La edad del pavo

El viernes pasado a la mañana, bien temprano, antes de ir a trabajar, pasé por una estación de servicio, llené el tanque, revisé el aceite, el agua y el líquido de freno. Y también me fije si las luces andaban bien.

El sábado a la mañana, entonces, nos vinimos de vacaciones con mi hijo. Los dos solos. Una semana de febrero. Cumplí los 40 el 26 de diciembre, una mierda. Una mierda cumplir ese día hace 40 años y una mierda cumplir 40 años. Mi hijo cumple 13 el mes que viene, este año empieza el secundario y hace rato que arrancó con la edad del pavo: hace preguntas con respuestas obvias, se tropieza seguido, no sabe afeitarse, debe tener sus primeros pelos en el pito.

Estamos en Colón, en Entre Ríos, paramos en un hotel cerca del centro y cerca del río. Mañana sábado nos volvemos a Buenos Aires.

La habitación no es muy grande y tiene una sola cama, de dos plazas. Por la noche mi hijo se mueve mucho y murmura en sueños, yo lo empujo hacía el costado porque su cuerpo transpirado me molesta. Tenemos una tele 14 pulgadas en este cuarto y algunas noches cuando Lucas, mi hijo, se duerme, yo empiezo un zapping desesperado buscando una teta libre o por lo menos un escote. Algunas otras noches el que se queda dormido soy yo. Creo que a Lucas le gusta el básquet universitario de Estados Unidos.

Nunca habíamos venido a Colón. Es raro este lugar. Me gustó los primeros días pero después me amargué.

Toda la semana nos acompañó el sol. La gente está contenta por esa compañía, es el comentario general en la arena del Río Paraná. Apenas algunas nubes el jueves y hoy, pero siempre el sol. No cayó una gota en esta semana. Y el viento apareció en los momentos justos, a la caída del sol. A mi me hubiera gustado que algún día lloviera o que haga frío, para quedarme en el hotel mirando tele o jugando al play station con mi hijo. Quizás el también hubiera querido eso. Nos podríamos haber quedado en el cuartucho y el sol que nos espere afuera. Pero en este país parece que si sale el sol, uno también tiene que salir.

Hay algo que me da mucha bronca y es que el sol no caiga sobre el río. ¿Habrá sido eso lo que me amargó tanto? Argentina está mal parida. Para ver el mar o el río pegándose al sol, hay que levantarte a las cinco de la mañana y ver el amanecer. Si tenés una guitarra mejor. Pero yo no se tocar la guitarra y mis amigos, tampoco, nunca supieron, fuimos el único grupo de jóvenes de 20 en la Argentina que no hacía fogones en la playa, el fogón es para la guitarra, no es ni para el frío, ni para la oscuridad. Y a la mañana en mi única semana de vacaciones me gusta dormir, no ir a la playa. Entonces llega el atardecer y para tomar sol hay que darle la espalda al río (o al mar si estás en la costa atlántica). Y si querés perder la mirada en el horizonte el sol te mira de atrás y te sentís mal educado.

El día que llegamos, el sábado pasado, caminamos con Lucas como un kilómetro y medio a la hora que caía el sol (enfrente del río). Lucas se quejaba de tanta caminata:

-¿ A donde vas, pa?
- Quiero caminar un poco, hijo. Me gusta caminar por la playa-, le dije mientras recorría con mis ojos el cuerpo entero de todas las mujeres de más de 15 años que íbamos cruzando.
- ¿Desde cuándo te gusta caminar, pa?
- No sé.

Ese día no nos quedamos en la playa, ya era tarde. Al día siguiente, el domingo, nos levantamos cerca de las 11, desayunamos y nos fuimos al río. La playa estaba repleta. Domingo de febrero a pleno sol. Empecé a caminar otra vez por la orilla buscando el lugar para quedarnos. Al ver que no paraba, Lucas se quejó otra vez:

-¿A dónde vas papá?
- Estoy buscando un buen lugar.
-¿Qué es un buen lugar?
- No sé.

Al fin encontré algo parecido a lo que estaba buscando. Una señora de unos cuarenta y cinco años con unas tetas enormes. Era flaca, morocha, con la piel arrugada coherentemente, unos ojos que aguantaban algo de rencor y una boca de labios curtidos. Usaba el pelo recogido. Y su culo estaba algo gordo y caído, pero no afectaba en nada su inquietante belleza. Tenía una malla de cuerpo entero aunque le daba para una bikini. Esa malla le hacía un escote inolvidable y fue por ese escote que elegí sentarme ahí. Lucas resopló de forma exagerada y dijo: “al fin”. Tiramos las dos toallas en un mínimo espacio de arena que quedaba entre esta señora y una pareja de viejos que estaba a su derecha.

Me senté sobre la toalla marrón y miré el río, el sol me daba en la frente. Lucas se alejó hacía el lado de la costanera con la pelota y ahí donde casi termina la arena y empieza la rambla se puso a hacer jueguito. Yo miraba al río y pensaba en el escote, daba vuelta la cara, miraba el escote pero pensaba en Lucas, daba un poco más vuelta la cara, lo veía a Lucas y pensaba en Claudia, una novia.

Sentado en la toalla marrón, me olvide de las tetas y recordé mis viajes en avión, con destino a playas de mar, sin viento, con sol que cae en el horizonte, sin hijo, sin ex mujeres, sin novias. Hace más de 15 años. Todavía vivía con mi vieja. Y cogía en telos. Como me gustan los telos. Había un telo que iba siempre, en Urquiza, conocía al empleado que trabajaba los días de semana. Una vez, antes de salir de ese telo, le dije a mi acompañante que me espere en el auto y hablé con el empleado la posibilidad de que me deje una pieza para traer dos chicas. Me dijo que no se aceptaban esas condiciones en ese albergue pero que, de todas maneras, había criterios especiales para clientes especiales. Me sonrió y pensé que era el empleado del mes de Mc Donalds. A partir de entonces y durante varios meses, me obsesioné con la idea de llevar dos minas al telo, sin pagarles por supuesto, si eran putas no tenía gracia. Pero no hubo caso. Y me olvidé de esa idea.

Seguí con mis dedos tocando esa arena de segunda, la arena de Colon. Lucas se pasó todo el día haciendo jueguito con la pelota.

En los días siguientes no volvimos a encontrar a la tetona, aunque la busqué. Lucas llegó a hacer 150 jueguitos sin que se caiga la pelota, un record.

Ayer a la noche noté a mi hijo algo inquieto, como preparándose para algo. No le dije nada. Habíamos pedido milanesas con puré a un delivery que tenía el número en una revistita del hotel. La revistita, en blanco y negro, es pequeña como un cuaderno Gloria y la impresión es de pésima calidad. Prendí la tele. Pasó un minuto y escuché:

- Pá.

Di vuelta la cara y justo sonó el timbre. Atendió Lucas, dijo gracias, cortó y bajó al lobby del hotel a buscar la comida. Puse la mesa. Lucas volvió con la comida y se sentó, callado. Había un partido de fútbol en la tele y algunos mosquitos revoloteaban por la mesa. No me interesaba ese partido. Mientras Lucas se rascaba los muslos con las dos manos pensé que si tenía un tema dándole vueltas en su cabeza, y no lo largaba, debía ser un tema complicado, y me dio temor no saber afrontarlo.

Terminó el primer tiempo y nosotros terminamos de comer. Había helado en el mini freezer de la mini cocina, y lo serví. Me puse a hojear la revista del hotel, leía sin prestar atención, cuando escuché a mi hijo otra vez:

- Pá.
- Si hijo, decime- lo miré intentando ser cariñoso.
- ¿Te acordás ese día que caminamos bastante por la playa y nos sentamos en ese espacio chiquito de arena que vos elegiste y que había una señora mas o menos de tu edad al lado nuestro?
- ¿Qué día? – sabia perfectamente a que situación se refería pero ya estaba incómodo con el diálogo y quería postergar la respuesta intentando encontrar argumentos para defenderme. Me empezaba a sentir un miserable.
- El segundo día creo que fue, el primero que nos quedamos en la playa.
- Si, ahora me acuerdo – no tenia ganas de seguir hablando- ¿que pasa?
- Viste esa señora que te digo – me miró y su cara expresaba una mezcla de picardía y vergüenza-, dale, no te hagas el boludo, seguro que la viste porque era súper tetona.

Sentí mucha vergüenza. Le dije que me espere un minuto que tenia que ir al baño y que cuando volviera me siguiera contando. No estaba listo para afrontar que un pendejo de 12 años me diga que yo era un pajero. No quería estar donde estaba.

En el baño demoré unos segundos, tiré la cadena para disimular un meo inexistente, estaba transpirando y me mojé la cara. Me encontré en el espejo y me rechacé.

Salí del baño y volví con Lucas:

- ¿Qué pasa?- me hice el boludo.
- Me pasó algo raro, en verdad no sé si es raro, -se volvió a rascar los muslos y bajó la cabeza- sé que es algo normal.
- Contame
-Pá, ese día no pude parar de mirar a esa señora, ella me miró varias veces y me sonreía.

Hizo una pausa para ver si yo contestaba. Al ver que yo le prestaba atención pero que mi boca no se abría, continuó:

- Yo quería ir a ese lugar todos los días, quería verla otra vez, no se si fue a propósito, pero todos los días nos quedábamos por el mismo lugar, cerca de donde nos quedamos aquella vez. ¿No te diste cuenta que no me quejé más los días siguientes cuando empezábamos a caminar para ese lugar? Todas las mañanas quería que eligieras el mismo lugar y por suerte siempre ibas para allá. ¿Por qué ibas siempre al mismo lugar pá?
- No sé, supongo que soy un conservador, ¿sabes lo que es ser conservador? Ese día estuve cómodo, vos tenias lugar para jugar a la pelota, teníamos cerca ese bar onda mexicano, y preferí no arriesgar en otro lugar-. No se de donde me salieron estas palabras. No me creyó.
- Pensé en ella toda la semana y…
- ¿Y qué Lucas?- le pregunté amablemente.
- Hoy me levanté con el calzoncillo todo mojado y te juro que no me hice pis.

Hubo un silencio. Eterno.

- Eso se llama polución nocturna- le dije. Y me sentí un pelotudo.

Ahora estamos terminando de armar los bolsos y en un rato nos volvemos a Buenos Aires. Lucas guardó la revista del hotel porque tiene un crucigrama. Espero que en el viaje no me pregunte mucho porque nunca supe nada de crucigramas.

Ricardo Dios
2007


About this entry