Los hermanos Poncio (capítulos IV, V, VI y VII)

CUATRO
- ¿Qué tal, Antonia? – la recibe Marcos, y le hace una seña para que pase.
La mujer, que tiene cincuenta años y parece de setenta, menuda, dos ojos negros que parecen dos bolitas de alquitrán, agradece y pasa. En una de sus manos trae el bolso de cuero. En la otra, a la nena.
- Frío, ¿no? –dice el dueño de casa mientras camina hacia el comedor con las dos mujeres a su espalda.
- No se puede creer –se queja la señora, con la voz rasposa, los dientes marrones por el tabaco -, ya tendría que empezar el calor.
La nena trae puesto un vestidito blanco, con unos dados de color rojo pintados a mano. Arriba lleva puesto un saquito de hilo y unas zapatillas de lona. Es alta, espigada. Se acaricia las uñas con la yema del dedo gordo, una por una. Y en ningún momento levanta la vista.
- ¿Cómo andan los pibes? – pregunta Marcos.
- Más o menos –Antonia saca un paquete de Derby suaves de uno de los bolsillos del jean-. A los mellizos parecía que los largaban pero la causa se trabó no sé por qué historia rara. Ahora hay que esperar –prende el cigarro, le pega una pitada, se guarda el encendedor y el paquete, tira el humo hacia el techo -. Anda a esperarme afuera – le ordena a la nena mientras escupe el humo.
A Marcos le suena el celular. Atiende y dice que ahora no puede. Corta. Prende el equipo de audio y pone cualquier emisora de radio.
La nena da la vuelta por un pasillo y encara para la terraza. Abre la puerta corrediza y sale. Agustín está jugando con los dos hielos de su vaso de whisky. Cuando la ve, le sonríe, y se le acerca.
- Hola chiquita.
- Hola.
La nena salta en su lugar. Abre y cierra las piernas como en una clase de gimnasia. Golpea sus manos contra una figura imaginaria de su misma estatura mientras tararea una canción. El grandote le saca cuatro cuerpos, parece una heladera industrial. Hace una carpa con una de sus manos y se prende un cigarro. Se agacha y se pone frente a la nena.
- Ya nos vimos dos veces y no sé cómo te llamas.
- Clara – contesta ella, siempre en movimiento. Se distrae con la gorra jamaiquina del grandote.
- ¿Te gusta? –él se toca la gorra, la acomoda con las dos manos.
- Más o menos.
- ¿Querés tomar algo? –Agustín pita su cigarro.
- Coca.
- Esperáme acá.
Agustín se para, le pega una última pitada a la colilla, la hace volar con los dedos y abre la puerta corrediza. Cuando pasa por el comedor, frena. Su hermano menor y Antonia se dan vuelta para mirarlo. En la mesa de vidrio hay cuatro ladrillos de cocaína de un kilo cada uno, prensados en papel madera y envueltos con cinta aisladora. Con la punta de una navaja, Marcos levanta un poquito de merca del único paquete que está abierto y la deja caer sobre el vidrio. Es rosada y brillante
- ¿Qué tal, Antonia? –le tira Agustín, mirándola a los ojos.
- Acá me tenés, nene, trabajando.
- ¿Vino bien el pichi? -pregunta el grandote de mala gana, mientras con un uña rasquetea una mancha que hay en la pared.
- No sé, ¿vos que decís? – devuelve Antonia levantando las cejas en dirección a la mesa.
- Andá, Agustín –ordena el hermano menor, con la punta de la navaja a un centímetro de su nariz, a punto de probarla.
Agustín da media vuelta y se va.
Entra a la cocina, saca de la heladera la coca de litro y medio, la abre, llena un vaso hasta el tope y lo deja sobre la mesada. La efervescencia de la gaseosa rocía el mármol. Le llega un mensaje del uruguayo. “En una hora estoy”, responde. Cierra el teléfono. Guarda la botella y cierra la puerta de la heladera de un portazo. Saca su papel del bolsillo de la campera, lo abre y carga un toquecito de merca con la uña del dedo meñique. La acerca a la nariz y aspira. Carga de nuevo y toma del otro lado. Se moja la yema el dedo con la lengua, lo apoya sobre la alfombrita blanca y de nuevo a la boca. Se pasa la lengua dormida por los labios. Cierra el papel y lo guarda en la campera. Sale de la cocina y pasa por el comedor sin mirar ni decir nada.
Cuando abre la puerta de la terraza ve a la nena subida a una banqueta, con la baranda a la altura de la cintura, medio cuerpo afuera, mirando hacia el parque con los prismáticos. El saquito se le levanta por la fuerza del viento. Agustín deja el vaso de coca en la mesa ratona y camina rápido hasta la baranda. Agarra a la nena de la panza con las dos manos y le dice que se puede caer.
- Dejáme –se queja ella. Y se despega de las dos manos del gigante.
Él le aprieta la cintura, le arruga el vestidito.
- Bajá – le ordena. La levanta y la pone en el piso. Una ráfaga de viento revolotea los pelos lacios de la nena y le deja un mechón sobre los ojos.
-¿Quién te pensás que sos? – aprieta ella, con pose de adulta, mientras se agarra el pelo con una hebilla.
- Agustín… ese pienso que soy – dice él con cara de payaso -. No te subas a la baranda. Si querés mirar, hacelo desde acá… mirá – Agustín se agacha y pone la cara detrás de la baranda: – desde acá se ve joya.
- Tenés merca en la nariz –le dice ella mientras se agarra otra parte del pelo, con otra hebilla.
Otra ráfaga de viento, más fuerte que la anterior. Las copas de lo árboles se mueven como si fuesen de papel. La lata golpea contra las patas de la mesita de hierro blanco, en el medio de la terraza.
- ¿Cuantos años tenes, Clara? –el grandote se limpia la nariz con la mano.
- Diez.
- Sos muy chiquita para hablar de esas cosas.
- No soy chiquita.
Agustín se para. Apoya las manos en la baranda y mira hacia el parque. Se acomoda la gorra de la cabeza y dice:
- En la mesita te dejé la coca.

CINCO
Marcos también creció en Urquiza. Fue a la misma escuela y al mismo colegio que su hermano pero no sólo no repitió sino que hizo toda la secundaria de un saque. Hizo amigos, conoció chicas, y, en general, la pasó bien. Cuando estaba en tercer año empezó a parar con los amigos del hermano, y el hermano. Y al poco tiempo tuvo que pagar derecho de piso: una noche, tarde, en la plaza, el Piturro lo bolaceó porque andaba con una minita a la que ya se habían curtido más de uno. Y el menor de los Poncio se le plantó. Cobró de lo lindo pero también pegó. Agustín no se metió. Al poco tiempo, en un recital de La Renga en la cancha de Platense, y por otra minita, se armó una batalla campal a un costado del escenario. Marcos estuvo al frente de la pelea y le rompió la mandíbula a uno y varias costillas a otro. Chizo, el cantante de la banda, frenó el recital para que se calmaran los ánimos. A Marcos le tuvieron que acomodar el tabique y darle un par de puntos en la cabeza pero a partir de esa noche, antes de delirarlo por pendejo, bagallero, o narigón, hubo que pensarla dos veces. El grandote, a pesar de ser un ropero, casi dos metros de altura, más de cien kilos de peso, pasó a ser su sombra. Dentro y fuera de la casa.
Marcos empezó a trabajar cuando todavía cursaba cuarto año. Le pidió un poco de plata a la madre, un amigo le dio el resto y en menos de una semana se compró una chata con la que hizo fletes en una colchonería. Poncito, le decía el patrón, un tano que le había tomado cariño. Marcos siempre andaba con las pilas puestas, inquieto, ansioso, iba y venía por varios barrios de la capital federal, con la cumbia a todo lo que da dentro de la cabina de la camioneta. Era responsable y cumplidor. Tomaba merca sólo los fines de semana. Y cuando la mezclaba con el alcohol terminaba fajando a cualquiera que lo mirase mal.
La noche que les reventaron la casa marcó un antes y un después: mataron un policía cayó en Nuñez cuando intentó frenar un asalto, y a la otra noche la Federal allanó media ciudad. A Marcos le habían dejado el fierro que se había usado para el robo, y a las pocas horas, después de las redadas, alguien lo cantó. Resultado: un año preso por tenencia de armas de guerra, encierro que resultaría determinante para su vida. Por un lado, sin la ayuda de nadie, y con mucha confianza en si mismo, dejó la falopa. Entendió que lo mejor que podía hacer era traficarla, dedicarse a hacer plata, y para eso, sí o sí, tenía que dejar el vicio de lado. Y en segundo lugar, el paso por la tumba le permitió tejer muchas relaciones con tipos que después, al tiempo, serían con los que saldría a robar, en especial, casas y comercios.
A Poncito las minas se le pegaban como moscas. Iba al gimnasio, tomaba anabólicos y comía sano. Con la guita que generó en poco tiempo lo primero que hizo fue irse a vivir solo. Cambió la camioneta y después de asesorarse con un conocido que era contador decidió invertir en una pizzería que abrió en el barrio de Palermo –la madre, hoy, es la encargada-.
Agustín es el principal proveedor del hermano. Conoce gente. Consiguió una línea de primera que llega directamente de la provincia de Salta. El que hace negocios con él es un ex comisario que cumple funciones antinarcóticos en un destacamento fronterizo con Bolivia, una zona desolada a donde fue a parar después de una interna entre comisarios de la Federal: te la van a sacar de las manos, le dijo el tipo. Y tenía toda la razón: los últimos dos kilos se volaron en veinte días. Tanque. Ese es el apodo del contacto. Un ex comisario que tenía dos denuncias penales de parte de su ex mujer por haberle dado una paliza a ella y a dos de sus hijas, corrupto, cocainómano, y con muchos enemigos dentro y fuera de la fuerza. Más de una vez, cuando cumplía funciones en la capital, le liberó algunas zonas.
La única intermediaria entre Marcos Poncio, y el ex comisario, es Antonia.
Hace ocho meses que Marcos se alquiló un departamento en una de las zonas más paquetas de la ciudad: el parque Las Heras. Se fue a vivir con Camila, una brasilerita que conoció en la noche porteña.

SEIS
Llueve. Los gotones revientan contra las baldosas. El viento se arremolina contra la enredadera del fondo de la terraza y las hojas vuelan enloquecidas.
Agustín abre la puerta corrediza, pone un pie dentro del departamento y le hace señas a Clara para que lo siga. La nena se acerca y pasa. El grandote vuelve a salir y agarra el vaso de whisky de la mesita. Pega la vuelta y cierra la puerta de un tirón. Las gotas golpean contra la puerta de vidrio y caen hasta el piso formando hilos de agua.
Cuando pasan por el comedor, Antonia no se la banca:
- ¿No te dije que te quedaras afuera?
- ¡¿No escuchas como llueve, loco?! – reacciona el grandote con el brazo levantado en dirección a la terraza.
Antonia va a pegar el grito pero escucha la tormenta:
- Está bien, pero no quiero que la nena esté acá – y vuelve a lo suyo.
Agustín respira agitado. Le busca los ojos al hermano. Marcos no esquiva la responsabilidad de devolverle la mirada pero no dice ni hace nada. Antonia cuenta la plata.
El grandote toma el último trago de su whisky y lo deja sobre un mueble con un golpe. Agarra a Clara de la mano y encara para la pieza. Pasan por el baño y llegan a un pequeño hall que conecta dos piezas. Clara le tira del brazo porque se clavó mirando una foto que hay sobre una repisa: Marcos y su novia están sentados sobre una banana gigante, de goma, sobre la arena; ella, producida para la foto, en pose, sonriendo, labios carnosos, las tetas naturales y de buen porte, bikini blanca, el triangulito al fondo de las piernas bronceadas; él, a sus espaldas, mirando por encima de la cámara, distraído, rolex en la muñeca, crucifijo y soga de oro al cuello, el océano de fondo y el cielo limpio, muy azul. Vamos, le dice el grandote. Abre la puerta y pasan.
En la habitación hay una cama de una plaza, una mesita de luz con un velador, un escritorio debajo de la ventana
- ¿Qué es todo eso? –pregunta ella.
Dentro del placard que está frente a la cama, hay apilados, uno encima del otro, unos treinta potes de proteínas y carbohidratos de un litro cada uno.
- Son proteínas –dice Agustín, y se sienta en la cama. Se saca la gorra de jamaica, la calza sobre el dedo índice y empieza a hacerla girar. La gorra da vueltas a toda velocidad. Parece un basquetbolista de la NBA haciendo malabares con la pelota anaranjada. La nena mira la prueba del grandote pero no dice nada.
- ¿Para qué son las proteínas? – dice ella, y se acomoda una de las hebillas del pelo.
- Las usan los que van al gimnasio. Son buenas para los músculos – la gorra sale volando, se estampa contra la puerta del placard y cae sobre la alfombra.
Ella va hasta la ventana, se acomoda al costado del escritorio y, en puntas de pie, mira para afuera.
Nuevo mensaje en el celular del grandote: en un rato estoy por allá, Tano. Aguantame, responde.
- Llueve con todo – dice Clara, de espaldas.
- ¿A qué grado vas? – Agustín levanta la gorra del suelo, vuelve a la cama y apoya la cabeza contra la pared, el cuello torcido. Flexiona las piernas para no manchar la pared con sus zapatillas tamaño lancha porque su hermano es un enfermo de la limpieza.
- Quiero probarlas – dice Clara, mientras abre una de las hojas de la ventana.
- ¿Qué cosa?
- Las proteínas – Clara saca la mano y la deja en la intemperie. En pocos segundos se le empapa.
- No podes, Clara, es para grandes.
En el comedor, Antonia le comenta al dueño de casa, en voz baja, y algo divertida, que su hermano está un poco sacado. “No sé por qué se encarajinó con el tema de la nena”, confiesa Marcos. “Qué pasa con la nena”, quiere saber ella, con la voz rasposa. “Nada, que no le gusta que la traigas”. “Ese un tema mío, qué carajo le importa lo que hago con la nena”, escupe Antonia, ahora sí, sin que le importe que la escuchen.
Silencio.
“Escuchame, nene”, le dice ella, al minuto: “me cantaron un lugar, en provincia. Un mayorista. El primer lunes de cada mes manejan mucha plata para proveedores y sueldos”. Marcos la mira fijo. Sube dos puntos el volumen de la música.
- ¿El tanque nos puede hacer la segunda ahí, conoce a alguien para que nos dejen laburar tranquilos?
- No –dice ella-. En provincia no tenemos casi nada. Tenés que mandarte por las tuyas. Pero me dijeron que el boliche está regalado.
Marcos prueba con la navaja un toque más de la merca. Y a los pocos segundos:
- ¡Grandote!
- ¿Qué pasa? –el hermano se asoma por la puerta de la habitación.
- Traéla a la nena que terminamos.
- Ahora vengo –le dice el grandote a Clara, y sale de la habitación.
Cuando pasa por el comedor ve que su hermano está tomando nota en un cuaderno. Sigue de largo y se mete en el baño. Saca el papel del bolsillo de la campera, lo abre, y aspira todo lo que queda. Le pasa la lengua al papel como si fuese un perro. Lo abolla y lo tira al inodoro. Aprieta el botón y sale.
- Dale, papá.
- Ya va.
Cuando Agustín abre la puerta de la habitación Clara está sentada sobre la cama con las piernas colgando. Y sobre la falda tiene un frasco de proteínas, abierto. Con los dedos de la mano derecha prueba el contenido del pote.
- ¿Qué haces?
Clara se chupa los dedos.
- Dame eso – el grandote le quiere sacar el balde pero ella tuerce su cuerpo y lo esquiva.
Agustín va hasta la ventana y la cierra. Deja caer la persiana de un saque.
- Vamos que tu abuela se va – dice, y se acerca hasta la cama para agarrar su gorra.
- No es mi abuela.
- Ah, ¿no? ¿Y quién es? – el grandote se acomoda la gorra en la cabeza.
- La mamá de uno de mis hermanos.
- Bueno, no importa… vamos – ordena Agustín, y le ofrece la mano. Ella cierra el frasco, se levanta y pasa por al lado del grandote con el balde del lado de la pared para que no se lo quite. Corre por el pasillo hasta el comedor.
Agustín también sale. Mira la foto del hermano y la brasilera sentados en la banana, y encara para el comedor.
- ¿Qué onda? – le pregunta Marcos, inclinando la cabeza hacia su izquierda, donde está parada la nena, el pelo lacio y las hebillas, el vestido de dados rojos, el saquito abierto, el balde de proteínas entre sus brazos, la comisura de los labios blancos.
- Se quiere llevar un balde.
- No hay problema, pero lo tenés que tomar con la leche –le indica Marcos a Clara, forzando una voz tierna.
Antonia está lista. El bolso, más liviano que hace un rato, cuelga de uno de sus hombros. Se sube el cierre de la campera hasta el cuello. Tiene un derby suave agarrado entre los labios.
- Bueno, Marcos, nos vamos… fijate ese dato que te tiré –le recuerda ella -, cualquier cosita, avisame.
Marcos le hace una caricia en la cabeza a la nena, le repite lo de la leche, y encara para la puerta de salida, con las mujeres unos pasos delante suyo.
- Chau, nene – le dice Antonia a Agustín, cuando pasa frente a él.
Agustín le dice a Clara que se cuide, que se porte bien.

SIETE
- ¿Y? ¿Le dijiste? –aprieta Agustín.
- ¿Qué cosa?
- Que no la traiga más.
Marcos sube el volumen de la música.
- ¿Le dijiste o no le dijiste?
- ¡No le dije un carajo! –reacciona Marcos- ¿está bien? No le dije un carajo.
- Sos un salame, loco – dice Agustín.
Marcos agarra el pan de cocaína abierto y lo levanta en el aire como si fuese un cachorrito:
- ¿Ves esto que tengo acá? –y lo señala con la otra mano-, vas a ver como se te pasa todo, la vieja, la nena, la tormenta, y la concha de tu madre.
Agustín estira el brazo y le saca el bulto de la mano. Lo mira. Calcula su peso con una mano, después con la otra. Va hasta a la mesa y hace caer una pelota de merca sobre el vidrio. Con la navaja del hermano pica y peina una raya enorme. Se agacha, huele. Es rosa, no blanca, y despide un olor tan fuerte como el césped después de la lluvia. Se aprieta una fosa nasal con el dedo gordo y con la otra aspira con alma y vida. De lo larga que es la raya tiene que mover su cuerpo unos centímetros para tomarla entera. Endereza la espalda y toma aire hasta llenar los pulmones.
- Está rica, no, pedazo de logi –se relaja el hermano-. ¿Viste lo que es ese pichi?
De un cajón del mueble que tiene a su derecha, Marcos saca una caja de habanos Montecristo de tapa dura, con las letras en relieve, trabajadas. La abre. Adentro hay unos cincuenta gramos de flores de marihuana de un color verde selva. La resina de los cogollos despide un perfume muy dulce. Saca dos o tres flores y las pone sobre la mesa. Agarra una seda de la caja, deshace las flores sobre el papelillo, agarra con la navaja un poco de merca y espolvorea el faso con una pequeña lluvia blanca. Agarra la seda con las dos manos, enrolla y arma el porro de un tirón.
- ¿Fuego?
El grandote le da fuego.
El hermano pita, el cigarro cruje, la cabeza colorada que nace en la punta del porro crece y se come una parte del cilindro blanco. El hilo de humo espeso, grisáceo, se eleva hacia el techo muy lentamente. Marcos levanta la cabeza, cierra los ojos. Fuma dos o tres pitadas más. En la radio suena un Amor después de amor, de Fito Paez.
- Esto es veneno, papá.
- Viene del norte, loco, de allá para acá, directo, para nosotros -los ojitos de Marcos comienzan a achinarse -.
Agustín va hasta la pieza de las proteínas, saca dos botineros del placard, y vuelve. En el pasillo se lo cruza a Marcos, que entra en su pieza. De nuevo en el comedor apoya el botinero Nike sobre la mesa, lo abre y saca un paquete de bolsas de nylon, una cinta aisladora y una tijera de acero, de las de antes, color plata, pesada. La balanza electrónica, chata y japonesa queda adentro del bolsito. También el rollo de bolsitas y la cinta aisladora. El hermano, en la pieza, prende la televisión y se pone a cantar junto a un conjunto de cumbia que suena en vivo.
- ¿Y los pibes? –grita el menor de los Poncio.
- Deben estar en el pool.
- Como locos deben estar –Marcos se caga de la risa desde la pieza-, ¿sabían que hoy llegaba el pichi?
-Sí. Ahora voy para allá.
Agustín saca una de las bolsas de nylon del paquete y la deja sobre la mesa. Se saca la gorra y la hace volar hasta el sillón de cuerina negra. Agarra el pan de cocaína abierto y con la tijera le recorta el papel madera que le cuelga de los costados. El grandote empieza a transpirar. Agarra la bolsa de nylon, le pone el pan encima y con una de las hojas de la tijera empieza a raspar el cascote. Se le hace agua la boca. No pestañea. Le cae una gota densa desde la frente. Las sienes también comienzan a humedecerse. Putea. Se limpia con el brazo. Raspa un poco más y para terminar hace saltar una piedra del tamaño de una pelota de golf. Deja el paquete sobre la mesa, agarra la cinta aisladora, despega la punta, tira, y recién cuando despliega unos treinta centímetros, la corta con la boca. Se limpia de nuevo la frente. Con la faja sella el pan de cocaína abierto. Se arma otra raya, más chiquita que la anterior y se la toma. El resto lo tira en su bolsa. Calcula que debe tener un poco más de doscientos gramos. Corta otro pedazo de cinta y sella por segunda vez el pan.
Aparece Marcos.
- ¿Ya está?
Agustín guarda los dos panes dentro del botinero. El hermano canta, mete un pasito.
- Listo. Me voy a la mierda –Agustín anuda la bolsa de nylon y se la mete en los huevos.
- Decile al gallego que me llame –dice Marcos.
El grandote se pone la campera y la gorra:
- ¿La vieja te tiró algún dato para ir a reventar? –se juega el grandote.
- Andá, hermano –le dice, y le indica la puerta con el brazo.
Agustín da media vuelta, y sale. Marcos agarra su teléfono, encara para su habitación, y le pega un llamado al uruguayo. Le tira el dato del mayorista: que vaya preparando todo.


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