Los hermanos Poncio (capítulos VIII, IX, X y XI)
OCHO
Hace unos tres sábados, pasadas las dos de la tarde, Marcos encaraba para la cancha de Defensores con veinte tipos atrás. Por si hiciese falta la noche anterior habían dejado dos fierros en un kiosco que estaba cruzando la avenida Libertador.
Ese sábado, soleado, y de mucho calor, Defensores de Belgrano jugaba de local contra Cambaceres. En la cancha no había mucha gente porque el campeonato recién empezaba, y la mayoría de los socios y simpatizantes del club no tenían idea de la interna que se había desatado dentro de la barra.
- Yo lo encaro al Sandokan –les dijo Marcos a los pibes, a una cuadra de la cancha-. Si ellos no saltan, ustedes tampoco.
El menor de los Poncio había empezado a ir a ver a Defe con un par de amigos hacía no mucho tiempo atrás de la mano de dos pibes de la barra que había conocido en la calle. Apareció una tarde, y a partir de ahí no faltó a ningún partido. Fue a todas las canchas, llegaba primero y se iba último. A las pocas fechas se había ganado la simpatía de varios pibes. Por ser pendejo, por la falopa que movía, o por haberse reventado a trompadas con media villa una tarde que fueron a jugar de visitante a una cancha que estaba clavada detrás de una estación de tren del, Poncito tomó notoriedad. Esa misma noche, cuando volvían del conurbano, un par de pibes de la barra lo llevaron al furgon y le marcaron la cancha. Pero fue solo esa primera y única vez.
El que mandaba se llamaba Sandokan. Un tipo de unos cuarenta años, pelado, flaco, que fumaba un cigarro atrás de otro, y que hacía unos quince años atrás se había ganado un espacio de poder en la barra de River a fuerza de algunos golpes y varias traiciones. Pero ahora estaba en decadencia. Le importaba poco y nada los colores del club y la dirigencia quería deshacerse de él porque era muy ambicioso. Sólo le importaba hacer plata. Cinco mil pesos por partido, por las entradas, viajes y almuerzos.
Cuando los pibes que seguían a Sandokan se dieron cuenta de que venían por ellos no tuvieron tiempo para hacer nada. Los otros aparecieron por un costado, entonados, dispuestos a todo. Solo algunos quisieron plantarse pero cobraron para todo el campeonato porque los otros, aparte de ser más grandotes, los superaban en cantidad. Marcos encaró derecho hacia Sandokan. Cuando lo tuvo a tiro le amagó con la izquierda y, ni bien el otro se movió, lo acomodó tan bien con la derecha que lo hizo rodar por los escalones de cemento. La gente se apretó contra los vértices de la tribuna y algunos padres abrazaban a los nenes que les lloraban sobre los hombros. Zandokan había quedado contra la pared de cemento, debajo del alambrado. Marcos bajó al trote. Le dijo que se pare y, ni bien se levantó, y se paró de manos, primero lo volvió a hacer caer con un frentazo en la nariz y después, en el suelo, sentado sobre su pecho hundido, le dio tantas trompadas que le desfiguró la cara. El pelotón de la guardia de infantería, a dos metros de distancia, formada sobre el césped, ni se inmutó.
Esa tarde, Defe perdió tres a cero. Y Marcos, antes de subir los escalones, en dirección a los trapos rojos y negros que habían quedado abandonados sobre la tribuna abandonados, le cortó, de un tirón, la cadenita de oro que Sandokan llevaba en su muñeca desde el día que lo había conocido.
NUEVE
La Barrera es un pool tradicional de la avenida Triunvirato -a metros de la estación Villa Urquiza de la línea Mitre-, que sobrevivió el paso de tres décadas, en especial la de los noventa, cuando le edificaron, en la misma cuadra, una confitería a todo trapo, un Mc Donalds y una heladeria Freddo. Tiene las puertas abiertas las veinticuatro horas del día. Y por sus mesas pasaron casi todos los divorciados, cornudos, viudos, miserables e infelices del barrio. Allí se bebieron sus penas, le sacaron el cuero a parejas y amigos, y repartieron las culpas de sus fracasos durante días y noches interminables. El bar, donde trabajaron muchos empleados, pero pocos dueños, ahí está, intacto, con el mismo mobiliario color ocre, las mesas de pool, los baños de azulejos celestes y los mozos tristes con delantal blanco.
Tiene una barra para acodarse, o dejarse estar sobre unas banquetas, una repisa espejada con licores, whiskys y fernet, el salón principal con unas diez o doce mesas para sentarse a tomar un copetín o una Palermo de 3/4, leer los diarios, las revistas del corazón o el Palermo Rosa, y mirar Crónica en la pantalla de tv que cuelga en una de las esquinas, entre dos fotos: la Hiena Barrios de un lado, el chubutense Omar Narváez del otro.
Al fondo hay otro salón, detrás de una mampara, más chico, que el que da a la calle. Ahí paran los pibes. Tres mesas de pool de paño bordo con sus tubos de luz amarillenta, mesitas con asientos para tres y con respaldo de madera, enfrentados, y en el techo del sombrío salón, dos lamparones de luz blanca. Los pibes se juntan a las nueve o diez de lo noche y se quedan, no siempre, hasta media mañana del otro día, de lunes a lunes.
El gallego, el uruguayo y marianito juegan en la mesa de fondo, pegada al baño. Hay varios pibes sentados en los bancos con los brazos sobre la mesa y los cigarros humeando en el cenicero de lata dorada. Del celular de uno de los chicos suena cumbia y reggeaton.
El gallego es el que mejor juega. Una vez, un viejo cliente del bar, petiso, que siempre andaba con el mismo pantalón de vestir color crema, mocasines y anteojos culo de botella, que había jugado muchos años para un club social del barrio de Agronomía, lo tentó para que se profesionalice.
- Te busca el Tucu– marianito le habla al uruguayo al oído.
El uruguayo tira y emboca. La bola entra de lleno, como por un tubo, y hace sonar la ratonera:
- Traélo.
Marianito sale y al minuto aparece con el tucumano.
- ¿Qué haces vos por acá?
- Ya sé, hermano, pero estoy hasta las manos.
- Que tucumano atrevido sos, eh… –el uruguayo se da vuelta y acomoda para volver a tirar. Saca un golpe seco y emboca de nuevo.
- Aguanta, uru…
- Tomátelas antes de que te rompa todo – el uruguayo se pone a tres o cuatro centímetros de la cara afligida del tucumano. A la altura de la pierna da vuelta el taco y lo agarra como si fuese un bate. Lo mira con tanta determinación que el otro se ve obligado a bajar la vista.
- Copáte, uruguayo – dice, de todas maneras, una vez que retrocedió dos pasos.
- Tomáte el palo.
El tucumano lo mira un segundo, vuelve a bajar la vista, da media vuelta y se va. Marianito mira de reojo al uruguayo y sigue los pasos del tucu.
Durante unos segundos nadie dice nada. Sólo se escucha el ruido que hace el pibe que lava copas en su piletita de trabajo, adelante.
- ¿Che, dónde está el grandote? –dice el gallego.
- Lo llamé hace un rato y me dijo que venía para acá – comenta el uruguayo, midiendo otro tiro: le pega a una rayada, y pifia. La bola blanca pega en una banda, choca contra otras tres, y termina metiéndose dentro de una de las bocas, y después de recorrer el paño de punta a punta.
- Te falta, papá –lo chicanea el gallego.
- Hacéte coger, guacho –devuelve un uruguayo fastidiado mientras deja caer el taco al suelo y se desparrama sobre uno de los asientos.
El Rafa, dueño del bar, un canoso grandote de unos cincuenta años, hace una semana le pidió a los pibes que no hagan entrar y salir a tanta gente, que es un bardo. Ahora hay uno en la puerta que se ocupar de retenerlo en la puerta, o hacerlo pasar.
- Hoy llegaba el pichi –comenta en voz baja el gallego, parado en el vértice de la mesa. Tiene un cigarro en la boca y le pasa la tiza a la punta del taco.
- Hay que ver –interviene el uruguayo, ahora sentado, mientras manotea maní de una bandejita de color plata.
- ¿Y Laurita? – pregunta el gallego.
- No sé: desde que me largaron no la volví a ver –el uruguayo se sirve más cerveza.
- La loca fue la única que te aguantó mientras estuviste guardado.
- Si, pero hoy estás y mañana no –sintetiza el uruguayo, y se baja toda la copa de un trago -, si la busco es para arruinarla. No la quiero ni ver.
El gallego mete dos lisas seguidas. Entre tiro y tiro le vuelve a poner tiza al taco.
- ¿Qué haces, uruguayo? –Emiliano acaba de pasar al salón, y lo saluda con un beso. Con él viene Marianito.
- ¿Cómo andas?
- Estoy con unos pibes de acá del poli que quieren pegar diez mogras.
El uruguayo mira hacia la calle.
- ¿Cuántos son? –se prende un cigarro y tira el encendedor sobre una de las mesas.
- Seis.
- Esperen en la esquina. No se junten en la puerta.
Emiliano saca el celular, marca, habla con uno y le dice que lo esperen en la esquina. El gallego le chifla a uno de los mozos y le dibuja una botella de cerveza en el aire. Pajarito, otro de la banda, se acerca, le da la mano a Emiliano, y le dice casi al oído, al uruguayo, si le pasa tres pichis para unas pibas que están afuera.
- Aguanta, guacho, ¿qué te pasa? – el uruguayo se lo saca de encima con el brazo y le hace gestos para que deje correr el aire -. No hay más pichi, ¿está bien? No hay más –abre los brazos, adelanta la pera, agranda los ojos.
Pajarito vuelve a su mesa.
- Ahora tiene que venir el grandote – concede, de mejor manera, a los pocos segundos. Pajarito levanta su pulgar derecho desde la mesa, como un soldado.
Emiliano sale. Marianito lo sigue.
Ni bien el gallego mete la bola negra, y cierra, así, el juego, el uruguayo se para y pone otra ficha. Tira del resorte y las bolas se desparraman en el hueco de adelante. Da la vuelta, se agacha, pone las bolas dentro del triangulo: una lisa, una rayada, una lisa, una rayada… la negra, una lisa, una rayada, una lisa, una rayada. Acomoda las bolas con el pucho en la boca. El gallego le pregunta si quiere abrir él y el uruguayo dice que no con la cabeza. El gallego desliza el taco sobre los nudillos, apunta a la bola quince rayada que está al frente de la pirámide, una, dos veces, y, justo cuando el uruguayo, irritado, le estaba por decir dale, papá, el golpe seco de la bola blanca truena se desparrama dentro del salón.
Suena el celular del uruguayo. Uno de los chicos le pasa el teléfono que está sobre la mesa. Atiende. Es Mariela, una piba del barrio. El uruguayo le dice que venga en media hora, que todavía no. Corta. Deja el teléfono sobre el borde de la mesa. Le pone tiza al taco, se agacha, acomoda la mano y se concentra en el tiro. Tira. Pifia. Putea.
En ese preciso momento, a su derecha, con aire misterioso, enorme, aparece el grandote: la gorra en la cabeza, la campera puesta, despierto, ancho, firme, en excelente estado físico y emocional.
DIEZ
El uruguayo creció junto a su padre en una casita de Villa Adelina, cerca de Munro, que tenía un fondo con piso de tierra, un limonero, una tortuga y una parrilla empotrada en la medianera. Su papá no había terminado la primaria y pasaba sus días trabajando en distintos frigoríficos de la provincia de Buenos Aires. Se ocupó de su hijo como pudo, solo, hasta sus trece o catorce años. Cada tanto fajaba a alguna de las parejas que metía en su casa, y también a él. “Son cosas mías”, le decía, con la mano levantada, cuando el nene le preguntaba qué había pasado. En el año 92, el hermano menor del padre, un ex policía de la bonaerense que vivía en la zona de Merlo, al enterarse que su mujer le metía los cuernos con un cabo de la fuerza que tenía unos ojos verdes envidiables, preso de una locura que ya había asomado dos o tres veces, y que la familia no sabía cómo tratar, le pegó dos tiros en la cabeza. Cuando la policía lo cercó dentro de su propio rancho se disparó un balazo de 9mm dentro de la boca, y a otra cosa.
Después de aquella tragedia familiar el padre se desbandó. Y a los pocos días estaba haciendo salideras bancarias en la zona del micro centro porteño con unos amigos del hermano. Hoy está prófugo de la justicia, escondido en Paraguay, y el uruguayo, durante el año, y cada tanto, recibe de su parte una carta, y en las fiestas un llamado. No lo ve hace más de diez años.
El uruguayo tiene un par de recuerdos de su infancia imborrables. Por ejemplo cuando el padre metía unas pocas cosas en el auto y se lo llevaba a pescar con él. Iban a la costa, dos días, no mucho más. Al uruguayo le brillaban los ojitos marrones por el solo hecho de faltar a la escuela y poder correr por la orilla del mar mientras su papá pescaba de parado, descalzo, y en cuero, sobre la arena, en medio de la nada, a metros de los gigantescos acantilados de piedra a sus espaldas, pasando el faro, en Mar del Plata. También recuerda con nostalgia cuando el padre le pedía que le diese una mano para prender el fuego del asado, en el fondo de la casa, y ni hablar cuando se le aparecía en la puerta de la escuela, para llevarlo a dar una vuelta al río, en Vicente Lopez.
La mano se complicó cuando arrancó al secundario. Para esa época se tuvo que ir a vivir a lo de un tío abuelo que no le ponía ni un poco de límite. Y cayó preso por primera vez cuando tenía quince años. A partir de ahí estuvo varios meses deambulando por diferentes hogares, en lo de unos familiares en Santa Fe, y en dos institutos de menores de la provincia de Buenos Aires. Esos dos años le cambiaron la vida, el carácter y el futuro a corto, mediano y largo plazo. A los diecinueve años fue a parar a al barrio de Villa Urquiza, a un departamento donde vivía un primo, y ahí fue, a comienzos de los noventa, que el uruguayo –apodo que se ganó por jugar al fútbol de último hombre y dejar pasar la pelota pero nunca al hombre-, se juntó con una banda de pibes y pibas de no más de veinte años que andaban en el chiquitaje, robando zapatillas, bicicletas, estéreos, fumando porro y tomando pastillas, todo el día en la calle, expuestos a los excesos de la policía. Al año y medio choreaban autos a pedido y un año más tarde, de caño, casas. Nunca robaron en el barrio. Si alguno zarpaba a un vecino de la zona lo cagaban a trompadas y le devolvían el botín al dueño. Cada tanto perdía alguno pero no importaba. Ya no había retorno. Cada nueva entrada a la tumba, implicaba, forzosamente, aparte del garrón de las rejas y los guardias, un prontuario más pesado, nuevas relaciones y, ante todo, un mayor resentimiento contra cualquier fuerza de seguridad. El cóctel que se revolvía dentro del estómago de cualquiera de estos pibes, estando presos, explotaba en cualquier momento y lugar.
Muchos de la banda del uruguayo quedaron en el camino por las balas de la policía, la cárcel, y el HIV. Puede que pase un tiempo dónde se los ve apaciguados, guardados en algún barrio tranquilo del conurbano, o en un campo, y hasta hubo un caso, el Piturro, que se rescató, y ahora trabaja de administrativo en una empresa que exporta aluminio a España; pero ésa no es la regla. Los tipos vuelven a delinquir tarde o temprano porque no saben hacer otra cosa, y porque ésa es la de ellos. Esa y ninguna otra. Chorear, jugarse las pelotas, vivir al palo, tener plata. Ser respetado adentro, y afuera. Se compran buena pilcha, una moto de alta cilindrada, una camioneta, y los más vivos, un departamento. Y andan con unas minitas tan bonitas, y tan putas, que muchos de los vecinos del barrio, en su gran mayoría muertos de ganas de mandarlos presos o a paredón, los envidian.
Lo hermanos Poncio, y el resto de los chicos, cruzaron sus vidas con la banda del uruguayo a partir de la cocaína, una droga que tiene la capacidad de sentar dentro de una cocina de un departamento cualquiera a un pibe chorro de Bulogne que no tiene nada que perder con otro que estudió Marketing, trabaja en la zona de las torres espejadas de Retiro y vive en Palermo Soho.
Marcos, el hermano menor de los Poncio, estaba de los dos lados: un poco allá y un poco acá. Del grupo de amigos de la banda del barrio fue el único que se involucró, a fondo, con estos otros pibes que, aparte de tomar merca durante días enteros, se dedicaban a robar, jugándosela una o dos veces por mes, enfierrados, con la adrenalina cortándoles la respiración y obligándolos a cerrar los cantos del culo por la sensación física de que se iban a hacer caca encima.
El uruguayo salió de la cárcel de Marcos Paz hace veinte días. Y el tipo anda diciendo lo mismo que la vez anterior, hace dos años: no se encuentra, cuando camina por la calle, se da vuelta todo el tiempo, paranoico. No lo reconoce en voz alta, pero los pibes saben cómo funciona: al poco tiempo de haber salido, si no te enganchas en alguna, te agarran ganas de volver al pabellón, al mundo cotidiano, oscuro y denigrante, pero propio.
ONCE
El grandote pasa por las mesas y le da la mano a los pibes, uno por uno. Chocan en el aire las palmas abiertas: el aire fresco de la calle le cambió el ánimo. Mientras avanza, sonríe, y como suele ocurrir con su sola presencia, se genera buen clima.
Cuando salió del departamento de su hermano, todavía atragantado con la vieja que llevaba a la nena para caretear los cuatro kilos de merca del bolso, y el salame de su hermano que no la quería entender, que le hacía la contra, decidió caminar un poco. Bajó hasta Las Heras y bordeando el parque le dio hasta la altura del zoológico. El cuello de la campera levantado, las manos en el bolsillo, la pelota rosada en el calzoncillo, los pasos seguros a pesar de las piernas torcidas para adentro, el fresco en la cara. Se sentía bien. El virulón de la alita de mosca lo había dejado hecho una fiera. Sabía que podía tomar por horas, que esa merca lo dejaba duro pero bien, lúcido, despierto, robusto, que tenía un buen rato por delante hasta que se viese a si mismo espiando por la mirilla de una puerta, o enfermo de la cabeza alucinando que lo viene a buscar el viejo ya muerto, la policía, un juez, o un fantasma. La merca de verdad es así: te deja despierto y decidido, sin vacilaciones. Y él sabía que no siempre tenía tan rica mercancía en su poder. También tenía claro que la mano venía por el hermano, que era él quien la traía, pero no por eso se iba a quedar callado. Ya mucha mierda había comido dentro de su casa, con la madre poniéndolo siempre de ejemplo a Marcos, el que estudió, trabajó, y ahora que hizo plata, aunque fuese sucia, había abierto un negocio y hasta le había dado trabajo a la familia.
Con el tachero que lo llevó hasta el bar, charló sobre un cabaret de la Recoleta, donde llevarte una flaca al telo de al lado te cuesta más de quinientos pesos. Cuando bajó, le tiró veinte pesos de propina.
El grandote cuelga la campera de jean en el respaldo de una silla, se apoya en una mesa, se prende un cigarro y lo fuma con los brazos cruzados, con la vista puesta en el paño bordo de la mesa y las bolas de colores, sin perder, ni en un solo momento, la ancha sonrisa de su cara.
- ¿Dónde estabas, papá? –al uruguayo también le cambió el humor, le apoya una mano en el hombro.
Marianito le pide permiso al uruguayo para ocupar su lugar en el juego. Ni bien le da el visto bueno con un movimiento de cabeza, el pibito agarra el taco y se para al lado de la mesa. El gallego, a un costado, tararea una de las canciones que él mismo compone cuando se sienta a tocar la guitarra en su cuarto.
- Vengo de lo de mi hermano y viste como es el chabón: siempre pinta alguna historia –el grandote se saca la gorra y la cuelga del respaldo la silla.
- ¿Trajiste el pichi?
- Una pelota traje, nene –y se toca los huevos-: ¡una pelota! -festeja.
- Están todos como locos.
- Vos capaz que no… – lo delira el grandote, en voz alta, logrando, con la complicidad de los demás, su objetivo: que todos se caguen de la risa.
Mientras los pibes juegan al pool, toman cerveza, mandan mensajes de texto, salen, entran y fuman, el uruguayo, marianito y pajarito se ocupan de armar los pichis en bolsitas de uno a cinco gramos. Están sentados en la mesa de la punta del salón, camuflados por la flaca luz amarilla, las botellas, los ceniceros de lata y las mochilas. El celular cumbiero sigue sonando. Pajarito pica, muele, y separa, con una extensión Visa que le sacó su papá, marianito arma las bolsitas, y el uruguayo se las guarda en sus bolsillos. El grandote les pasó una buena cantidad y el resto sigue en su poder, apretada dentro del calzoncillo.
Los que esperan afuera van pasando, pagan, agradecen y se van. Algunos de los pibes, antes de salir, se dan una vuelta por el baño y salen con las fosas nasales anchas y limpias, el gusto ácido en la garganta, ganas de fumar, jugar al pool, hablar de fútbol, de mujeres, de la vida.
Entra Emiliano, el pibe que está con los chicos del poli: gorra Nike, ojos claros, pulovercito de color negro. Pega dos bolsas, saca la plata del bolsillo, se la pasa al grandote y antes de irse le dice que su pichi es el mejor.
- Escuchá Agustín –le dice el uruguayo a eso de las tres de la mañana. Le habla bajito, casi al oído. Tiene los ojos vidriados, e inquietos -, ¿vamos a lo del cuervo?
El grandote frunce las cejas, lo mira, pero no le contesta. Se toca el antebrazo izquierdo con la mano derecha. Se sube los mocos de un nariguetazo:
- ¿Te parece? Son más de tres horas de viaje –ahora sí, contesta, sin dejar de frotarse el antebrazo.
- No importa: despeguemos de acá.
- En un rato vamos a estar re duros.
- ¿En un rato? –dice el Uruguayo, que intenta sonreír pero no le sale más que una mueca rígida, la boca cerrada por una línea recta -, el gallego se copa, ya le pregunté: y tiene la rural en la puerta.
El grandote se prende un cigarro.
- Lo podemos llevar a Marianito –propone el uruguayo.
- ¿Te parece? –los dos lo miran al mismo tiempo: habla como un loro con otro pibe en la punta del salón.
- Si, dale. Y aprovechamos, cuando estemos tranqui, que te quiero contar algo.
Aparece Mariela, una pendeja del barrio que tiene una hermana en silla de ruedas, a la que cuida día y noche. La conocen, está todo bien, por eso entró directamente.
- ¿Cómo está tu hermano? –pregunta ella, flaca, de pelito largo, negro, una perla de plata en la nariz, una pollerita de jean, las topper.
- Bien, con sus emprendimientos –se burla el grandote.
- ¿No sale nada para vos?
- Ya me dio una oportunidad pero fue para quilombo –explica el grandote, mientras fuma.
- Bueno, gordo, vos tranquilo. Ya te va a llegar.
- No pasa nada.
Suena el celular del grandote. Atiende y dice que si, que se vengan.
- ¿Y la tuya?
- ¿Mi hermana?
- Sí.
- Bien, es una santa.
- ¿Venís a buscar pichi?
Ella afirma con la cabeza. Le tiembla el labio inferior de la boca, y se pasa una y otra vez la mano por el pelo lacio.
- ¿Dos está bien? –el grandote le pone en la mano blanca las dos bolsitas.
- Sí – y ella le pone la plata sobre la mano del grandote.
A las cuatro y media de la mañana, el grandote, marianito y el uruguayo salen del bar y se meten en la Falcon rural del gallego: el tren delantero agarrado a la carrocería por una soga, las puertas despintadas, abolladuras, y los vidrios polarizados. Adentro está todo revuelto y sucio. Tiran los diarios y cartones al baúl, le pegan un par de golpes a los asientos para sacar el polvo y se acomodan. Casi todos los demás pibes salen detrás de ellos y se pierden en distintas direcciones.
- Tenés los papeles del auto, ¿no? –dice el uruguayo con una botella de cerveza en cada mano.
- Si, papá, tengo todo –el gallego pone en marcha el auto.
El uruguayo abre la puerta del lado de la calle y deja en el cordón una botella de fernet vacía.
Al grandote, que se sentó de acompañante, el asiento le queda chico. La campera la tiene sobre las piernas. Se rasca el codo, sus ojos tienen un relieve más profundo que hace un rato, y las venitas coloradas y violetas alrededor de la pupila, a medida que pasan las horas, se hacen cada vez más espesas.
Aparece un pibe del barrio, se acerca hasta el auto, cuidadoso, como si estuviese por preguntarle a su jefe si es verdad que lo va a echar, y le dice al grandote hola, como te va, te acordás de mi. No, loco, ahora no puedo, contesta el grandote mientras se prende un cigarro.
- Dale, gallego: vamos.
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- Published:
- Junio 4, 2009 / 3:46 am
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