Los tres palos

Uno
Ni bien le empezó a vibrar el celular supo que era él:
- ¿Ya te fuiste?
- Estoy frente a la iglesia.
- Voy para allá –dijo Paulo.
Shinga había puesto el auto en marcha hacía dos segundos, pero lo apagó. En seguida escuchó la voz de Janine, su hija de cinco años. ¿Qué pasa?, le preguntó. Esa misma mañana, en la casa de los padres donde estaba parando desde que se había separado, ni bien abrieron un ojo, la nena le había hecho prometer que la llevaría al Mac Donald’s:
- Dale, papi, vamos – insistió Janine desde el asiento de atrás. Tenía las manos sobre la falda, el cinturón de seguridad cruzándole el pecho.
- Ya vamos, chiquita.
Shinga es buen padre. Cuando le habla a su hija lo hace mirándola a los ojos. Lo mismo cuando la escucha. Le gusta envolverla con los brazos como si fuese una almohada y decirle que la quiere mucho. Más de una vez me dijo que para él, en relación a la nena, lo importante es estar. Que ella sepa que su padre está. (Pienso: cuantos disgustos me hubiese ahorrado con un padre así).
Paulo apareció al trote, agitado:
- ¿Por qué te vas? –le recriminó.
Unos minutos atrás habían estado charlando de nada en especial, casi a los gritos, y al oído, por el volumen de la música.
- La llevo al Mac Donalds y después, corriendo, a lo de su mamá –le explicó Shinga.
Paulo miró de reojo a la nena. Ese mismo fin de semana, le había dicho que así no quería seguir, que estaba claro que él, por Shinga, no tenía intenciones de profundizar la relación, sino más bien todo lo contrario. El padre de Janine, un poco por la inmadurez propia de la edad, y otro poco por egoísmo, no terminaba de soltarle la mano.
Shinga, desde adentro del auto, agarró la nuca de quien había sido su locura durante los últimos tres meses, e intentó besarlo. El otro endureció el cuello: “tu nena nos está mirando”, le avisó, espiando el interior del auto. Shinga dudó un segundo pero enseguida volvió a hacer fuerza con su brazo y, ahora sí, se dieron unos besos, no de lengua, de calentones, putos calentones, sino más bien sentidos, con los ojos cerrados.
- ¿No ves que estoy enamorado de vos, idiota? –le recriminó Paulo, los brazos apoyados sobre el techo del auto, fulminándolo con la mirada.
En la plaza estaba tocando un grupo de percusión afro brasilera de moda por aquellos días.
Sé, porque lo conozco, que Paulo se hubiese quedado colgado del cuello de Shinga toda la noche, lo hubiese acompañado al Mac Donalds, a lo de su ex, al entrenamiento, a los de sus padres, a su cama, al fin del mundo; pero dio media vuelta y, al trote se perdió entre la gente que bailaba en la plaza.
- ¿Por qué se dieron tantos besos? – quiso saber la nena, mientras el padre miraba las luces rojas, azules y amarillas que repiqueteaban sobre el escenario, los torsos desnudos de la gente, el movimiento de sus cuerpos.
- Somos amigos, Jani, nos queremos mucho.
- ¿Y por qué te dijo que estaba enamorado? – la nena apretaba entre sus manos el cinturón que le cruzaba el pecho.
- No dijo enamorado: dijo acalorado.
Según me contó Shinga, el pinchazo que le venía perforando el pecho desde que Paulo le había puesto un freno a la relación, con los besos y las palabras de hacía unos segundos, cedió un poco.

Dos
Shinga juega de arquero en la cuarta división del Santos. A mi el fútbol no me gusta, soy un bicho raro, pero los que saben dicen que Shinga es de lo mejor que dio el club durante los últimos años. “A pesar de que lo suyo son los tres palos, es muy habilidoso con la pelota. No importa que sea tan alto como un cocotero, puede jugar en la defensa o en el medio campo. Es un chico con mucha visión del juego”, textuales palabras de un cliente de la peluquería, comerciante y fanático del Santos. Shinga mide casi uno noventa, es moreno y flaco como una tabla de surf, piernas y brazos elásticas y muy marcadas, cara con rasgos femeninos y, ante todo, dos ojos enormes y negros por los que se le escapa, siempre, una ternura conmovedora.
La primera vez que vino a la peluquería casi no me dirigió la palabra. Sin embargo, intuí, porque tengo un sexto sentido para estas cosas, que el chico, por esos días, estaba jugándose el partido de su vida.
Yo sabía de él porque Paulo, a quien conozco de la noche paulista, me había hecho algunos comentarios. Le pregunté a Shinga por su profesión, y me contó que entrenaba cuatro veces por semana, que jugaba los sábados, que lo habían convocado a concentrar con la primera para el fin de semana. Estaba contento pero también nervioso. No pregunté mucho más. Me dediqué a escucharlo y a cortarle las motas de su cabeza que caían livianos, y con gracia, como pequeños frutos de un árbol, al piso de mosaicos blancos de la peluquería.
Al tiempito volvió, siempre con las zapatillas de baño anaranjadas, shorts de playa hasta la rodilla, musculosa, y me confesó que estaba separado, que había vuelto a lo de sus padres y que tenía una nena con la que, por suerte, se llevaba muy bien. Esa tarde supo de mi homosexualidad. De casualidad, no porque yo lo haya planificado con anterioridad. En un momento hice un comentario, él me miró por el espejo, sorprendido, las pupilas enormes, y yo: sí, soy puto.

Fue un sábado. Él estaba esperando su turno, despatarrado en una de las sillas, a mis espaldas, mientras yo le cortaba el pelo a un cliente. Ni bien Paulo empujó la puerta de vidrio supe que no venía a pedir turno, ni a afeitarse, ni a cortarse el pelo. Estaba acelerado, como siempre. Que chico atolondrado y compulsivo, por Dios. Le dijo hola a Shinga, levantando la mano, sonriéndole. Me dio charla y después se sentó al costado de Shinga a hojear la revista Hola que tenía en tapa el escándalo de Ronaldo con un travesti carioca. Cuando llegó el turno de Shinga, y se sentó en el sillón, Paulo se paró a un costado, pegado a nosotros, y, a lo largo de más de quince minutos fue el centro de la escena. Pocas veces lo había visto tan amanerado y fatal.
Esa tarde en la que el barrio parecía un horno porque hacían más de treinta y cuatro grados de temperatura, me di cuenta que a Shinga se le empezaba a jugar algo con Paulo. O consigo mismo. No lo sé.
Paulo se fue primero. Al rato, él. Yo cerré y me quedé tirado en el sillón, las piernas estiradas, los brazos caídos hacia los costados, la mirada perdida en el espejo. Después de un rato me levanté y me fui a casa sin barrer ni acomodar las cosas del local – muy raro en mí-. Esa noche me fui a la cama sin cenar.

Tres
En público no se mostraron nunca. Y a la casa de los padres de Shinga no podían ir. Acá en Brasil la homosexualidad es moneda corriente, todos lo sabemos, y por suerte, creo yo, dejamos atrás muchos prejuicios y cada uno hace lo que tiene ganas con su cuerpo y su sexualidad. Pero el fútbol es otra cosa. Pocos ambientes son tan cerrados como ése. Se quedaron en la prehistoria. No hay jugadores homosexuales, o por lo menos no se sabe nada de ellos. Es así, mi amor. Podes ser puto peluquero, puto que va a la playa, puto que baja de la favela; hasta policías putos hay. Pero puto futbolista, no.
Shinga, alma mía, no sólo tuvo que pelear contra los pájaros que a uno le revolotean dentro de la cabeza cuando una relación termina en fracaso, y llanto, y sufrimiento, o la ausencia de su hija, perderse parte de su crecimiento, o volver a la casa de sus padres, retroceder, empezar de nuevo, sino también –en este punto, me parece, aparece lo más complicado- asumir su debilidad por los hombres (o por lo menos por uno de ellos).
Hasta que empezaron los problemas con Paulo la relación fue muy física, puro descubrimiento, entregarse el uno al otro como dos nenes de veinte años. Paulo tiene un departamento en una de las zonas más bonitas de la ciudad, con vista al mar, una barra llena de botellas de todos los colores, drogas duras y blandas, por si hiciese falta, una bañera con hidromasajes dentro de la habitación en suite, alfombras en los pasillos. Paulo estaba feliz. Había logrado una conquista única, al que muchos deseaban: una perla, toda la para él. En un principio se comía los dedos antes de escribirle un mensaje o marcar su número de celular, porque no quería atosigarlo. Sabía muy bien cuales son las consecuencias de asfixiar al otro. Pero le duró poco. Shinga terminaba sus entrenamientos y tenía en su teléfono tres o cuatro mensajes. Lo llamaba cuando estaba con su nena, se le aparecía de improviso. El arquero tuvo que marcar un poco la cancha y el resultado fue peor: Paulo empezó a celarlo, a ofendérsele, a enojarse cuando Shinga se volvía a dormir a lo sus padres.

Una tarde -era lunes, y afuera caía sobre la ciudad una tormenta de verano formidable-, Shinga me confió que estaba extrañando a su mujer. Se lo veía triste y confundido. Los hombros caídos, la espalda curvada.
Me paré a un costado para mirarlo de frente y le dije:
- El miedo y la culpa son dos muy malos consejeros, amigo.
- Ya sé –dijo-, pero no es fácil.
- No la amás –dije, sin pensar (más tarde, a solas, frente al espejo, me sentiría mal por haber sido tan duro, insensible). Por la calle el agua bajaba del morro con la fuerza de un río.
- No lo sé.
- Estás saliendo con un hombre –le recordé.
- Sí, pero estoy viendo qué me pasa.

No resolvimos nada esa tarde. Ni él, ni yo. Al rato se levantó, me agarró la cara con las dos manotas, me agradeció, y se fue. Cuando me asomé a la calle, la tormenta había dado paso a un anaranjado.
Al tiempito supe que la relación con Paulo había terminado, que Shinga no había podido sostener el impulso amoroso de su amigo. No podía, o no quería, no sé. Y lo dejó ir.
Hace tiempo que no lo veo. La última vez fue hace unos tres meses atrás, y en la tapa del diario. El Santos había ganado el torneo Paulista, y la foto mostraba a todo el equipo saltando y bailando en ronda, como nenes, en el medio del campo de juego. A él se lo veía nítido, de cuerpo entero. Tenía las motas más largas que de costumbre, un buzo verde ajustado a los pectorales, los brazos en alto, los guantes enormes, una lluvia interminable de serpentinas blancas cayendo de alguna parte. Se lo veía feliz y muy masculino.
Nunca sabré si pudo doblegar a su deseo. Ya bastante tengo con el mío.

MAD – 17/07/2008


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