Mediterránea
No la veía hacía seis años. Estaba un poquito más flaca, espigada, y tenía los brazos y las piernas tonificadas, bronceadas, como si las hubiese trabajado en un gimnasio. Me impresionó verla tan arreglada, con los labios pintados, un collar de piedras de colores bailándole sobre el escote, camisita de color salmón y pollera blanca, toda una secretaria del micro centro, sin medias, tacos, un andar sólido, seguro, muy femenino. Lo que no había cambiado ni un poco era su polenta: seguía intacta, avasallante. Nos pasamos los teléfonos y arreglamos para almorzar.
- ¿Cuando fue la última vez que nos vimos? – se vino de ejecutiva de nuevo, colores claros, todos al tono. Estamos frente a frente en una mesa pegada a la ventana.
- A ver, pará –dice, y arruga la cara, piensa, las pupilas de sus ojos claros se contraen, parecen de plomo, con el dedo índice se toca la nariz -, el primero de enero del 2002.
- ¿El día que asumió Duhalde?
- Si, no te acordás que en un momento fuimos al comedor a mirar la tele – dice, y toma un trago de Sprite.
- Tenés razón.
- Y yo me fui al día siguiente – con los dedos de la mano se acaricia los pelitos rubios del brazo, apoyado sobre la mesa -, cinco presidentes en diez días, coño, ¿dónde se ha visto?
- ¿Qué te decían allá cuando les contabas?
- No entendían – dice, y se corre el mechón de pelo rubio que le cae sobre la cara: en el cuello tiene tatuados un par símbolos, parecen incas, o mayas -, no les entra en la cabeza semejante cuadro institucional.
La confitería queda sobre la Diagonal Sur, justo en la esquina, frente al Cabildo, a metros de la Plaza de Mayo. “El baño es para uso exclusivo de los clientes”, avisa un cartel pegado en el vértice de la ventana. Son las dos de la tarde de un jueves.
- Qué van a entender los gallegos si ni siquiera nosotros podíamos hacer una lectura de todo lo que nos estaba pasando – está más rubia que antes, y los ¿treinta?, ¿treinta y uno? le quedan justos.
- Y en el medio de todo eso nuestro viaje –dice, como a la pasada. Sus pestañas negras son enormes: parecen los toldos de una tienda de ropa para mujer.
- Que limados, ¿no? –reflexiono.
- ¿Limados? –pone carita como de asco.
- Que bolados, digo, el país se venía abajo y vos y yo enroscados como dos nenes.
Le hago una seña al mozo para que nos traiga la carta. El diminuto piercing que tiene del lado izquierdo de la nariz, cuando mira hacia la calle, y me muestra su perfil, saca destellos de luz.
La conocí la semana que le siguió a esos dos días de furia que fueron el diecinueve y veinte de diciembre. En Colegiales, donde yo vivía, alguien imprimió unos folletos con dos o tres consignas, los pegaron en los semáforos y a la primera convocatoria fuimos casi doscientas personas. Nos juntamos en Lacroze y Zapiola.
El clima estaba enrarecido como nunca, la gente andaba sacada, irreconocible, verborragica: el pueblo unido jamás será vencido. Casi todos le habían pegado a las cacerolas desde el balcón, todos habían puteado a Cavallo y algunos habían cortado las calles y pedido por sus ahorros. La sensación generalizada era que nos podíamos llevar puesto a cualquiera, que el destino del país estaba en nuestras manos y ya no en la de los políticos, una figura desprestigiada, enemiga del ciudadano común que trabajaba y pagaba sus impuestos. En lo personal, y a pesar de que esos días caminé por el aire, tanta catarsis clase mediera me intranquilizaba.
- ¿Qué querés comer? –ella está atenta al menú, abierto de par en par sobre la mesa.
- Ésta ensalada – me señala con el dedo la Mediterránea: queso, palmitos, rúcula, aceitunas verdes y negras, salsa golf.
- ¿Todavía sos vegetariana? –tiene ojos levemente achinados, verdes, la boca grande, los labios gruesos. Está tostada por el sol.
- Todavía –dice. Me mira y se vuelve a reír. En lugar del collar de piedras del otro día, hoy se vino con una soga llena de semillas rojas y negras, muy sobria, de feria de buen nivel.
- Volviendo a aquel primero de enero del 2002, ¿tenías conciencia de lo que estabas haciendo o te mandaste de kamikaze que eras –que sos-?
- Ya lo venía pensando, no tenía demasiado para dejar acá, y cuando la mierda explotó para todos lados, pues me decidí.
- No fuiste la única.
- Ya sé, hombre –su tonadita gallega me resulta muy exótica.
Hacemos el pedido: una ensalada mediterránea, un bife a la romana, dos sprite –la de ella con limón-, y hielo.
- Y un poquito pan, ¿puede ser, buen hombre?
El mozo dice como no, señorita, y se aleja hacia la barra.
El diecinueve a la noche salimos a la calle con mis viejos y mis hermanos: prácticamente todo el barrio, incluidos aquellos y aquellas que nunca habían movido un dedo por nadie, ni por nada, participaba de un acontecimiento que, de mínima, era diferente, exuberante, nunca visto, y de máxima, histórico, nacional y popular. Cortamos Cabildo y Lacroze. Llegaba gente de los cuatro costados con retazos de sabanas pintadas a mano, banderas argentinas, silbatos, cacerolas, tachos de basura del gobierno de la ciudad: era como el mundial pero con una carga de bronca muy fuerte. Era emocionante la reacción de la gente, la piel de gallina con cada canto, la recepción con aplausos cuando aparecía un grupo de gente, vivas, gritos, confianza, poder. Al rato unas dos mil personas marchamos hasta la puerta del departamento de Videla y lo puteamos como una hora: increíble. Muchos y muchas pasaron por debajo del puente de Carranza hacia el lado de Plaza Italia: ahí se juntaban con los vecinos de Palermo y arrancaban para la Plaza de Mayo, sumando gente a medida que la columna avanzase por avenida Santa Fe.
Ya de madrugada, en casa, todavía en estado de ebullición, comiendo un par de salchichas frías que saqué de la heladera, vi por la televisión la represión en la plaza de mayo, los gases, las corridas, el fuego, la indignación.
Al otro día fui a trabajar: programaba para una empresa que estaba por la zona de Retiro, frente a las torres vidriadas de Movicom e Ibm. Mis compañeros y compañeras contaron la experiencia de la noche anterior: yo estuve acá, no sabés lo que fue por allá, en mi barrio salieron a la calle hasta los más conchetos, con mí mujer encarábamos para la plaza cuando tiraron los gases. La charla duró los diez minutos que tardamos en bajarnos la tacita de café de la maquina expendedora. Al rato cada uno sumergió la cabeza en su código fuente.
A las doce del mediodía no aguanté más y arranqué para la plaza.
- ¿Qué onda Barcelona? –Vanesa sonríe, como si guardase muchos secretos. Come su ensalada con mucha parsimonia: un dado de queso, una rodajita de palmito.
- Barcelona es maravillosa –vuelve a sonreír, suspira, infla el escote-, todo el mundo está en la suya, nadie te jode, el trabajo se corta a la seis de la tarde y a las siete están todos los bares llenos, hay arte en todos los rincones, hay mucha noche, y nos ves miseria.
- El problema de ellos es la inmigración –me mando un pedazo de bife que me obliga a masticar varios segundos sin poder abrir la boca.
- Si, principalmente los que llegan del África. También desde Sudamérica.
- ¿Dónde paraste los primeros meses?
- Estuve un mes exacto en lo de una prima de mamá y después me alquilé algo con dos colombianas.
Silencio.
Los dos a la vez, como en una coreografía, la nuca estirada para atrás, el codo en el aire, tomamos de nuestros vasos -el de ella con su rodaja de limón-: hubo un segundo en el nos cruzamos la mirada. Pusimos los vasos sobre la mesa y nos reímos.
El veinte hacía mucho calor, yo estaba con una camisa blanca de mangas largas. Cuando llegué a la plaza, una hilera de vallas de hierro negro fundido impedía el paso hacia la Casa de Gobierno. De un lado de las vallas, un ejercito de uniformados con los bastones cruzados en el pecho, del otro, en la zona de la pirámide de Mayo, dos mil personas, en su mayoría gente suelta, oficinistas que habían decidido, como yo, darse una vuelta, todavía calientes por los sucesos de la noche anterior. También había gente que se había venido desde su casa con escarapelas, banderitas argentinas, carteles escritos a mano, cacerolas, cucharas soperas gigantes. Había mucha bronca, se cantaba el himno, se puteaba a Ruckauf, a Duhalde, a Menem, a la corte suprema y a De La Rua: que se vayan todos.
En un momento, de la nada, porque si, por la Diagonal Sur, desde la casa Rosada, apareció un camión hidrante que enfiló decidido hacia la gente. El chorro de agua dispersó a muchos y a otros los dejó tirados sobre el pavimento. El ruido del motor del camión era infernal. Empezaron a volar las primeras piedras.
Corrí unos metros hacia la Avenida de Mayo, frené y me di vuelta. La gente estaba enfurecida, se acercaban al hidrante por atrás y lo cascoteaban hasta quedarse sin fuerza. Todos corrían de un lado para el otro, había gente grande, nenes. Un tipo que tenía una cruz de bronce del tamaño de una caja de naranjas se arrodilló sobre la calle y enfrentó al camión, otros lo acompañaron: resistieron la primera embestida de agua, pero en seguida apareció un grupo de policías de civil que se llevó a los manifestantes de los pelos. La gente les gritaba que se vayan a la concha de su madre, asesinos, ustedes son como nosotros, trabajadores, no repriman al pueblo. Un pelotón de la infantería se adelantó a paso firme y empezó con las balas de goma y las bombas de gases lacrimógenos: tiraron como diez en menos de un minuto. Parecía la guerra. Retrocedimos a las corridas, la gente se caía al suelo. Uno de los proyectiles cayó a mis pies y la nube de humo me cerró el pecho: corrí con los ojos cerrados, sin aire, los pulmones intoxicados. Pensé que no iba a resistir.
Encaré para el local político de unos conocidos, sobre la calle Venezuela. En el camino me paré a ver los televisores prendidos dentro de los bares, almacenes, casa de quiniela: la represión era feroz. En el local la temperatura ambiente era agobiante, todos a las corridas, a los gritos, algunos recién llegaban de la plaza con los ojos irritados, la presión baja, lastimaduras en las piernas y brazos: reinaba el temor y el desconcierto. Llegaban voces que hablaban de balas de plomo, heridos y hasta muertos. Me senté en el suelo, la espalda contra la pared, me mojé la cabeza, tomé agua, cerré los ojos unos minutos.
Cuando alguien entró gritando que les estaban pegando a las madres de Plaza de Mayo, fuimos todos hasta el bar de al lado. Las imágenes eran durísimas, los caballos, los rebenques, las viejas superadas, la paliza desmedida a la gente: no lo podíamos creer. Algunos comensales, parados al costado de la mesa, se agarraban la cabeza, como podía ser, hijos de mil puta, la puta que los parió.
Encaramos para la plaza. Los vecinos de San Telmo bajaban de los conventillos con el torso desnudo, la remera atada a la cabeza, algo en la mano para hacer ruido. Por la avenida Belgrano venían columnas enormes de gente. Miré mi reloj: eran más de las tres de la tarde. Entre el nudo en la garganta, pecho y panza por el cagazo, la obligación de volver al trabajo, decidí volver a la oficina –nunca me perdoné esa concesión-.
Los televisores mostraban a la policía llevándose de los pelos a la gente, apuntando al cuerpo, los tiros, la sangre, desesperación, la locura: una hora más tarde, todo el centro y micro centro de la ciudad sería un polvorín, un campo de batalla.
En la puerta de mi oficina, sobre la avenida L.N.Alem, me crucé con un cuerpo de la policía montada que enfilaba para la plaza de mayo: rígidos, armados, dispuestos a todo. En mi trabajo nadie estaba enterado de nada: al rato, haciendo un círculo en el medio de la oficina, el dueño de la empresa, sonriente, levantó la copa y deseó un buen 2002: feliz año para todos.
- ¿Seguís tocando la batería? – dice ella.
Vanesa se fue a España aquel primero de enero y nunca más supe de ella. Sólo una vez me llegó el dato por una conocida suya de que estaba viviendo en un playita perdida, cerca de Málaga.
Uno de los mozos sale a calle y baja el toldo de la confitería: la sombra se come al sol.
- Ya no me dedico a la música: cambié por la escritura.
- Que linda la literatura, joder, me alegro por ti – dice, y se manda las últimas hojitas de rúcula con el tenedor, los labios grasosos con aceite de oliva -, ¿y se te puede leer?
- Podes entrar a mi blog.
- Casi no uso la Internet –se disculpa-, sólo para cuestiones de trabajo: prefiero la presencia, el cara a cara.
- Muy bien.
Le hace una seña al mozo y le pide el menú:
-Tengo ganas de comer algo dulce –me confía, casi al oído, medio cuerpo sobre la mesa: colonia de verano, suave, fresco.
- El resto, que se yo –hablo rápido, de mi, mis pasos durante estos años que pasaron-, me casé en el 2003 y me separé en el 2004, de la relación quedó una nena que se llama Violeta –ella se enternece, sonríe -, va a una sala de tres –hago una pausa, limpio con un pedacito de pan francés mi plato pelado, ella me mira, espera que siga con mi relato, dejo entre mis dedos el pancito -, trabajo en la Secretaría de Desarrollo Social de Nación, hago terapia, y estoy militando.
- Qué energía, hombre, te felicito –tiene las manos sobre la mesa, juega con sus dedos llenos de anillos, algunos de verdad, otros tatuados -, cuando me fui estabas un poco más aplacado.
- Es cierto –asumo, y ahora sí me mando el pancito a la boca.
- Que bueno lo de la militancia –dice. Se agarra el mecho de pelo rubio y lo ajusta con una hebillita de nena, austera, de color plata.
- Si, es un buen momento para hacer cosas.
- ¿Muy diferente a la experiencia de la asamblea?
- Bastante.
Vanesa, el veinte de diciembre, encaró para la plaza después del mediodía, como la mayoría de la gente. No se aguantó un minuto más sentada en el comedor de la casa de la tía, se tomó un colectivo que la dejó en el Congreso. De ahí caminó por Avenida de Mayo en dirección a la Casa de Gobierno. Cuando desde adentro del HSBC que está en el cruce de la calle Chacabuco, dispararon impunemente contra los manifestantes, ella estaba ahí: no le pegaron de casualidad, pero a pocos metros de ella caía asesinado Gustavo Bennedeto, uno de los chicos que cayeron bajas las balas policiales esa tarde.
La conocí en la primera asamblea que se hizo en Lacroze y Zapiola. Ella estaba viviendo en el departamento de su tía, por ahí cerquita, y fue. Se armó una lista de oradores, de todo tipo y color: militantes de los setenta con caras y gestos de haber vuelto a nacer, chicos y chicas que provenían de organizaciones sociales y culturales, o bandas de rock, señoras que querían que les arreglen las calles, parejas jóvenes que venían a escuchar, a sacar conclusiones, y Vanesa.
Se acercó hasta el muchacho que armaba la lista de oradores, y se anotó. Fueron pasando de a uno, expusieron, arengaron, pensaron en voz alta. Algunos estuvieron más lúcidos que otros, tenían cancha, no era la primera vez que hablaban en público, otros, en cambio, salieron a decir algunas cosas impresentables, nada inclusivas, o estructurales, problemas de alumbrado y limpieza, ruidos molestos, que los yanquis se vayan de Afganistán. Cuando le tocó el turno a Vanesa, a penas agarró el micrófono y se dispuso a hablar, temí sentir vergüenza ajena, pero a medida que fue hablando, gesticulando, me enterneció. A los tres o cuatro minutos algunas personas la empezaron a retrucar, a bajarle línea: se armó tal cruce de opiniones a los gritos que hubo que hacer un parate: ella, en ningún momento se achicó ni cambió de idea. Era rubia, como ahora, y tenía puesto un vestidito negro, muy suelto, y sandalias de cuero: “tenemos que pensar en el futuro, en el medio ambiente, en la ecología, empezar a separar la basura, reciclar, darle trabajo a la gente, yo vengo de hacer algunos viajes y en muchos de esos lugares incorporaron la práctica con resultados muy positivos”.
Esa noche terminamos durmiendo juntos: fue un sueño, pegarle a esa mitológica posibilidad dentro de un millón. La encaré, le dije que me había gustado lo que había dicho, y al rato nos estábamos contando nuestras vidas en el umbral de una casa antigua, de techos altos, ya de noche. A partir de ahí, lo único que hice fue dejarme llevar: una mina con tal determinación y auto suficiencia que quedé dando vueltas como un trompo por varios meses.
Le suena el teléfono con una canción de los Beatles. Saca el juguete de la cartera, se lo lleva al oído, arruga la cara, de repente se da vuelta, mira hacia la calle, la ve parada en la esquina y le hace señas, exagerada, contenta.
- ¿Quién es? – una chica de rasgos orientales, me parece, menudita, con la cabeza rapada, un pantalón de tipo capri, remerita de tipo musculosa, hojotas.
- Una amiga –dice-, quedamos en vernos por acá.
La amiga de Vanesa entra a la confitería, el mozo la mira de arriba abajo, encara hacia la mesa, sonríe, me da un beso, Vanesa me presenta, se saludan entre ellas con un beso en la boca, se abrazan, se acarician la espalda, se vuelven a reír. La japonesa –me di cuenta por los ojos bien grandes, redondos, sus rasgos finos, su tono de voz pausado, su sonrisa tímida - toma asiento, frente a mí, pegada a Vanesa.
- La conocí acá –me cuenta Vanesa, mientras le acaricia el pelo –en el hostel de Palermo donde estoy parando.
- Che, y no me contaste que estás haciendo allá –tengo mucho calor, siento la transpiración de mis piernas, debajo del jean-, nada que ver con lo que hacías antes, supongo.
- Trabajo con una gente que tiene una web de turismo alternativo, aproveché que traíamos un contingente de europeos para Buenos Aires y me vine. No tengo a nadie aquí, pero la verdad es que extrañaba un poco el calor de la gente.
- ¿Y antes que hiciste?
- Estudié unos dos años, trabajé en algunos restaurantes y después encaré un emprendimiento propio de preparación de comidas con harina integral, a domicilio
- Bárbaro, ¿no?
- La verdad que si, no me puedo quejar.
Pequeño silencio.
- ¿Cómo está la situación, aquí, en la Argentina? –dice la japonesa, en un perfecto español.
- Mucho mejor que antes.
- Si, algo nos han contado.
- Cuando tu amiga se las tomó esto era el infierno.
- Muy mal no me fue –dice Vanesa, y le da un pico a su amiga, se ríen.
- Ya veo.
Al rato el mozo nos trae la cuenta, Vanesa dice que paga ella, ni siquiera permite que saque mi billetera, nos levantamos, me tomo el culo de sprite que queda en mi vaso, saludamos al mozo, adios, hasta la próxima, y salimos.
- Che, hablemos antes de que te vayas, quizás te podes venir, se pueden venir –me rectifico - a una peña buenísima que se hace en el río, en Vicente Lopez.
- Ay, sería genial –le dice una a la otra.
La gente camina a nuestro lado, estamos entorpeciendo la circulación. Abre el semáforo de la esquina y un colectivo y varios autos salen hacia el bajo. En la plaza, un importante número de turistas preparan las camaritas digitales para llevarse una foto de las Madres de Plaza de Mayo, que en un rato hacen su ronda.
- Muy lindo encontarte, Vane – le acaricio los brazos, siento la delicada alfombra de pelitos rubios-, estas muy linda –digo a modo de despedida.
- Gracias, vos también –me abraza, apoya su cara en uno de mis hombros, su respiración sobre mi cuello. Por encima del hombro de Vanesa la veo a la japonesa: mira hacia la plaza, los edificios públicos, enormes, la bandera argentina flameando al sol.
Nos soltamos, las vuelvo a saludar. Antes de irse, me dice:
- La próxima, tráeme alguno de tus escritos.
- Vale.
Me hace chau con la manito y se van.
- Aguante la asamblea de Colegiales – me grita Vanesa a los pocos segundos, dada vuelta, un brazo levantado, el otro sobre los hombros de su amiga.
- Aguante –levanto mi brazo, los dedos en V.
MAD
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- Published:
- 12.21.07 / 4am
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- Textos Mariano
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