La Cueva
1)
Álvarez le dio una chupada al mate y lo apoyó en el piso, al lado del termo. Agarró el balde, levantó la vista y dijo:
- Empecemos che, que los milicos están apurados.
Ramos, mucho más joven que Álvarez y morocho como él, agarró el otro balde con una mano y con la otra la pala.
- ¿Qué hay que hacer jefe?
- Hay que convertir esta escalera en una rampa- dijo Álvarez- es nada más que eso. En la camioneta hay ladrillos huecos, arena y cemento de sobra. Fijate que justo al lado de la camioneta hay una canilla, sacá el agua de ahí-. Se agachó, agarró el termo y se cebó otro mate.
- Está bien, jefe. Entendido.
El ruido de una avioneta los distrajo. Estaba oscureciendo. Álvarez se acercó a la camioneta, observó la pista de aterrizaje, bajó la mirada, abrió el capó y conectó un cable a la batería para encender la luz de un portalámparas portátil. Estiró el cable hasta la base de la escalera y apoyó el portalámparas en el piso. Se paró.
- Ramos, andá a buscar la tabla de madera de la camioneta. Ponela ahí donde termina la escalera y empecemos.
Hacía un poco de frío, y no había árboles para frenar el viento que empezaba a crecer. Era un viento de mar. La Base Aérea Militar de Mar del Plata, ubicada en el kilómetro cuatrocientos de la ruta dos, se expandía por los cuatro costados de Álvarez y Ramos.
Ramos se acercó con la tabla de madera.
- ¿Qué es esto? ¿A dónde baja esta escalera?- preguntó Ramos.
- Acá funciona un Radar. Dale, bajá.
Ramos bajó con la tabla de madera los diez escalones iluminados desde arriba por la lamparita. Cuando terminó de bajar la escalera paró la tabla en la base y la trabó con una bolsa de cemento.
- Jefe, ¿no hay ninguna luz acá abajo? No se ve nada.
- No, no hay luz ahí.
Más tarde se acercó el teniente Rodríguez, le hizo unos gestos a Álvarez y cuando estuvieron cerca, le habló al oído en voz baja. Álvarez asintió con la cabeza. Rodríguez estaba vestido de militar y se tocaba el bigote mientras hablaba. Antes de volver en dirección a los predios que estaban en la entrada de la Base palmeó en el hombro a Álvarez. Álvarez revisó otra vez la cantidad de ladrillos, arena y cemento que había en la caja de la camioneta. Y se acercó a la escalera, que ya no lo era tanto.
-Tenemos que terminar hoy- dijo Álvarez.
El silencio de los alrededores permitía escuchar el ruido que dejaban los autos que pasaban por la ruta dos, a un kilómetro y medio de la escalera.
- Hace un frió tremendo ahí abajo, jefe, más que al aire libre.
- ¿Recorriste el sótano, perejil?
- Es que no se ve casi nada acá, jefe. ¿Cómo pude ser que no haya ni una lamparita ahí abajo? ¿Qué clase de radar es este?
- Andá a llenar los baldes.
La noche era definitiva, la luna estaba escondida y pocas estrellas goteaban el cielo.
- Jefe, es raro trabajar de noche. Me gusta, igual. Es raro pero me gusta. Mire la cantidad de estrellas que se ven hoy. El cielo también me gusta, el cielo de noche. Con mi novia nos quedamos viendo el cielo en la noche y hacemos dos equipos de estrellas, como dos ejércitos, ella elije algunas y yo otras y empezamos a combatir. Cuando hace mucho frío decimos que es la guerra fría- Ramos sonrío, hablaba dándole la espalda al Jefe, al píe de lo poco que quedaba de escalera, y sabía que Álvarez lo estaba escuchando. Se rascó la cabeza con las dos manos-. Es raro trabajar de noche- continuó- a mi novia prefiero decirle que me fui a tomar unos vinos con mis amigos, porque si le digo la verdad, que estoy haciendo esto a esta hora, es como decirle que estoy con otra, directamente.
Álvarez no contestó. No era la primera vez que trabajaba de noche. Hacía cinco años que trabajaba para la Fuerza Aérea.
El ruido de otra avioneta asustó a los albañiles. Ramos caminó unos pasos y se quedó mirando las luces de la cabina del avioneta que aterrizaba. Volvió la cabeza y dijo:
- Estos vuelan a cualquier hora, jefe.
2)
Dos días después, el 2 de mayo de 1984, Marisa viajó a Mar del Plata desde Balcarce. Tenía veintiséis años recién cumplidos. Antes de salir para la estación de micros se demoró frente al espejo de su cuarto. No recordaba una situación similar, una demora así en ese espejo. Tenía ganas de preguntarle a su vecina, la panadera, si la veía joven, vieja o normal. Marisa no sabía cómo tenía que ser a los veintiséis años. No tenía hijos y agradecía esa situación. Estaba muy flaca, el pelo castaño y liso le llegaba a la mitad de la espalda. Vivía con su mamá. Y trabajaba en una casa de repuestos de autos.
Frente al casino de Mar del Plata se encontró, a las 10 de la mañana, con otra gente. Conocía a algunos, a otros no. Un hombre de unos cincuenta años se presentó, le preguntó si se encontraba bien y si estaba preparada. Marisa asintió con la cabeza y el hombre le apretó la mano en un gesto cariñoso.
Entraron a la Base Aérea y caminaron hasta La Cueva. Marisa bajó la rampa y recorrió todo el sótano. Cuando llegó al otro extremo cerró los ojos para orientarse y volvió sobre sus pasos recorriendo otra vez todo el sótano, ahora con los ojos cerrados. En la rampa apoyó las dos manos con fuerza en el suelo y se ensució con el cemento fresco. Sin abrir los ojos arañó el suelo de la nueva rampa, y encerró bajo su puño una bola de cemento.
3)
Ramos hizo una pausa en su trabajo en la obra del polideportivo de la Fuerza Aérea, en el centro de Mar del Plata, y se fue al bar a tomar un vaso de vino. Se sentó y le hizo una seña al mozo. Al rato, se esforzó para escuchar una conversación entre el cajero que estaba atrás de la barra y un par de personas que estaban levantando la voz. Alcanzó a interpretar que la discusión tenía origen en una nota del diario que estaba abierto sobre la barra. El mozo le trajo el vaso de vino tinto. Ramos levantó la cabeza y detrás del mozo pudo ver 15 personas que entraban al bar, varios de ellos tenían los ojos rojos. Le llamó la atención especialmente una joven demasiado flaca. Marisa pasó al lado suyo, Ramos la siguió con la mirada y vio sus manos sucias de cemento y sangre. Se hizo un silencio largo en el bar, hasta que los recién llegados pidieron varios cafés, un te y algunas facturas.
Ramos volvió al polideportivo y antes de ponerse nuevamente a las órdenes de Álvarez, le dijo:
- Jefe, ¿usted qué prefiere, no poder dormir o no poder levantarse?
Ricardo Dios
2007
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- Enero 4, 2008 / 1:24 am
- Category:
- Textos Ricardo
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