Los hermanos Poncio (capítulos I, II y III)
UNO
El informante les aseguró que dentro del chalet habría por lo menos cien mil dólares. El dueño de casa tenía una financiera en el micro centro y ese fin de semana iba a tener el efectivo con él. Los esperaron dentro de un coche, y cuando su esposa bajó de la camioneta para abrir la puerta del garage, los encañoraron. Entraron dos y un tercero se quedó de campana en el auto.
Era la primera vez que robaban en Villa del Parque. Habían hecho un trabajo de inteligencia breve. Solo tres visitas para conocer los horarios de los dueños de casa, la puerta de entrada, el fondo, los vecinos, las posibles vías de escape. Y contaban con un poroto a su favor que les aseguraba en un noventa y cinco por ciento el éxito de la operación: el comisario de la jurisdicción les liberaba la zona por media hora.
- Dame la guita y nos vamos– le dijo Marcos al financista, un tipo joven, alto, que trataba de mantenerse en calma.
Estaban los cuatro en la cocina, un ambiente amplio, con una mesa de trabajo en el medio, una mesada de mármol en L, alacenas de madera, dos heladeras, y mosaicos blancos en las paredes y en el piso. Habían prendido la luz del comedor diario y cerrado las cortinas de la ventana que tenía vista a la calle. Ya les habían sacado las billeteras, celulares, cadenas y anillos.
- Acá no tengo efectivo –mintió el flaco.
- No me chamuyés porque te quemo–le dijo Marcos, y le puso el caño de la pistola 9 mm en la sien-. Decime dónde está la guita, la concha bien de tu madre –e hizo presión con la punta de la pistola sobre la cien de la victima.
El uruguayo tenía a la señora del financista agarrada de los pelos. Era rubia, flaca, y de cara bonita. Arrodillada en el suelo, reprimía el llanto y el dolor como podía.
- No nos lastimen –rogó el flaco, aterrado.
- Entonces entregá la plata – dijo el uruguayo, y tiró del pelo de la mujer hasta hacerla levantar del suelo.
Los cuatro subieron las escaleras y en el primer piso de la casa, a la derecha, en el escritorio, el financista, después de prender un velador, y pedir permiso para abrir con llave la puerta de un placard, sollozando, con hipo, les pasó unos noventa mil dólares divididos en unos cuantos fajos que tenía guardados dentro de un sobre papel madera.
- Me van a matar por esto –dijo el flaco.
- No llores más, puto –le dijo el uruguayo –por la guita no se llora.
- Encerrálos en el baño –ordenó Marcos, mientras guardaba la plata en un botinero.
El uruguayo los metió en el baño en suit de la habitación matrimonial, y cerró con llave. Se acercó a la ventana, la abrió, y después de mirar para abajo, la dejó caer en el jardín, contra la medianera.
Revolvieron armarios, cómodas y cajones. Levantaron el somier, vaciaron los cajones de las mesitas de luz y buscaron dentro de las cajas de zapatos y entre los vestidos de la mujer que colgaban dentro del vestidor. Metieron joyas, relojes, una lapicera con capuchón de oro, y otro poco de efectivo en el botinero, y camuflados con frazadas y sábanas, también se llevaron un televisor de pantalla plana, dos dvd y una laptop.
Desde el baño el único sonido que llegaba era el hipo de ella. Desde la calle, nada.
Cuando estaban bajando las escaleras el uruguayo pegó un chistido: ya voy. Subió los tres escalones que ya había hecho, dejó los bultos sobre la alfombra, y desapareció. Marcos dudó un segundo, pero dio media vuelta y fue hasta el auto.
A los tres minutos exactos, Marcos abrió la puerta del coche. Cuando puso los dos pies sobre la vereda, el uruguayo salía por la puerta del garage, con el plasma debajo del brazo.
- ¿Dónde te metiste, hermano?
– Les dejé un regalito –dijo, con una sonrisa perversa dibujada en la cara chupada, y pálida.
El que manejaba el auto, el Mono, lo miró por el espejo retrovisor.
- Les dejaste un garco en la cama.
El uruguayo ya se había prendido un cigarro y, recostado sobre el asiento de atrás como si estuviese por irse de vacaciones, tiraba el humo por la ventana.
- En toda mi vida no conocí un tipo tan resentido como vos, uruguayo –le dijo Marcos, con la vista puesta en el frente.
El mono puso primera y arrancó. Cuando dieron la vuelta en la esquina, el uruguayo sacó medio cuerpo por la ventana y pegó un grito de guerra que se escuchó en casi toda la manzana.
DOS
- Ahí vienen.
- ¿Dónde?
- Allá – Marcos estira el brazo -. Ahora van a aparecer por ese caminito que está al costado de la escuela.
- No me digas que viene otra vez con la nena – dice Agustín.
- Sí, te digo – confirma Marcos.
- A ver…
Agustín agarra los binoculares y hace foco. Se separa unos centímetros del aparato, los mira como si anduviesen mal y se los vuelve a calzar frente a los ojos:
- ¡Que vieja de mierda y la concha de su madre! –se aleja unos centímetros de la reja y le pega una patada que la hace vibrar como si fuese de cartón.
Los hermanos Poncio están en el balcón terraza de uno de los tantos edificios levantados frente al parque Las Heras, sobre la avenida Coronel Díaz. En el último piso vive Marcos, el hermano menor, con su novia, una brasilera de veinte años. Son las diez de la noche de un viernes y hace frío. El cielo está taponado por una capa de nubes de color rosado y el viento sopla con fuerza. Una lata de cerveza Quilmes de medio litro se arrastra por las baldosas de la terraza.
- La trae para cubrirse, loco, ¿o vos no sabés como es esto? – Marcos se da vuelta y queda frente al hermano.
- Ya sé, pero no da -Agustín se acomoda con las manos la gorra jamaiquina que le cubre la cabeza-. No me cabe que venga con la nena. Y el otro día se lo dije.
- ¿Y yo que te dije? -retruca Marcos-. ¿Qué te dije? – repite, con el dedo en punta.
Agustín camina hasta la mesa ratona que está en el medio de la terraza. Se llena un vaso de whisky, le pone dos hielos, toma un trago y desde ahí, a unos tres metros de distancia, insiste:
- La nena tendría que estar mirando dibujitos, no caminando de la mano de una tranza a las diez de la noche.
- No empieces de nuevo con esa historia –se queja Marcos, de espaldas, perdido en el paisaje nocturno de los binoculares. Las zapatillas Nike de trescientos pesos, nuevas, brillan.
Suena el celular de Marcos. Lo saca del bolsillo del pantalón y atiende: “Hola, bebé”. Camina hasta donde está su hermano y le pasa los prismáticos. Pasea por la terraza, se ríe, frena, vuelve a avanzar, “te compré un conjuntito rojo”. En el fondo de la terraza se cruza con la lata de cerveza, le pega una patada y la estampa contra la enredadera que cubre la pared del fondo.
Agustín va hasta la baranda, se agacha, apoya la espalda contra los hierros de color verde, y saca de la campera de jean un papel glacé plateado. Lo abre: le queda poco pichi. Con la cédula de identidad que saca de la billetera carga un tirito y se lo aspira de un saque. Cuando se para, pega un nariguetazo que le termina de bajar a la garganta el gusto ácido de la cocaína.
Marcos cierra el teléfono, se lo guarda en el bolsillo y camina hasta la reja. “Limpiáte la nariz, nene”, le dice al hermano. Agustín se pasa la mano por la nariz. Marcos le saca los binoculares de las manos, se apoya contra la baranda y vuelve a enfocar hacia la plaza.
- Ahí están… – con el dedo marca hacia una arboleda que está a la izquierda, al costado de las canchitas de fútbol de Marangoni. Y agrega:- siempre anda con ese bolso del orto del año veinte.
- Bien que cuando muestra lo que hay adentro se te abren los ojitos como a un nene – dice Agustín, y se aleja hacia la mesa de hierro blanco.
- Capaz que a vos no.
Agustín se toma un trago de whisky. Se acomoda la gorra, tira para atrás la cabeza y toma aire fresco: un escalofrío le sacude el cuerpo. Vuelve a la baranda.
- La otra vez le compramos dos kilos de merca, loco, ¡dos kilos!, y no nos quiso bajar ni un solo peso –el grandote se acomoda la gorra-. Y encima se trae a la nena.
- Estás tomando mucha milonga, nene –le dice Marcos.
- ¡Chupáme la pija, guacho! –reacciona el grandote-. ¡No me quemés más la cabeza con el pichi!
- ¡¿Que te pasa grandote salame y la concha de tu madre?! –Marcos se abalanza sobre el hermano y queda a un centímetro de su nariz -: a ver si la entendés de una vez, vieja… –se aleja un poco, mueve el brazo, escupe- esto no es un compra venta de salchichón: la reventada esa es la que corta la pizza; parece un mulo pero no es ninguna gila. Si la llegas a bardear, se pudre todo.
Abajo, en la calle, se escucha el paso de un camión al que le cuesta demasiado hacer la subida de Coronel Díaz. El cielo está cada vez más taponado y espeso.
Agustín, como cada vez que su hermano le pone los puntos, baja la cabeza y mastica odio. Levanta la vista y, sin desafiarlo, pero con tono seguro, le dice -: está bien, pero decile a la vieja que no traiga más a la nena.
Una correntada de aire hace revolotear las copas de los árboles del parque. La lata de cerveza, al fondo, pega saltitos contra las baldosas.
Suena el timbre.
TRES
Los hermanos Poncio son de Villa Urquiza. Agustín vive con la madre en la misma casa donde nació, creció y se educó. Tiene treinta y tres años y no estudia ni trabaja: vende cocaína. Es tan grandote que se lo ve venir desde la otra cuadra. Camina con trancos largos, pausados, y siempre anda con una gorra de hilo con los colores de Jamaica adherida a la cabeza. En la intimidad, dentro de las cuatro paredes de su habitación, parece una morsa, todo el día tirado en la cama, fumando, tomando agua. Pueden pasar dos o tres días enteros en los que no hace otra cosa que dormir, o hablar por teléfono con la mirada perdida en el techo. Sólo sale de su habitación para ir al baño o a la cocina. Pero en la calle es otra cosa: buen humor, chispa, risa fácil. Se hace querer porque es un tipo gamba, nunca te deja tirado, y es el último en irse, siempre.
Nunca tuvo novia. No es el tipo más lindo de la cuadra: ojos saltones, la cara redonda como una galleta paraguaya y con algunos pocitos en la piel, muy alto, con las piernas torcidas para adentro. Su peor enemigo es la timidez. El tiempo fue pasando, los pibes se pusieron grandes –él y sus amigos-, y mal que mal todos terminaron al lado de alguien. A cómo a él le costaba más de la cuenta fue por la fácil: putas. Un tiempo con una, después con otra, rubias, morochas, tanto pendejas de secundario completo, o a punto, con piercings diminutos en la nariz, padre, madre, clase media, lomo de gimnasio, o reventadas de un bulín de Chacarita o la Paternal, no tan duras de piernas y pechos vírgenes, pero sí con mucha calle. A veces se pasa dos días dentro de un telo. Ella, tomándo, mucho, de la mejor. Él, acompañado, física y emocionalmente, también tomando. Durante el último tiempo anduvo enganchado con una mina que tenía un piso sobre la avenida Callao, que no se le despegaba ni un solo minuto, pero de un día para otro lo largó por otro, que también tenía la bolsa, pero también dos boliches en la zona norte.
Agustín Poncio vende falopa hace diez años. Trabajó menos de un mes en un restaurant como ayudante de cocina pero como no le pagaban muy bien se las tomó a las dos semanas. Hace no mucho tiempo atrás su hermano Marcos accedió y le dio trabajo en la pizzería. Pero tampoco se la bancó. El otro no lo dejaba tomar, y éste se quejaba por eso, y también por la paga. Lo suyo es la calle. Ahí sí que el grandote es el grandote. Cuando arrancó era un papel, dos. Después una bolsita de cinco o diez gramos. Y al tiempo cien o directamente panes de medio kilo de merca. Y no lo hacía para hacerse millonario: lo que importó siempre fue –y sigue siendo- tener la bolsa. En una noche puede ganar mil, dos mil o tres mil pesos limpios. Pero se las delira con la misma facilidad con la que las ganó. Hay noches que no le queda ni para los cigarros. De vender papelitos en el pool pasó a recorrerse la ciudad de punta a punta llevando droga de primera a los mejores boliches, casas y fiestas. Lo pasan a buscar en auto, en moto, o le mandan taxis.
El grandote es un imán: se le pegan todos. Lo buscan, lo llaman, lo invitan.
Sus amigos, los pibes con los que creció, también consumen, pero menos. Y no venden. Ninguno estudia pero la mayoría labura. Dos tuvieron hijos. Le hablaron mil veces, se la quisieron hacer entender, dejate ayudar, grandote, vas a explotar como un sapo, porque no te internas un tiempo, le proponen. Pero nunca dio el brazo a torcer.
La madre, Clara de Poncio, hace tiempo que perdió la pelea. La mujer nunca fue de hablar mucho, más bien callaba, pero cada tanto reventaba y lo ponía contra la pared, desesperada. “Sos la sombra de mi hijo”, le gritó una vez en la puerta del baño, tirándose de los pelos. El grandote la abraza, le dice que va a estar todo bien. La señora se cansó y asumió que no iba a poder, que lo mejor era cuidar hasta donde pudiese a su hijo. Le hace la comida, le plancha la ropa, le prepara el bolso cuando se va a desintoxicarse por unos días a lo de un amigo que vive en el campo: te puse unos sándwiches en una bolsa y un buzo para que te abrigues a la noche. Eso si, una tarde, sentada en el living de su casa junto a una hermana, confesó: por lo menos no roba.
Acerca de esta Entrada
You’re currently reading “Los hermanos Poncio (capítulos I, II y III),” an entry on Los hermanos Dios
- Publicado:
- Mayo 24, 2009 / 4:23 pm
- Categoría:
- Textos Mariano
- Etiquetas:
3d Comentarios
Ir al formulario de comentarios | comment rss [?] | trackback uri [?]