota en el aire el polvo de la cancha, los charcos de agua inquietos, los mosquitos revoloteando, hay varios cuerpos tirados en el piso, sangre, quejas de dolor.
Uno de los dos policías mira la escena pero sigue corriendo: va atrás de un hombre canoso que en la huida tira un fierro atrás de unos yuyos, entre unos arbustos. El otro policía frena, no sabe por quien empezar, está agitado. Se agacha y revisa los cuerpos, chequea que ninguno esté armado, toca a uno, después a otro, les pone dos dedos en la yugular, mira para los cuatro costados: los árboles, la calle, el edificio del Correo. Por handy, dice:
- Atención Comando: enfrentamiento armado en riña en la vía pública. Dos masculinos muertos, dos heridos, uno de ellos grave.
Uno de los que están tirados a su costado levanta la cabeza: tiene un tiro en el estómago, la remera de San Miguel completamente llena de sangre, la gorra de Chevrolet en la mano, un rosario en la boca.
- Atrás del Correo Argentino, comando, envíen dos ambulancias de manera urgente: repito, de manera urgente.
MAD – 15/11/2007
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- 11.24.07 / 3am
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- Textos Mariano
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