El infierno está encantador

Adolfo y Agustín caminaban hacia el Peugeot 206, uno sobre la calle, el otro haciendo equilibro sobre el cordón de la vereda con los brazos abiertos, recordando a los gritos una anécdota del fin de semana anterior, cuando una sombra que les salió al cruce de atrás de un árbol les dijo que se quedaran piolas. Adolfo miró hacia los costados. Nadie. Agustín ni pestañó. El flaco tenía en la mano, pegada a la pierna, una 9 mm. de color plata. Les hizo una seña para que se acercasen. Adolfo estiró el brazo y le ofreció las llaves del Peugeot. Adentro, dijo el rocho. Llevate el auto, pareció insistir Adolfo, con un nuevo movimiento de brazo. Adentro. Agustín se metió por la puerta del acompañante y Adolfo por la del conductor. El flaco entró por atrás y dio su primera orden: Arrancá.
Recorrieron una cuadra por Cullen, doblaron a la derecha y tomaron Triunvirato. ¿Cómo se llaman, che?, dijo. Le contestaron sin despegar la nuca del felpudo del apoya cabezas. Los frenó el semáforo de Roosvelt, a unos metros de la estación Villa Urquiza. Una mamá muy joven cruzaba con un nene de la mano y en el barcito de la esquina había un par de cincuentones tomando algo en las mesitas de la vereda. Eran las once y media de la noche.
- Pásenme las billeteras y los celulares.
Los chicos levantaron la cintura, sacaron las billeteras y se las pasaron. También los teléfonos.
Cuando el semáforo se puso en verde, con un tono de voz menos imperativo que hasta hacía unos momentos, con los brazos estirados sobre el respaldo del asiento trasero y las piernas abiertas, se los dijo:
- Quiero plata.
- Mucho no tenemos –se apuró en contestar Adolfo.
- No, Adolf, no entendés. No quiero vueltos: quiero plata de verdad.
Cruzaron las vías del Mitre y el Rosario que colgaba del espejo empezó a bailotear para los costados.
- ¿Son creyentes?
- Sí –dijo Adolfo.
- Yo no – devolvió el de atrás – ¿Y sabés por qué? Porque ni a Dios ni a la iglesia les importa un carajo las miserias de la gente.
En Triunvirato y Olazábal los paró otro semáforo. A la izquierda, en la Esso, había una fila de autos para cargar nafta, y dentro del drugstore dos o tres clientes. En la esquina, en diagonal, un policía de la Federal con chaleco naranja hablaba por el handy que llevaba agarrado al hombro.
Arrancaron. Agustín miró hacia el policía pero en seguida puso la vista en el frente.
- Visa, American Express, el carnet del barrio cerrado Campos Verdes, OSDE. Bien, Adolf. ¿Dónde laburas?
- En una petrolera, en el centro.
- No te molesta que te diga Adolf, ¿no?
- No.
- ¿Sos abogado?
- Estudio Comercio internacional – Adolf tenía la pronunciación de alguien que pasó un largo tiempo en los Estados Unidos.
La tarjeta de un estudio jurídico, de un puterío cinco estrellas, de un diseñador web, de un rrpp y hasta de un comisario de la 33, rojas, doradas, sobrias, con y sin relieve, todas pasaban por las manos del rocho y terminaban volando por el interior del coche.
- Vos no venís tan bien, che –las palabras fueron para Agustín-, el que tiene la papa acá es tu amigo. ¿Qué hacés vos?
- Estudio abogacía.
- ¿Derecho penal?
- Comercial – contestó Agustín, que iba agarrado con las dos manos de la manija del interior del coche, a un costado de su cabeza.
El tipo se puso a silbar Juguetes perdidos, la canción de los Redondos. “Banderaaaas de mi cooooorazoooon”. Cuando llegaron a la avenida el Cano el flaco les ordenó que doblen a la izquierda. Por esa zona oscura no había un alma.
- ¿A dónde nos llevas? – dijo Adolf.
- A donde haya plata.
- No tenemos más que eso – insistió el que manejaba con un tono de voz forzado. Tenía la boca seca, la frente transpirada, y todavía no había mirado al ladrón ni siquiera por el espejito.
- ¿No te dijo tu mamá que si te roban tenés que entregar todo, que vos tenes mucho para perder y que yo nada?
- Sí, pero te juro que no tengo plata.
- ¿Con quien vivis? –de nuevo la voz de autoridad.
- Con mis viejos.
- ¿Dónde?
- En Nuñez.
Agustín miraba por la ventana y con la mano derecha hacía girar su anillo de compromiso.
- Te doy el auto– insistió Adolf.
- Tengo toda la noche, Adolf– y de nuevo la melodía de Juguetes perdidos con un afinadísimo silbido.
- Por favor –imploró Adolfo, y amagó con dar vuelta la cabeza para ahora sí mirarlo a los ojos.
- Mirá para adelante, papá –le indicó con el brazo-. Demos unas vueltas que ya se te va a ocurrir algo.
Tomaron Corrientes, pasaron Lacroze y después Jorge Newbery. A la altura de Dorrego se cruzaron un par de pibes de no más de veinte años que arrastraban unos carros llenos de cartón, papel, plástico y hierros retorcidos.
- Viste lo que te decía – les hizo acordar el ladrón – ¿dónde está el Dios de estos pibes?
Silencio.
A la cuadra, otra vez el tono de voz conciliador:
- ¿De dónde se conocen?
- Del fútbol.
- Tenés cara de gallina vos.
- Soy de Boca.
- Qué vas a hacer bostero vos, con esa papa en la boca.
Agustín no emitía sonido.
- ¿Se van de joda?
- Nos íbamos, sí.
- ¿A dónde?
- Por Palermo, no sé.
Doblaron en J.B.Justo en dirección a Libertador.
- Pisalo, Adolf. Dale mostaza a esta maquina de 50 lucas.
Adolf pisó el acelerador y en muy pocos metros el Peugoeot levantó 120 km por hora. Cuando descendían el puente que pasa por encima de Córdoba el flaco despegó la espalda del asiento por primera vez. Adelantó el cuerpo y acercó la cabeza:
- Qué buenas putas que vienen a este boliche, hermano.
Adolf, por primera vez, lo miró por el espejito. Tendría unos 30 años, el pelo corto y prolijo, estaba recién afeitado, tenía tez oscura, cuidada, y una expresión muy segura en el fondo de los ojos negros.
- ¿Esperanto? -dijo Adolf, otra vez mostrando control de si mismo, mirando hacia su izquierda.
- Sí, papá. La última vez que vine me llevé una pendeja tan viciosa que me tomó diez gramos de frula. No sabés como quedó esa nena.
Los paró el semáforo. El rocho se dio vuelta para mirar las luces de neón violetas de la puerta. Los chicos aprovecharon para cruzarse una mirada que duró una milésima de segundo.
- Qué de falopa que corre ahí adentro, mamita. ¿Ustedes toman?
- Un par de tragos –dijo Adolf.
- Merca, papá, no escabio.
- Ah, no. Merca no.
Arrancaron.
- ¿A qué se dedica tu viejo, Adolf?
- Tiene una empresa.
- ¿De qué?
- Exporta aluminio.
En la esquina de la avenida Santa Fe había un patrullero con la licuadora prendida. El rocho se corrió hacia su derecha y ordenó que paren al lado del móvil policial. Agarró la 9mm plateada y bajó la ventanilla.
- Buenas noches, oficial –el ladrón se asomó con su mejor cara de muchacho de provincia.
El policía que estaba sentado al volante, un oficial muy joven que forzó un gesto de autoridad en su cara cansada, hizo la venia.
- ¿Libertador?
Adolf y Agustín, ahora sí, pudieron mirarse a los ojos. “¡Qué querés que haga!”, pareció ahogar el grito Agustín, girando obsesivamente el anillo alrededor del dedo. Frente al 206 se paró un pibito a hacer malabares con tres pelotas de goma. El oficial le pegó una mirada al coche, frunció el seño, recorrió con mirada canchera el auto, y le dio la indicación al de atrás:
- Por esta derecho al fondo.
- Muy amable, oficial. Buenas noches.
Adolf arrancó tan rápido que el pibito malabarista tuvo que pegar un salto para que no lo pase por encima.
- Es una guerra, Adolf: nosotros contra ellos –dijo el negro, otra vez tirado en el asiento de atrás-. Tengo amigos en la fuerza y te aseguro que son un ejército de delincuentes con chapa y pistola. Si vos te crees que se la van a jugar por vos estás equivocado.
Llegaron a Libertador y doblaron a la derecha. Adolf se pasó el antebrazo por la frente. Los pantalones de jean se le pegoteaban a las piernas. A las cinco o seis cuadras aminoró la velocidad y estacionó el auto en la vereda de la parte de atrás del zoológico.
- ¿Quién te dijo que frenes?
- Disculpá, pero estoy muy nervioso.
Salvo una parejita que se fundía en un abrazo de besos a unos diez metros de distancia, en la cuadra no había nadie.
- Vamos a tu casa, Adolf –tiró el de atrás, ahora sí, con mucha determinación.
Silencio.
- ¿Están tus viejos? –insistió.
Agustín, por primera vez desde que los había levantando en la esquina de su casa, dio media vuelta y buscó la mirada de su amigo.
- ¡¿Están tus viejos?! –pegó el grito el ladrón, con el fierro en la mano.
- No –dijo Adolf a punto de quebrarse.
- ¡¿Hay guita en tu casa?! – volvió a gritar el rocho.
- ¡No!
Agustín se abalanzó sobre su amigo y le empezó a tirar manos que pegaban en cualquier parte: “quiero irme a casa, Adolfo, basta, por favor, entregále todo, la puta que te parió”.
- ¡Tranquilo, guacho! –reaccionó el rocho y le pegó un cortito en la nariz con la culata de la pistola que lo hizo volver a doblarse sobre su asiento.
- ¿Núñez dónde?
- A unas cuadras de la cancha de River.
- Vamos.
El Peugeot azul metalizado con llantas deportivas, tacometro y relojes de medición, hizo dos cuadras por Libertador, dobló a la izquierda a la altura del parque japonés y retomó para zona norte de la capital por Figueroa Alcorta. A las pocas cuadras, frente al planetario, el rocho activó un nextel que sacó del bolsillo del pantalón de vestir. Después del beep, dijo:
- Pájaro, vamos para Núñez. Te esperamos pasando la Ypf de la Pampa.
- Listo –dijeron del otro lado de la línea, también después de un beep.
El negro le pidió a Adolf que pusiese música. Adolf abrió la guantera y le pasó el estuche de discos.
- No te puedo creer –dijo el de atrás cuando se puso a revisar los compactos-: el Indio.
- Es de mi hermana.
- Ponélo.
El sonido sucio y rabioso de las guitarras del Indio Solari y los fundamentalistas del aire acondicionado invadió el interior del coche.
- Poné más fuerte, papá.
Más fuerte.
- ¿Fueron a ver al Indio alguna vez?
Adolf dijo que no con un movimiento de cabeza.
- Ese es diferente, Adolfito. Te transporta a otro planeta.
A la izquierda se veía una caravana de coches con los faros prendidos paseando por el Rosedal. Un par de travestis levantaban los brazos y movían las caderas como si estuviesen en la fiesta anual de la revista Gente.
- Con Palermo y el barrio cerrado no alcanza, Adolf. Hay que salir del taper –teorizó el ladrón, mirando hacia el lago -. Yo voy a bailar a la costanera como ustedes, es más, quizás alguna vez te pedí fuego o te crucé en el baño, pero también voy a la Plata a ver al Indio con los pibes.
Pasaron por debajo de un puente y cuando salieron de una curva en S vieron que en la esquina con Dorrego había una pinza de la Federal.
- Que no nos paren porque empiezo a los corchazos –amenazó el rocho, otra vez con el fierro en la mano.
No los pararon.
- Dejanos ir –insistió Adolf mientras se volvía a pasar el antebrazo por la frente.
- ¿Dónde tienen la guita tus viejos? – se volvió a endurecer el ladron.
- Por favor.
- ¿Saben que el Indio vive en Parque Leloir, con cámaras de seguridad, varios rotwailers, paranoico las veinticuatro horas?
Nada
- Se la tomó toda. Por eso vive en una jaula. Pero es un artista de la concha de su madre. Pero siempre, sabelo, desde la época que repartían tortitas de ricota todo el mundo de ácido, le sacó varios cuerpos de ventaja a todos los demas.
- Por favor, señor –imploró Agustín con un hilo de voz, acurrucado contra la ventana de su lado, agarrado con las dos manos de la manija.
- ¿Dónde tienen la guita tus viejos? –otra vez el tono de voz imperativo.
- En su habitación.
Cruzaban la Pampa y seguían sonando los fundamentalistas.
- Frená ahí –le ordenó, unos cien metros pasando la Ypf, a un costado del Parque Guemes desolado y verde oscuro. A los pocos segundos apareció una moto de alta cilindrada con un tipo arriba. Bajó y se metió en el auto.
- Dame las llaves de tu casa, Adolf.
El chico volvió a abrir la guantera y le pasó las llaves.
- Ustedes se quedan piolas con el Pájaro. Y no se hagan los héroes porque éste te pone de verdad.
Le dio una cachetada amistosa en la cara a Adolf, y bajó.
- Arrancá – le ordenó el Pájaro, un hombre de unos cuarenta años, chupado, y de rulos-. Y bajá esa mierda –por la música.
Hicieron unos trescientos metros y doblaron a la izquierda en Monroe. Los hizo frenar frente a una plaza.
- Ya estamos, Pato –informó el Pájaro por el nextel.
- Pasame con Adolfito –dijo el otro, que venía unos metros atrás – ¿qué calles, papi?
- Cazadores y Blanco Encalada, la casa de la esquina, de dos plantas, reja verde.
A los dos minutos, el negro estaba adentro de la casa.
- No tenés casa, Adolfito, la concha de tu madre. La que te saque hoy la recuperan en dos días.
- Decile dónde está la guita –ordenó el Pájaro.
- Primer piso, la habitación del fondo. Que busque dentro del placard que tiene que haber una caja fuerte –Adolf tenía que esforzarse para que se le entendiese. Tenía la espalda empapada y una piedra en la panza. El Pájaro le apretaba las costillas con una pistola 45.
- Estoy subiendo las escaleras. ¿Quién es la rubiecita de la foto?
- Mi hermana.
- La que le gusta el Indio.
- Sí.
- ¿Cómo se llama?
- Laura.
- ¿Tiene novio?
- Sí.
- Debe ser rugbier el puto ese.
- Dale, loco –le gritó el Pájaro, acercándose a la boca el nextel que Adolf tenía en la mano.
Agustín se revolvía sobre su asiento, seguía con el anillo, y estaba muy agitado. El hombre le pegó un cascarrón en la cabeza y le dijo que se quede quieto.
- Estoy adentro.
- Más vale que no nos estés chamuyando porque te quemo –le avisó el Pájaro al dueño del coche.
- Acá está la caja –dijo el negro.
El Pájaro le manoteó el nextel a Adolfo.
- ¿Y?
- Hay billetes de todos los colores, papá.
- Bajá.
Por Monroe pasaba un auto cada tanto. La zona es tranquila y salvo un vecino que arrastraba con una correa a un ovejero atolondrado, no había nadie más.
- Escuchen una cosa, guachos. Ahora se quedan sentaditos en el coche una media hora, ¿tamos? –les dijo el pájaro, mientras se sacaba una mecha de rulos de la cara -. Metan la cabeza entre las piernas.
Los chicos pusieron los pies sobre los asientos y las cabezas entre las piernas.
Apareció el negro arriba de la moto. El Pájaro se bajó, cerró de un portazo y se acomodó detrás de su compañero.
El negro chistó una, dos veces. Cuando Agustín levantó la cabeza le hizo señas a para que baje la ventanilla. ¡Adolf!, gritó. Cuando el dueño del coche levantó la vista, y el otro le enganchó la mirada triste y ultrajada, le sonrió, y le dijo:
- Cuidate, papá. Y haceme caso: andá a ver al Indio.


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