Kate

Eran los primeros días de abril, todavía hacía bastante frío en Manhattan y había que salir a pasear muy abrigado. Estaba disfrutando mi último día en New York y mientras compraba el último regalo decidí ir a ver Jazz. Estaba agotado de toda la caminata del día, llevaba dos bolsas llenas en cada mano y la mochila con más regalos en la espalda. El viento me golpeaba. No había tiempo de ir y volver al hotel. Me metí en el Village Vanguard, uno de los lugares más recomendados para escuchar Jazz, con esas cuatro bolsas y la mochila que me tiraba para adelante. Me senté en una mesa que me indicaron y puse las cosas en el piso. El comienzo del show se estaba demorando, busqué en la mochila un cuadernito de hojas de papel corrugado que me había regalado Irene y escribí esto:
Nueva York. Jazz. Village Vanguard. A mi lado, a la derecha, tres jóvenes de mi edad. Dos conversan. El otro lee un libro de sexo tántrico. Todo está a media luz, la música de fondo es muy baja y sigue entrando gente. Al otro lado una pareja de ancianos, con la hija y la nieta de unos quince años. En mi mesa, dos pequeños: un nene de diez y uno de seis, o algo así. Busco a sus progenitores, me confundo. Me pido un vodka. Es rico, muy rico. La chica que me lo sirve es linda y gigante, como sus aros. Cuando entré me dijo algunas cosas que no entendí. El subsuelo que es un bar y que es un lugar para escuchar jazz ahora está lleno. No tengo una buena visión del escenario y veo con claridad sólo la mitad. Hay una señora que me tapa, en su perfil resaltan sus anteojos rojos. Escribo en este cuaderno y la de quince me copia: escribe y dibuja del otro lado del individual de papel con el logo del lugar que cada uno tiene en su mesa. El dibujo es un jardín y un muro, atrás del muro aparece la cabeza de un adolescente y sus brazos haciendo fuerza como para trepar y cruzar el muro. Al lado del dibujo la de quince escribe:
Tomás, mi vecino. Nació en Illinios, como Hemingway y como mi abuelo que siempre me habla de Hemingway. No va a mi colegio, aunque tiene mi edad. Mi mamá me prohibió verlo. Me escribió una carta antes de venir a Manhattan. La se de memoria. La carta dice así:
Katie: Lamento que te vayas, en realidad lamento lo sucedido, lamento tu madre entrando al cuarto sin golpear, lamento especialmente tu silencio posterior, tu mirada baja, tus ojos al suelo y no al cielo, tus ojos de cielo al suelo y no al cielo.

Katie me mira. Ya empezó el show y ella repasa su escritura. Sabe que lo vi todo. Sabe que yo se que ella sabe que lo vi. Dejo mi cuaderno a la vista para compensar mi curiosidad. Me mira con cara de “no se español y si lo supiera no entendería tu letra”. Tiene 15 años y me mira como una señora, como una tía. No me da tiempo ni a la perversión. Es muy chica o es mi tía severa. Suena un solo de saxo y me vibra la espalda. El aplauso es prolongado. Hay gestos de satisfacción. Katie sonríe.


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