Parque Las Heras -seis capítulos-
UNO
- Ahí vienen.
- ¿Dónde?
- Allá – Marcos estira el brazo-. Ahora van a aparecer por ese caminito que está al costado de la escuela.
- No me digas que viene otra vez con la nena – dice Agustín.
- Sí, te digo – confirma Marcos.
- A ver…
Agustín agarra los binoculares, hace foco, se separa unos centímetros del aparato, los mira como si anduviesen mal y se los vuelve a calzar en el medio de los ojos:
- ¡Que vieja de mierda y la concha de su madre! –se aleja unos centímetros de la reja y le pega una patada que la hace vibrar como si fuese de cartón.
Los hermanos Poncio están en el balcón terraza de uno de los tantos edificios levantados frente a la plaza -o parque- Las Heras, sobre la avenida Coronel Díaz. En el último piso vive Marcos, el hermano menor, con su novia, una brasilera de veinte años. Son las diez de la noche del viernes y hace frío a pesar de estar en noviembre. El cielo está taponado por una capa de nubes de color rosado y el viento sopla con fuerza. Una lata de cerveza Quilmes de medio litro se arrastra por las baldosas de la terraza.
- La trae para cubrirse, loco, ¿o vos no sabés como es esto? - Marcos se da vuelta y queda frente al hermano.
- Ya sé, loco, pero no da -Agustín se acomoda con las manos la gorra jamaiquina que le cubre la cabeza-. No me cabe que venga con la nena. Y el otro día se lo dije.
- ¿Y yo que te dije? -retruca Marcos-. ¿Qué te dije? - repite.
Agustín camina hasta la mesita ratona de hierro de color blanco que está en el medio de la terraza. Se llena otro vaso de whisky, le pone dos hielos, toma un trago y desde ahí, a unos tres metros de distancia, insiste:
- La nena tendría que estar mirando dibujitos, no caminando de la mano de una tranza a esta hora de la noche.
- No empieces de nuevo con esa historia –se queja Marcos, de espaldas, perdido en el paisaje nocturno de los binoculares. Las zapatillas Nike de trescientos pesos están nuevitas, brillan.
Suena el celular de Marcos. Lo saca del bolsillo del pantalón y atiende: “Hola, bebé”. Camina hasta donde está su hermano y le da los prismáticos. Camina por la terraza, se ríe, frena, vuelve a avanzar, “te compré un conjuntito rojo”. En el fondo de la terraza se cruza con la lata de cerveza, le pega una patada y la estampa contra la ligustrina que cubre la pared.
Agustín va hasta la baranda, se agacha, apoya la espalda contra los hierros fundidos de color verde, y saca de la campera de jean un papel glacé plateado doblando en varias partes. Lo abre: le queda muy poco pichi. Con una tarjeta de crédito que saca de la billetera carga un tirito y se lo aspira de un saque. Cuando se para, pega un nariguetazo que le termina de bajar a la garganta el gusto ácido de la cocaína.
Marcos corta, se guarda el teléfono en el bolsillo y camina hasta la reja. “Limpiáte la nariz, nene”, le dice al hermano. Agustín se pasa la mano por la nariz. Marcos le saca los binoculares de las manos, se apoya contra la baranda y vuelve a enfocar hacia la plaza.
- Ahí están… - con el dedo marca hacia una arboleda que está a la izquierda, al costado de las canchitas de fútbol de Marangoni. Y agrega:- siempre anda con ese bolso del orto del año veinte.
- Bien que cuando lo abre se te abren los ojitos como a un nene con chiche nuevo– dice Agustín, y se aleja hacia la mesita de hierro blanco.
- Capaz que a vos no – lo bolacea Marcos, de espaldas.
Agustín hace se toma lo que queda del whisky. Se acomoda la gorra, aspira un poco de aire fresco: un escalofrío le sacude el cuerpo como si fuese un perro gran danés al que acaban de tirar un balde de agua fría. Vuelve hasta la baranda.
- La otra vez le compramos dos kilos de merca, loco, dos kilos, y no nos quiso bajar ni un solo peso –los ojos del grandote brillan-. Y encima se trae a la nena.
- Estás tomando mucha milonga, nene –le dice Marcos.
- ¡Chupáme la pija, guacho! –reacciona el grandote-. ¡No me quemés más la cabeza con el tema del pichi!
- ¡¿Que te pasa grandote salame y la concha de tu madre?! –Marcos se le pone a un centímetro de la cara, le roza la nariz con la suya -: a ver si la entendés de una vez, vieja… –se aleja un poco, mueve el brazo, escupe- esto no es un compra venta de salchichón: la reventada esa es la que corta la pizza; parece un mulo pero no es ninguna gila. Si la llegas a bardear, se pudre todo.
Abajo, en la calle, se escucha el paso de un camión al que le cuesta mucho hacer la subida de Coronel Díaz. El cielo está cada vez más grisáceo anaranjado.
Agustín, como cada vez que su hermano le pone los puntos, baja la cabeza y mastica su propia mierda. Levanta la cabeza y sin desafiarlo, pero con tono seguro, le dice -: está bien, loco, pero decile a la vieja que no traiga más a la nena.
Una correntada de aire hace revolotear las copas de los árboles del parque. La lata de cerveza, al fondo, pega saltitos contra las baldosas.
Suena el timbre.
DOS
Los hermanos Poncio son de Villa Urquiza. Agustín vive con la madre en la misma casa donde nació, creció y se formó. Tiene treinta y tres años y no estudia ni trabaja: vende cocaína. Es tan grandote que se lo ve venir desde la otra cuadra. Camina lento, parsimonioso y siempre anda con una gorra de lana con los colores de Jamaica adherida a la cabeza. En la intimidad, dentro de las cuatro paredes de su habitación, parece una morsa pesada y enferma, todo el día tirado en la cama. Pueden pasar dos o tres días enteros en los que no hace otra cosa que dormir, o hablar por teléfono con la mirada perdida en el techo. Sólo sale de su habitación para ir al baño o a la cocina. Pero en la calle es distinto: buen humor, chispa, chiste fácil. Se hace querer, bonachón, gamba, nunca te deja tirado, es el último en irse de cualquier joda.
Agustín no tiene, ni tuvo, novia. No es el tipo más lindo de la cuadra: ojos saltones, la cara redonda como una galleta paraguaya y con algunos pocitos, muy alto, un poco de panza, piernas flacas. Y su peor enemigo es la timidez, por lo menos con ellas. Pasó el tiempo, los chicos se pusieron grandes –él y sus amigos-, cada uno se refugió donde pudo, se las rebuscó, puso acá, apostó más allá, y él fue por la fácil: putas. Un tiempo con una, después con otra, rubias, morochas, todas pendejas hermosas. A veces se pasa dos días dentro de un telo. Ella, tomándo, mucho, de la mejor. Él, acompañado, física y emocionalmente, también tomando.
Vende falopa hace diez años. Trabajó menos de un mes en un restaurant como ayudante de cocina pero como no le pagaban muy bien se las tomó. La familia, y algunos amigos, le quemaron la cabeza para que se deje ayudar, pero el tiempo pasó, no tuvo reacción, y se quedó en la de él, la que mejor conocía: la calle. Ahí si que el grandote era -es- grandote. Al principio un papel, dos, después una bolsa de cinco, diez, y al tiempo cien gramos o directamente panes de medio kilo de merca. Y no lo hacía para hacer plata sino para tener siempre una bolsa en el bolsillo. En una noche puede ganar una, dos lucas limpias. Pero también se la puede gastar en un par de horas y quedarse con dos pesos para el bondi. De vender papelitos en la cuadra pasó recorrerse la ciudad de punta a punta varias veces en una misma noche llevando droga de primera a los mejores boliches, casas y fiestas. Lo pasan a buscar en auto, en moto, le mandan taxis. El grandote es un imán: es le pegan todos.
Sus amigos, los pibes con los que creció, también consumen, pero menos. Y no venden. Ninguno estudia pero la mayoría labura o se tomó el palo para probar suerte en otro lado, alguno tuvo un hijo. Le hablaron mil veces, se la quisieron hacer entender, dejate ayudar, grandote, vas a explotar como un sapo, porque no te internas un tiempo, después salís, le proponían. Agustín bajaba la cabeza, se le humedecían los ojos, estoy enfermo, decía, pero al otro día todo empezaba otra vez.
La madre, Clara de Poncio, bajó los brazos. Hace tiempo que perdió la pelea. La mujer no era de hablar, más bien callaba, pero cada tanto reventaba y lo ponía contra la pared, desesperada. “Sos la sombra de mi hijo”, le gritó una vez en la puerta del baño, tirándose de los pelos. El grandote la abraza, le dice que va a estar todo bien. La señora se cansó y asumió que no había manera, que lo mejor era cuidar hasta donde pudiese a su hijo. Le hace la comida, le plancha la ropa, le prepara los bolsos cuando se va por unos días a lo de un amigo que vive en el campo, le pone unos sándwiches en una bolsa y le dice que no se desabrigue allá que se pone fresco cuando baja el sol. Eso si, dijo una vez: por lo menos no roba.
TRES
- ¿Qué tal, Antonia? –Marcos le marca el camino con el brazo desde el lado de adentro del departamento. La soga de oro que le cuelga del cuello le brilla con las dicroicas del hall de entrada.
La mujer, de unos cincuenta años –parece de setenta-, menuda, ojos negros chiquitos como dos bolitas de alquitrán, agradece y pasa. En una de sus manos trae el bolso de cuero. En la otra, a la nena.
- Frío, ¿no? –dice el dueño de casa mientras enfila para el comedor con las dos mujeres a su espalda.
- No se puede creer –se queja Antonia, afónica, los dientes marrones por el tabaco -, ni en el tiempo se puede confiar.
La nena trae puesto un vestidito blanco, con unos dados de color rojo pintados a mano. Tiene puesto un saquito de hilo y unas zapatillas de lona. Es alta, espigada. No se ríe, nada. Se acaricia las uñas con la yema del dedo gordo, una por una. Mira el suelo.
- ¿Cómo andan los pibes? – pregunta Marcos.
- Más o menos –Antonia saca el paquete de cigarrillos de uno de los bolsillos del jean-. A los mellizos parecía que los largaban pero la causa se trabó no sé porqué historia rara. Ahora hay que esperar –prende el cigarro, le pega una pitada, se guarda el encendedor y el paquete, tira el humo hacia el techo -. Anda a esperarme afuera – le ordena a la nena.
A Marcos le suena el celular. Atiende y dice que ahora no puede. Corta. Prende el equipo de audio, pone la radio, cualquier emisora.
La nena da la vuelta por un pasillo y encara para la terraza. Abre la puerta corrediza y sale. Agustín está sirviéndose otro whisky. Cuando la ve, le sonríe. Se acerca.
- ¿Cómo estás?
- Bien.
La nena empieza a saltar en su lugar. Abre y cierra las piernas como en una clase de gimnasia. Golpea sus manos contra una figura imaginaria de su misma estatura, tararea una canción. El grandote le saca cuatro cuerpos, parece la heladera de una casa de ricos. Hace una carpa con una de sus manos y se prende un cigarro. Se agacha y se pone frente de la nena.
- Ya nos vimos dos veces y no sé como te llamas –le dice con la cara de costado, tirando el humo.
- Azul – contesta ella, siempre en movimiento, y se saca de encima el humo con una de sus manos. Se distrae con la gorra jamaiquina del grandote. Sigue saltando.
- ¿Te gusta? –él se toca la gorra, la acomoda con las dos manos.
- No.
- ¿Querés tomar algo? –Agustín pita de nuevo su cigarro.
- Coca.
- Esperáme acá.
Agustín se para, le pega una última pitada a la colilla, la hace volar con los dedos y abre la puerta corrediza. Cuando pasa por el comedor, frena. Su hermano menor y Antonia se dan vuelta para mirarlo. En la mesa de vidrio hay dos ladrillos de cocaína de un kilo cada uno, prensados en papel madera, envueltos en nylon transparente y cinta aisladora. Marcos le da la espalda. Con la punta de una navaja levanta un poquito de merca rosada boliviana. La deja caer sobre el vidrio.
- ¿Qué tal, Antonia? –pregunta Agustín, mirándola a los ojos.
- Acá me tenés, nene, trabajando.
- ¿Vino bien el pichi? -pregunta de mala gana, mientras con la uña de uno de los dedos de la mano derecha rasquetea una mancha que hay en la pared
- No sé, ¿vos que decís? – y apunta con la pera hacia la mesa.
- Anda, Agustín –dice el hermano menor, con la punta de la navaja a un centímetro de su nariz.
Agustín da media vuelta y se va.
Entra a la cocina, saca de la heladera la coca de litro y medio, la abre, llena un vaso hasta el tope y lo deja sobre la mesada. La efervescencia de la gaseosa rocía la mesada. Guarda la botella y cierra la puerta de la heladera de un portazo. Saca su papel del del bolsillo de la campera, lo abre y carga un toque de merca con la uña del dedo meñique. Acerca el dedo a la nariz y aspira. Carga de nuevo y toma del otro lado. Se moja el dedo con la lengua, acaricia la alfombrita blanca y después de nuevo a la boca. Se pasa la lengua dormida por los labios. Cierra el papel y lo guarda en la campera. Sale de la cocina y vuelve a pasar por el comedor sin mirar ni decir nada.
Cuando abre la puerta de la terraza ve que la nena está subida a una banqueta, con la baranda a la altura de la cintura, medio cuerpo afuera, mirando hacia el parque con los prismáticos. El saquito se le levanta por la fuerza del viento. Agustín deja el vaso de coca en la mesa y va al trote hasta la baranda. Agarra a la nena de la panza con las dos manos y le dice que se puede caer.
- Dejáme –se queja ella. Y se despega de las dos manos del gigante.
Él le aprieta la cintura, le arruga el vestidito.
- Bajá – le ordena. La levanta y la pone en el piso. Una ráfaga de viento le revolotea los pelos lacios a la nena y un mechón le queda sobre los ojos.
-¿Quién te pensás que sos? – dice ella, ofendida, mientras se agarra el pelo con una hebilla.
- Agustín… ese pienso que soy – dice él con cara de payaso -. No te subas a la baranda. Si querés mirar, hacelo desde acá… mirá – Agustín se agacha y pone la cara detrás de la baranda: - desde acá se ve joya.
- Tenés merca en la nariz –le dice ella mientras se agarra otra parte del pelo, con otra hebilla.
Otra ráfaga de viento, más fuerte que la anterior. Los árboles se mueven para todos lados. La lata golpea contra las patas de la mesita de hierro blanco, en el medio de la terraza.
- ¿Cuantos años tenes, Azul? –el grandote se limpia la nariz con la mano.
- Diez.
- Sos muy chiquita para hablar de esas cosas.
- No soy chiquita.
Agustín se para. Apoya las manos en la baranda y mira hacia el parque. Se acomoda la gorra de la cabeza y dice:
- En la mesita te dejé la coca.
CUATRO
Marcos también creció en Urquiza. Fue a la misma escuela y al mismo colegio que su hermano pero no sólo no repitió ningún año sino que hizo toda la secundaria de un saque, con los ojos cerrados. Hizo amigos, conoció chicas, y, en general, la pasó bien. Cuando estaba en tercer año empezó a parar con los amigos del hermano, y el hermano. Y al toque tuvo que pagar derecho de piso: una noche, tarde, en la plaza, el Piturro lo bolaceó porque andaba con una minita que ya se había movido a un par. El menor de los Poncio no se comió ni la punta y se le plantó. Cobró de lo lindo pero también pegó. Agustín no se metió. Al poco tiempo, en un recital de La Renga en la cancha de Platense –fueron casi todos los pibes-, y por otra minita, se armó una batalla campal a un costado del escenario. Marcos estaba enloquecido y le rompió la mandíbula a uno y varias costillas a otro. A él le tuvieron que acomodar el tabique y darle un par de puntos en la cabeza pero a partir de esa noche, antes de delirarlo por pendejo, bagallero, narigón, o lo que fuese, había que pensarla dos veces. El grandote, a pesar de ser un ropero, casi dos metros de altura, más de cien kilos de peso, pasó a ser su sombra. Dentro y fuera de la casa.
Marcos empezó a trabajar cuando todavía cursaba cuarto año. Le pidió un poco de plata a la madre, un amigo le dio el resto y en menos de una semana se había comprado una chata con la que hacía fletes en una colchonería. Poncito, le decía el patrón, un gallego que le había tomado cariño. Marcos siempre andaba pilas, iba y venía, la cumbia a todo lo que da dentro de la cabina de la camioneta, buen ánimo, cumplidor. Se drogaba bastante, pero en general solo los fines de semana. Y si mezclaba con alcohol, terminaba fajando a cualquiera que lo mirase mal. Al poco tiempo le reventaron la casa: habían boleteado un rati en Nuñez y a la otra noche reventaron media ciudad. Él tenía guardado unos fierros debajo de la cama y alguien lo había cantado. Después del año preso por tenencia de armas de guerra, reculó. Sólo, con mucha confianza en si mismo, dejó de tomar falopa. Fumaba porro, eso si, en cantidad, pero dejó la milonga. Y ahí empezó a vender.
A Poncito las minas se le pegaban como moscas. Iba al gimnasio, tomaba anabólicos y comía sano. Con la guita que le empezó a dejar la merca se fue a vivir solo, cambió la camioneta y se puso un lavadero de autos –que hoy en día se lo administra la madre-. Agustín es el proveedor de merca del hermano, un tipo con muchos contactos en la noche. La merca que vienen moviendo es una sustancia de máxima pureza que llega directo de Salta, por medio de un ex comisario –ex cuñado de un pibe del barrio, el Gallego- que cumple funciones antinarcóticos en un destacamento fronterizo con Bolivia: la gente se las saca de las manos.
Hace ocho meses que Marcos se alquiló un departamento en una de las zonas más paquetas de la ciudad: el parque Las Heras. Se fue a vivir con Camila, una brasilerita que conoció en la noche porteña.
CINCO
Llueve. Los gotones revientan contra las baldosas. El viento se arremolina contra la baranda de la terraza y las hojas vuelan enloquecidas.
Agustín abre la puerta corrediza, pone un pie dentro del departamento y le hace señas a Azul para que lo siga. La nena se acerca y pasa para el otro lado. El grandote, antes de cerrar, sale y agarra el vaso de whisky de la mesita. Vuelve y cierra la puerta de un saque. Las gotas golpean contra el lado de afuera de la ventana y caen hasta el piso formando hilos de agua.
Cuando pasan por el comedor, Antonia reacciona:
- ¿No te dije que te quedaras afuera?
- ¡¿No escuchas como llueve, loco?! – el brazo del grandote apunta hacia la terraza, la panza metida para adentro, las piernas duras.
Antonia está por pegar el grito pero escucha el ruido de la tormenta:
- Está bien, pero no quiero que la nena esté acá – y vuelve a lo suyo.
Agustín respira agitado. Le busca los ojos al hermano. Marcos no esquiva la responsabilidad de devolverle la mirada pero no dice nada. Antonia cuenta plata.
- Vamos – le dice Agustín a la nena.
El grandote toma el último trago de su whisky y lo deja sobre un mueble con un golpe. Agarra a Azul de la mano y encara para la pieza. Pasan por el baño y llegan a un pequeño hall que conecta dos piezas. Antes pasar la nena de los dados rojos le tira del brazo. Sobre una repisa que está en la entrada hay una foto. Azul la mira concentrada: Marcos y su novia están sentados sobre una banana gigante; ella, producida para la foto, dos tetas hermosas, naturales, la bikini blanca, el triangulito entre las piernas bronceadas; él, a sus espaldas, mirando por encima de la cámara, distraído, un rolex, la soga de oro, el océano de fondo y el cielo limpio, muy azul. El grandote agarra del hombro a la nena y siguen camino.
En la habitación hay una cama de una plaza, una mesita de luz con un velador, un escritorio debajo de la ventana, y dentro del placard que está frente a la cama –no tiene cajoneras ni perchas-, apilados uno encima del otro, unos treinta potes de proteínas y carbohidratos, de un litro cada uno.
- ¿Qué es todo eso? –pregunta ella.
- Son proteínas –dice Agustín, y se sienta en la cama. Se saca la gorra de jamaica, la calza sobre el dedo índice y empieza a hacerla girar. La gorra da vueltas a toda velocidad. Parece un basquetbolista de la NBA haciendo malabares con la pelota anaranjada. Azul se queda mirando la prueba del grandote pero no dice nada.
- ¿Para que son las proteínas? – dice ella, y se acomoda una de las hebillas del pelo.
- Las usan los que van al gimnasio. Son buenas para los músculos – la gorra sale volando, se estampa contra la puerta del placard cerrada y cae sobre la alfombra.
Azul va hasta la ventana, se acomoda al costado del escritorio y, en puntas de pie, mira para afuera.
- Llueve con todo – dice de espaldas.
- ¿A qué grado vas? – Agustín levanta la gorra del suelo, se sienta y se deja caer sobre la cama, la cabeza contra la pared, el cuello torcido. Flexiona las piernas para no manchar la pared con sus zapatos tamaño lancha. Marcos es un enfermo de la limpieza.
- Quiero probarlas – dice Azul, mientras abre una de las hojas de la ventana.
- ¿Qué cosa?
- Las proteínas – Azul saca la mano y la deja en la intemperie. En pocos segundos se le empapa.
- No podes, Azul, es para grandes -Agustín se levanta de la cama-. Ahora vengo -dice.
El grandote sale de la habitación y cierra con cuidado, despacio. Da dos pasos y escucha que su hermano y Antonia están hablando de él. “Tu hermano está un poco sacado”, dice ella en voz baja, un poco divertida. “No le gusta que traigas a la nena”, le confiesa el hermano menor. “Ese un tema mío, qué carajo le importa lo que hago con la nena”, dice Antonia, con el tono de voz más alto. “Te entiendo, flaca, pero si podes, para la próxima venite sola”, le propone Agustín. Silencio. El grandote se queda parado detrás del marco de la entrada del comedor, duro.
Va hasta la pieza, abre la puerta, azul sigue jugando con el agua, le sonríe, y sale, ahora si, sin cuidarse de no hacer ruido. Camina unos metros y se mete en el baño. Saca el papel del bolsillo de la campera, lo abre, clava el tubito de platino que tiene agarrado al llavero sobre el raviol blanco y aspira. Le pasa la lengua al papel como si fuese un chupetín de tipo paleta de colores. Lo abolla y lo tira al inodoro. Tira la cadena y sale.
- ¡Grandote! – grita Marcos.
- ¿Qué pasa?
- Traéla a la nena que terminamos.
Agustín va hasta la pieza. Abre la puerta. Azul está sentada sobre la cama con las piernas colgando. Sobre la falda tiene un frasco de proteínas, abierto. Con los dedos de la mano derecha prueba el contenido del pote.
- ¿Qué haces?
Azul se chupa los dedos.
- Dame eso – el grandote le quiere sacar el balde pero ella tuerce su cuerpo y lo esquiva.
Agustín va hasta la ventana y la cierra. Deja caer la persiana de un tirón.
- Vamos que tu abuela se va – dice, y se acerca hasta la cama para agarrar su gorra.
- No es mi abuela.
- Ah, ¿no? ¿Y quien es? – el Grandote se acomoda la gorra en la cabeza.
- Es la mamá de uno de mis hermanos.
- Bueno, no importa… vamos – ordena Agustín, y le ofrece la mano. Ella cierra el frasco, se levanta y pasa por al lado del grandote con el balde del lado de la pared para que no se lo saque.
Azul corre por el pasillo hasta el comedor. Agustín posa por un segundo la mirada en la foto del hermano y la brasilera sentados en la banana, y sigue camino.
- ¿Qué onda? – le pregunta Marcos a su hermano, inclinando la cabeza hacia su izquierda, donde está parada Azul, el pelo lacio agarrado por las hebillas, el vestido de dados rojos, el saquito abierto, el balde de proteínas entre sus brazos.
- Se quiere llevar un balde.
- No hay problema, pero lo tenés que tomar con la leche –le indica Marcos a Azul, con voz tierna, como si fuese un bebé.
Antonia está lista. El bolso, más liviano que hace un rato, cuelga de uno de sus hombros. Se sube el cierre de la campera hasta el cuello. Tiene un cigarrillo en la boca.
- Bueno, Marcos, nos vamos… les paso el mensaje a los chicos –informa ella.
Marcos le hace una caricia en la cabeza a la nena, le repite lo de la leche, y encara para la puerta de salida, con las mujeres unos pasos delante suyo.
- Chau, nene – le dice Antonia a Agustín, cuando pasa frente a él.
Agustín le dice a Azul que se cuide, que se porte bien.
SEIS
- ¿Y? ¿Le dijiste? –aprieta Agustín.
- ¿Qué cosa?
- Que no la traiga más.
Marcos sube un poco el volumen de la música
- ¿Le dijiste o no le dijiste?
- ¡No le dije un carajo! –reacciona Marcos- ¿está bien? No le dije un carajo.
- Sos un salame, loco – dice Agustín.
Marcos agarra el pan de cocaína abierto y lo levanta en el aire como si fuese un cachorrito:
- ¿Ves esto que tengo acá? –y lo señala con la otra mano-, vas a ver como se te pasa todo, la vieja, la nena, la tormenta, y la concha de tu madre.
Marcos marca el pan de merca con la cabeza. Agustín estira el brazo y lo agarra. Lo mira, lo pesa con una mano, con la otra. Se acerca a la mesa. Como si el bulto marrón fuese un paquete de yerba, lo tuerce y hace caer bastante merca sobre el vidrio. Con la tarjeta de crédito que saca de la billetera pica y peina una raya enorme. Se agacha, huele. Se aprieta una fosa nasal con el dedo gordo y con la otra aspira con alma y vida. De lo larga que es la raya tiene que mover su cuerpo unos centímetros para tomarla entera. Endereza la espalda y toma un aire hasta llenar los pulmones.
- Está rica, no, pedazo de logi –se relaja el hermano-. ¿Viste lo que es ese pichi?
De un cajón del mueble que tiene a su derecha Marcos saca una caja de habanos, marrón clarito, trabajada. La abre. Adentro hay unos cincuenta gramos de flores de marihuana de un color verde selva. La resina de los cogollos despide un perfume muy dulce. Saca dos o tres flores y las pone sobre la mesa. Agarra una seda de la caja, deshace las flores sobre el papelillo, agarra con la navaja un poco de pichi y polvorea el faso con una pequeña lluvia blanca. Agarra la seda con las dos manos, enrolla y arma el porro de un tirón.
- ¿Fuego?
El grandote le da fuego.
El hermano pita, el cigarro cruje, la cabeza colorada que nace en la punta del chistoso crece y se come parte del cilindro blanco. El hilo de humo espeso, grisáceo, se eleva hacia el techo, y flota. Marcos levanta la cabeza, cierra los ojos. Fuma dos o tres pitadas más.
- La merca la busco uno de estos días –dice Agustín.
- Más bien, nene –reacciona el hermano menor-. ¿Te pensás que te voy a dejar ir con todo esto así duro como estas? -los ojitos de Marcos se ponen más chiquitos de los que son.
Agustín va hasta la pieza de las proteínas, saca dos botineros del placard, y vuelve. En el pasillo se lo cruza a Marcos, que entra en su pieza. Agustín sigue hasta el comedor, apoya el botinero Nike sobre la mesa, lo abre y saca un paquete de bolsas de nylon, una cinta aisladora y una tijera de acero, de las de antes, enorme, pesada. La balanza electrónica, chata y japonesa queda adentro del bolsito. También el rollo de bolsitas y la cinta aisladora. El hermano, en la pieza, prende la televisión y se pone a cantar junto a una banda de cumbia que suena en vivo.
- ¿Y los pibes? –grita el menor de los Poncio.
- Deben estar en el pool.
- Como locos deben estar –Marcos se caga de la risa-, ¿sabían que hoy llegaba el pichi rosa?
-Si. Estoy yendo para allá.
Agustín saca una de las bolsas de nylon del paquete y la deja sobre la mesa. Se saca la gorra y la hace volar hasta el sillón de cuerina negra impecable. Agarra el pan de cocaína abierto y con la tijera le recorta el papel madera que le cuelga de los costados. Transpira. Agarra la bolsa de nylon, le pone el pan encima y con una de las hojas de la tijera empieza a raspar el cascote. Tiene un olor parecido a la menta. Se le hace agua la boca. No pestañea. Le cae una gota desde la frente. Putea. Se limpia con el brazo. Raspa un poco más y para terminar hace saltar una piedra del tamaño de una pelota de golf. Deja el paquete sobre la mesa, agarra la cinta aisladora, despega la punta, tira, y recién cuando despliega unos treinta centímetros, la corta con la boca. Se limpia de nuevo la frente. Con la faja sella el pan de cocaína abierto. Mira, su bolsa. Calcula que debe tener un cuarto de kilo. Corta otro pedazo de cinta y sella por segunda vez el pan.
Aparece Marcos.
- ¿Ya está?
Agustín guarda los dos panes dentro del botinero. El hermano canta, mete un pasito.
- Listo. Me voy a la mierda –Agustín anuda la bolsa de nylon y se la mete en los huevos.
- Decile al gallego que me llame –dice Marcos.
El grandote se pone la campera y la gorra:
- Nos vemos –dice.
Y sale.
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- 3.7.08 / 3am
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- Textos Mariano
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