Los hermanos Poncio (capítulos XII, XIII y IV)

DOCE
Marcos entreabrió los ojos y tardó varios segundos en darse cuenta de que se estaba despertando. Hacía frío en la habitación. Tenía la cabeza metida entre el brazo y las costillas de su novia. El primer sentido que se le activó fue el olfato: con la nariz rozaba la axila de su chica y el levísimo olor a transpiración le tensó los músculos de las piernas. Estaba despatarrado sobre la cama como un nene, con una de las patas colgando en el aire y desde la ventana se colaba la primera luz del día. Levantó el cuello y buscó el reloj despertador: las seis de la mañana. Se movió unos centímetros y puso su boca sobre la oreja de ella. Le deslizó el pelo negro con la mano: que linda sos, nena. Ella tenía las piernas enredadas en la sábana: la bombachita de algodón color rojo pasión, la diminuta soguita que se le perdía dentro de las nalgas, la piel bronceada, toda depilada. Una verdadera hembra. Marcos volvió susurrarle cositas en el oído. Ella se movió un poco, dijo algo que no se entendió, flexionó las piernas y se puso de costado: estás más buena que la siesta, bebé.
El hermano menor de los Poncio también se puso de costado, por detrás de la brasilerita, buscó la posición exacta y la apoyó. Creció de inmediato, propulsado por la sangre que le corría a toda velocidad dentro del cuerpo fibroso y tatuado –creció aún más cuando tomó conciencia de que se ponía duro con solo rozarle la piel-. Le besó el cuello, después pasó a la oreja, a la pera y terminó en la boca. Camila le devolvía los besos todavía con los ojos cerrados. A los quince segundos, con movimientos pausados y sinuosos, susurraba y gemía. Abrió los ojos, le pasó los brazos por detrás de la nuca rapada, se dejó sacar la ropita nueva, tocar, y hacer.

Al rato están los dos acostados boca arriba, mirando el techo. A ella la sabana le llega hasta el la cadenita dorada que le cuelga del ombligo. Él está todo destapado. Son las seis y media de la mañana y hay un poco más de luz.
- ¿Pasado mañana es el trabajo?
- Sí.
- Si a las diez de la mañana no llamaste, le aviso a Antonia, ¿no? –repasa ella.
- Sí.
- Y no me muevo de casa.
- No.
Del parque llega el pío de los pajaritos.
- Bebe – dice ella, con voz infantil.
- ¿Qué? – él tiene la mirada puesta en el techo, el brazo estirado por debajo de la cabeza de su novia
- No quiero que hagas el trabajo.
Él saca el brazo y se pone de costado.
- ¿Otra vez con eso?
- Ya sé, pero me da miedo.
- Hasta que traigo la platita, y te empilchas toda, y le mandas guita a tu vieja –la sobra él.
- Sí, es verdad, pero prefiero tenerte a mi lado que andar a la moda.
- Mmmm… no sé, eh… –duda él, y vuelve a ponerse panza arriba.
La brasilerita, al rato, después de acariciarle las costillas con la punta de los dedos, después las abdominales y las tetillas, se sube encima de su novio, le roza la nariz, pierde la mirada en sus ojos, le pone trompita y le muerde los labios.
Él tuerce la cabeza y ofrece el cuello. Mientras ella se lo humedece con los labios él aprovecha para apoyar la pera sobre el hombro derecho de ella y, mientras le separa los cachetes de la cola con las dos manos, se regocija con la imagen que le devuelve el espejo de la puerta del placard.
- Te quiero, mi amor –gime ella, con el timbre de voz de nena que a él tanto le gusta, mientras se pone en cuatro patas y, arrodillada, se pasea sobre las sabanas y el somier de dos plazas.
A los pocos minutos, el calor de la boca de Noelia hace que Marcos se entregue por completo.
Ésa, andar enfierrado, y la plata –alguna vez lo reconoció delante de los amigos -, son las tres debilidades que pueden al menor de los hermanos Poncio.

A las nueve de la mañana Marcos abrió los ojos. Acostumbró la vista a la luz de la mañana que invadía la pieza, apoyó los codos sobre la cama, se despegó del colchón, puso las almohadas contra el respaldo de la cama y apoyó la cabeza. Paseó la vista por el placard, la tv, el dvd, las películas apiladas y el espejo de la puerta que hacía un rato le devolvía la imagen de uno de los mejores culos que tuvo en su cama. Estiró un brazo, abrió el cajón de la mesita de luz y agarró el medio porro que tenía ahí tirado. Lo prendió, aspiró una bocanada profunda y tiró el humo en dirección al ventilador del techo. Tosió, se frotó los ojos y volvió a pitar.

El trabajo que tienen que hacer dentro de tres días lo tiene tenso. Siempre es igual: la previa le come la cabeza. No puede salir mal, el dato es posta, los sueldos se pagan ese día, a media mañana. Ni siquiera tienen que hacer trabajo de inteligencia previo porque Antonia ya le adelantó todos los detalles. Marcos no es improvisado como otros. Es minucioso y precavido. Hay un pedazo de plata, piensa, plata fácil, en tres o cuatro minutos se reduce al seguridad, al personal, se los hace entrar al baño junto a los pocos clientes que pueda haber a esa hora de la mañana, se abre la caja fuerte de la mano del mandamás, y a otra cosa.
Marcos fuma, traga y expulsa el humo por la nariz. Le pega unas puntaditas al cigarro con el índice para que la ceniza cayese dentro del cenicero que descansa sobre su pecho, y piensa, no exento de una culpa que lo persigue hace tiempo –desde el momento que empezó a hacer plata-, en su madre, la mujer que sufrió cada uno de los garrones que se fueron comiendo él y su hermano. Una vez más, su madre aparece con fuerza en los días previos a los asaltos. Ahora está mejor, piensa, y pita, y se mira en el espejo de la puerta, ahora está mejor porque labura en su pizzería y pudo salir de su casa, esa cueva con olor a encierro y humedad, las mismas cuatro paredes de los últimos cuarenta años, con el otro pelotudo que la vive, y que es una laucha, una rata de campo, que se deja servir la comida y hacer la cama. La vieja está mejor, piensa, menos resentida, porque lo ve bien a él, el hijo menor, asentado, invirtiendo plata manchada, sucia, pero invirtiéndola al fin, y dándole laburo a ella, y a una prima. Sos de última, gordo, dice, piensa, es cierto que la vieja se comió los mocos y aceptó que yo soy rocho y vos drogadicto, pero eso no quita que vos te duermas en los laureles y te la tires de vago a los treinta y tres años.

Marcos aplastó la punta del porro en el cenicero, se sentó, estiró los brazos y se sonó el cuello con dos movimientos que parecieron latigazos. Se levantó y se acercó hasta la ventana, desde donde logró ver, a través de las rendijas de la persiana, algunos de los colores del parque Las Heras. El cielo seguía taponado y las ráfagas de viento tampoco se habían ido. Salió de la habitación.
La luz de la terraza iluminaba el pasillo de punta a punta. Se metió en el baño y meó con una mano apoyada en la pared, la cabeza apuntando al techo y los ojos cerrados. Cuando terminó le dio un manotazo al botón y salió. En lugar de entrar a su habitación pasó a la otra. Prendió el velador y abrió el placard. Se sentó en la cama.

Piensa en la nena y en Antonia y se hace mala sangre recordando cómo se puso su hermano la tarde anterior. Saca el botinero Nike del placard y lo abre. El grandote debe estar re zarpado, piensa, nueve y media de la mañana, espiando por la puerta de algún aguantadero, re paranoiqueado, la concha de tu madre como te gusta el pichi, gordo, no te puede gustar tanto, un día te vas a quedar seco.
Marcos acomoda los paquetes, cierra un pliegue que quedó un poco abierto, pone la nariz dentro del botinero, huele. Se vuelve a atormentar con el hermano: nunca aceptaste como son las cosas, papá, ése es tu problema, vos sos vos y yo soy yo, se repartió así, no hay vuelta, te toca la que te toca, y aparte a mi nadie me regaló nada, la hice toda yo solito, le puse el pecho a las balas y me la juego desde hace mucho: vos sos un pancho que lo único que le importa es tomar.
Marcos cierra el botinero con un cuidado de artesano. Se para, lo acomoda en el fondo del placard. Se agacha y acomoda el par de zapatillas Nike nuevas dentro de su caja. Cierra la puerta y se empieza a relajar cuando piensa que ya tienen todo apalabrado: la gente, los autos y los fierros.

Apagó el velador, cerró la puerta de la habitación y encaró para la suya. Estaba en cuero y con piel de gallina, slip blanco de marca, los brazos fibrosos, tatuados. Se metió en la cama, abrazó a la novia, tapó los cuerpos de los dos con la sábana y una frazada de algodón, se puso en cucharita, le acarició la cola, le dijo que era hermosa, le olió el pelo, apoyó la cabeza en la almohada, cerró los ojos, pensó varios unos segundos en su madre, el uruguayo, en botinero, y se durmió.

TRECE
Marianito se recuesta en el asiento de atrás. Está un poco cansado, sucio, no muy duro, pero sí un poco paranoico. Se cuelga con la tapa rota de la lamparita del techo de la rural, dividida en dos por una raya. Una de las dos partes está floja, y vibra. Estira el brazo, presiona una parte contra la otra, por el borde, y logra parar el ruido, la vibración del plástico, el movimiento inquieto de la tapa que lo estaba sacando loco. El pesado ruido del motor, adelante, y la vibración de la carrocería, también le comen la cabeza. Pero nada puede hacer. Mientras le pega un trago a la botella de Gancia, lo mira de reojo al uruguayo, sentado a su lado, que fuma con la ventanilla abierta y el brazo afuera: cada vez que aparece una persona en la ruta –un gaucho a caballo, alguno haciendo dedo, o al costado de un auto que se acaba descompuesto-, le pega un grito, y lo saluda con el brazo en alto. Marianito le mira los náuticos, el pulovercito de hilo, el cuerpo muy flaco, los tajos en el brazo izquierdo, la persecuta con la que vive cada una de las cosas que hace cada vez que sale de la tumba, la cavidad de sus ojos, el color de la piel a la que le falta el sol desde hace tiempo; lo piensa guardado en Sierra Chica, en el pabellón, haciéndose valer o poniendo los puntos, pasando las horas como pez en el agua, adaptado a una vida a la que él, Marianito, no se acostumbraría ni en cincuenta años, la represión y las tranzas con los guardias, la oscuridad, la locura. Ahí está, doblado sobre la ventanilla, con la vista perdida en el campo como un nene. Marianito lo mira, al uruguayo, ante todo, con temeroso respeto. Tanto que, una noche de la semana anterior, el otro le dijo que él es rocho, y áspero, porque no tuvo muchas posibilidades para elegir, pero vos, Marianito, sí las tenés: tratá de aprovecharlas.
Marianito le pega un beso más al Gancia, lo pasa para adelante, se apoya contra su ventanilla y se distrae con el casco de una estancia metida campo adentro, a la que se ingresa por un camino de tierra flanqueado por dos hileras de álamos gigantes a los costados. Mira la hora y recuerda que tiene que mandarle un mensaje a la vieja para avisarle que no vuelve a dormir.
- Tomá, uruguayo –el grandote le pasa un cd de B.B. King con dos rayas blanco-rosadas, generosas, en la tapa (el gordo negro toca la guitarra con los ojos cerrados, la nuca tirada para atrás, la sonrisa más grande del mundo).
El uruguayo cierra la ventana:
- Tené –le dice a Marianito. Marianito se pone el disco sobre las piernas. Se queda duro.
El uruguayo se tuerce en el asiento para poder sacar la billetera del bolsillo de atrás de su pantalón color crema. En la solapita de adelante de la billetera de cuero tiene una foto de su nena, delantal amarillo, sala de cuatro, ojitos claros y dos colitas que le cuelgan de la cabeza, y pegada, una figura del Gauchito Gil. Tira la billetera sobre el asiento y con un billete de veinte pesos hace un cilindro.
- Dame –le dice a Marianito. Marianito le pasa el disco.
El motor ocho cilindros avanza con la fuerza de un tanque. Afuera, el cielo es una capa del color de la ceniza que no termina nunca.
El uruguayo se toma una de las dos rayas. Tira para atrás la cabeza, nariguetea.
- ¿Lo llamaron al cuervo? –dice el grandote, colgado en la ruta.
- No –dice el uruguayo-, a ver si nos corta el rostro –pasa un camión por la mano contraria y sacude a la rural como si fuese de cartón.
.
El uruguayo le pasa el disco a Marianito.
- No tomes más si no querés –le dice el gallego por el espejo retrovisor. Marianito le devuelve la mirada y le dice que está todo bien, que toma un par de saques más y ya fue.
- El cuervo se va a comer un viaje bárbaro –dice el uruguayo desde atrás, una mano sosteniendo el Gancia, el otro brazo fuera de la ventanilla.
- Ni ahí, loco, es una maza el chabón –el grandote se toca el codo del brazo derecho, se estira la piel-, la re hizo: se fue con lo puesto, jugado, y ahora está de primera.
- ¿Te acordas cuando le caímos a las seis de la mañana, re zarpados?
- Cómo hoy –dice el uruguayo, sin mirar: saluda a un baqueano que está cien metros campo adentro, arreando unos animales.
- Se quería matar –el grandote se vuelve a estirar la piel del codo, pero esta vez del brazo izquierdo–no sabes la cara que tenía cuando salió a la puerta: cualquiera.
La rural pasa por arriba de un puentecito: arroyo Río Seco.
- ¿Y qué te dijo? –pregunta Marianito desde atrás, mientras le pasa el disco, con media raya, al grandote.
- Nada: ya estábamos ahí, re zarpados. Yo no podía ni hablar.
- Después se puso a tomar con nosotros –anota el gallego.
- Si, pero nunca más: toma cuando va para el barrio. Y si viene con la mujer no hace ninguna.
El grandote se aspira la media raya del disco del gordo negro, directamente con la nariz, sin billete, ni tubo de platino, ni birome, ni nada, apretando una fosa nasal, como los jugadores de fútbol para hacer salir el moco. Deja el disco en la guantera. Le pide la botella al uruguayo, le pega un trago, la cierra y la pone entre los dos asientos delanteros. Abre un marlboro box que saca del bolsillo de su campera de jean y pone el envoltorio del paquete entre sus dedos, por fuera de la ventana, para que se sacudan con la fuerza del viento. Los larga, y desaparecen. Le ofrece un cigarro al gallego, que maneja a su lado.
- ¿Y ahora de qué labura el cuervo? –pregunta Marianito desde atrás.
- Con la mujer se pusieron un almacén y les va re bien. Aparte pusieron un par de cabinas de teléfono, librería, fotocopias, cigarrillos, golosinas: todo.
- Igual se debe querer matar el chabón, allá, solo –dice el uruguayo, y se tira sobre el respaldo del asiento.
- Y si, loco, el chabón colgó todo, pero está re bien, sano, tiene una banda –el grandote se prende el pucho, y sin apagar el encendedor hace una carpa con la mano y lo pone en la punta del cigarro que tiene el gallego en la boca: el humo sale disparado para la parte de atrás del auto y se pierde en la ruta 3 por la ventana abierta del uruguayo-, una banda con la que ensaya en su casa y con la que toca cuando tiene ganas.
- Pero no lo va a ver nadie, hermano –dice el uruguayo-, si hay tres gatos locos allá.
- No te creas, papá –ahora interviene el gallego-, tienen dos bares que se re ponen. Vos los conoces.
- Pero yo vine en enero y no había nadie. Las pendejas estaban todas en Mar del Plata.
- El cuervo cambió de vida, Marianito –le explica el grandote, ahora dado vuelta, mirándolo de frente-, tiene mujer, una casita con parrilla y parque, un perro, y su sala de ensayo.
Marianito afirma con la cabeza, tieso sobre su asiento, como un muñeco de cera.

Después de varios minutos en silencio, el grandote gira sobre su asiento, y por el lado de la ventana le pregunta en voz baja, al uruguayo, qué le quería contar.
- En lo del cuervo te digo –avisa el otro.

- Esa es la rotonda –dice el gallego, una hora y media después, señalando, doscientos metros más adelante, los postes de luz, los carteles indicadores de color verde, el cemento de la rotonda.
La rural baja de velocidad. Llega a la curva. El gallego le da la vuelta entera, a veinte por hora, pero no se decide por ninguna de las opciones.
- ¿Qué haces, papi?
- Me mareé.
- ¿A dónde tenemos que ir?
- Ruta 50 –el gallego agarra el volante con fuerza, mira para los costados, el pucho en la boca.
- La 50 es por allá, a la izquierda –el uruguayo mete la cabeza entre el gallego y el grandote.
- Es ésa salida, papá –repite el uruguayo, apuntando con el brazo.
- Ya sé, loco, ya sé… estoy yendo para allá.
La rural da una vuelta más, y cuando pasa por segunda vez por unos hormigones de cemento que hay sobre la banquina, los dos gendarmes con la cabeza rapada que están haciendo dedo con unos bolsos deportivos al hombro, borcegos y ropa de fajina, los miran con desconfianza.
- Qué pasa, la concha de tu madre… -el uruguayo toma un trago de Gancia, y le pega un manotazo al techo. La tapita del techo se vuelve a destartalar.
El gallego agarra la ruta 50, pone tercera, cuarta y se pierde de vista a los cinco minutos.

CATORCE
El cuervo estaba sentado del otro lado del mostrador, frente a la computadora, conectado al Messenger, fantaseando con una correntina de dieciocho años que le venía enviando una foto diferente por día – en malla a la orilla de un río, o en ropa interior dentro de su habitación o en el baño-. Entre cada pregunta atrevida que el cuervo enviaba, o respuesta que recibía, atendía a los clientes de su negocio.
Hacía una media hora le había pagado al proveedor de las tarjetas telefónicas y se había quedado sin cambio. Estaba cansado porque la noche anterior habían salido a cenar, y después a tomar algo a lo de su cuñado, y ahora tenía frío. Ya había pedido dos veces que le vengan a revisar el split, pero como sucede con cada trámite que hay que hacer en el pueblo, había que esperar sentado. Esa mañana se había cruzado con el suegro, un gallego más duro que una mula con el que no se dirige la palabra desde hace más de un año y medio, y en el último ensayo de la banda había discutió feo con el nuevo bajista de su trío porque el loco había decidido largar todo para ponerse a estudiar agronomía. Para completar el cuadro, se había quedado sin cuerdas y tenía que ir hasta Tandil para conseguir unas buenas.
Nuevo mensaje de la correntina: “t gusto c m keda el conjuntito nvo, el blanco c bordes amarillos?”
La clientela que llega a paso cansado al local del cuervo, apretados dentro del abrigo en invierno, con boina o sombrero durante el verano, es, en general, previsible y sin vuelo, como casi todo lo que pasa, o dejar de pasar, en General Guido. Salvo algunas contadas excepciones, las conversaciones que el cuervo sostiene con sus clientes son de lo más banales.
Respuesta del cuervo: “kiero verte de espaldas, c bombachita cola less”
Las tarjetas telefónicas representan el principal ingreso del negocio. Las cabinas no dejan mucha plata pero la compañía de teléfono se las instala gratis. A diario vende mucho pan, fiambre, cigarrillos, cerveza y vino. Internet, como negocio, todavía no funciona porque la conexión llega vía satélite, y se corta: un día anda bien, y al otro mal. Y del kiosco vende variado, y en buenas cantidades.
- ¡Negra! – le gritó a su mujer, que estaba al fondo-, ¿qué hacés?
- ¡Ya voy! –gritó ella, fastidiada.
Un hombre bajito, jean y camisa leñadora, con la cara llena de granos, entró al negocio, y encaró directamente al mostrador: dos Marlboro. El cuervo los bajó del estante, le dijo cuanto era, y el parroquiano le señaló unas pastillas de menta. ¿Las va a llevar?, preguntó el cuervo. Sí, dijo con la cabeza el hombre. El cuervo rehizo la cuenta: siete con cuarenta. El tipo metió las manos en los bolsillos del pantalón de lona, después en los bolsillos delanteros de la camisa, pero nada: no tengo monedas. El cuervo bufó y se puso a revisar la caja registradora de arriba abajo. Nuevo mensaje de la correntina. El hombre estaba distraído con la publicidad de un chocolate en el que se ve un paisaje de montañas y nieve. El cuervo se bajó de la banqueta, volvió a resoplar, vació sus bolsillos sobre el mostrador y, por fin, le dio el vuelto, en monedas. “Buenas tardes”, se despidió el vecino. El cuervo devolvió un “chau” entre dientes, y lo puteó, por dentro, en todos los idiomas.
Apareció la negra, acelerada, y con el pelo revuelto.
- ¿Qué pasa? –le dijo al cuervo, otra vez enchufado a la pc.
- No tenemos cambio –contestó, intercalando la mirada entre su mujer y el monitor.

Ella es la que tiene los números en la cabeza: cuentas, pagos, precios, fechas de vencimiento. No se le escapa ni un solo detalle. Tiene una memoria envidiable y una gran capacidad para administrar el negocio.
Su suerte fue la misma que la de la mayoría de los chicos y chicas del pueblo: después del colegio, entre irse a estudiar a Mar del Plata, o quedarse a trabajar, optó por lo segundo. Y no por elección, ya que desde que era chica decía que quería ser abogada, sino porque en la casa necesitaban que ponga el lomo, como lo habían hecho sus tres hermanas. Primero como camarera en el restaurant de los padres de una amiga del colegio, al tiempo en una perfumería, y por último, antes de dar el salto al comercio propio, como administrativa en la sección Contratos de la Municipalidad de General Guido.
La noche que lo conoció al cuervo, en un cumpleaños, no le pareció lindo tipo. Pero al tiempo se enganchó. El otro andaba solo como perro malo, fumando abajo del árbol. A ella le parecía parco, pero porque era tímido, y no tenía mejor manera de disimularlo que haciéndose el solitario. La negra se le arrimó cuando él estaba revolviendo las brasas que quedaban alrededor de la cruz dónde se había cocinado un cordero. Quería sacarle unas palabras, pero también le interesaba para sacar chapa dentro de su círculo de amigas con ese pelado de campera de cuero y cara de pocos amigos que llegaba de la Capital Federal. Hablaron de su Buenos Aires, de cómo tuvo que remarla solo cuando era un adolescente, sin padre y al cuidado de una madre enferma que le requería tiempo y atención, de sus primeros pasos como guitarrista, las bandas en las que él había tocado, sus laburos y hasta de alguna novia. De ella hablaron menos. Pero si lo hicieron en relación a General Guido, su historia, sus calles y monumentos, la idiosincrasia de su gente y, casi al final, cuando la reunión se apagaba, y ya no quedaba casi nadie, de algunos mambos que ella tenía con su propia familia.
El cuervo había llegado al pueblo con un único objetivo: dejas atrás el barrio. Le habían ofrecido un trabajo en un campo en las afueras de la pequeña ciudad, su madre ya no vivía, y la cocaína le estaba perturbando la cabeza. Y decidió empezar de cero.

- Llamó el arquitecto: quiere que nos demos una vuelta –dijo ella, después de partir contra el mostrador el cilindro de cincuenta monedas de diez centavos que sacó de un cajón de la oficina.
- A la tarde vamos –dijo él, mientras dejaba caer las monedas, todas juntas, dentro de la caja registradora-, después de hacer una siestita.
El cuervo y la negra tienen una camioneta cero kilómetro, el local hecho a nuevo, y un terreno sobre el que están construyendo una casa. Se casan a fin de año.

Mientras la negra revuelve unos papeles en la oficina, y maldice por lo bajo, y el cuervo atiende a dos nenas que preguntan qué pueden comprar con un billete de dos pesos, el gallego estaciona la rural a unos diez metros del local, de la mano de enfrente.
- Mirá lo que es el negocio nuevo del chabón, loco –dice el gallego, la pera tirada hacia delante, los ojos muy abiertos, la boca seca y las manos aferradas al volante.
- Sí, papá: hace un tiempo que le alquiló el fondo de comercio al suegro.
- ¿No era que no se hablaban? – dice el uruguayo.
- La movida la hizo la negra –explica el grandote.
El uruguayo abre la puerta de su lado y deja las botellas de gancia y cerveza sobre la vereda. Una cae y rebota su panza marrón contra el pavimento. Gira ruidosamente hasta que Agustín chista desde adentro de la rural, con media cabeza afuera. El uruguayo agarra la botella, la acomoda contra el cordón, y vuelve a su asiento. Dentro del auto hay olor a encierro, escabio y cigarro. Una correntada de aire que atraviesa la desolada calle de lado a lado remueve un poco el caldo del interior del auto. El grandote le dice a los pibes que lo esperen, y sale. Son las 11.00 de la mañana. Se estira como un oso, se suena el cuello y los brazos. Tose. Se pone la campera, se sube las solapas del cuello, se acomoda la gorra jamaiquina, y encara. En dirección contraria pasa un nene en bicicleta con bombitas de diferentes colores agarradas a las ruedas. Saluda de muy buen modo a la señora que se cruza por la misma vereda –ella lo mira con mala cara pero contesta por cortesía-, se acomoda la gorra jamaiquina una vez más, mirando para los cuatro costados.
- ¡¿Qué hace el grandote acá, Alejandro?! – quiere saber la negra con un tono de voz que el cuervo conoce muy bien, cuando lo ve al amigo de su novio del otro lado del ventanal. El grandote viene mirando el piso. El cuervo se asoma desde atrás del mostrador. La negra pega media vuelta y se mete en la oficina, puteando.
- ¿Qué haces acá, papá? – lo recrimina el cuervo, ya en la calle.
- Nos vinimos.
- ¿Con quienes? –el cuervo se agarra la cabeza, busca un auto con gente adentro. Individualiza la rural. Mira. Putea.
- Está todo bien, cuervo.
El cuervo lo mira a los ojos:
- Todo mal, grandote. Estás re duro.
- Más o menos –contesta el mayor de los Poncio, con los músculos de la cara tan tensos y estirados que parece recién operado. Unas gotas de transpiración le cubren la frente y las sienes.
- Vení un toque, grandote –el cuervo lo agarra del brazo y se lo lleva debajo de la copa casi pelada de un arbolito que crece dentro de un cantero de ladrillos a la vista.
Pasa una camioneta cuatro por cuatro llena de barro y le tocan bocina al cuervo.
- Sos un salame, hermano –le dice el cuervo-, no da que vengan duros, loco, no da–repite. El grandote mira por sobre la cabeza de su amigo. Se limpia la transpiración con la mano, y después con el antebrazo-. A la negra no le cabe… y a mí tampoco –el grandote baja la cabeza, y la vuelve a poner en el frente-. Yo no tomo acá, loco, ¿cuándo la van a entender?
- Ya sé, amigo –el grandote le pone la mano en la nuca, le habla a los ojos, casi con súplica – no tomés si no querés. Posta. Nosotros nos acovachamos en la sala y nos quedamos ahí re tranquis.
- Ya me hicieron lo mismo la otra vez, y quedamos que era la última.
- Ya sé.
El cuervo se saca de encima la mano que le agarra el cuello por atrás, pone las manos en la cintura, resopla, baja la cabeza, la vuelve a levantar, y lo mira.
- Cuando terminamos la bolsa, descansamos un rato y nos volvemos –propone el grandote.
- Ya estás acá, hermano: muchas opciones no me dejás.
- Son un par de horas.
El cuervo le devuelve el saludo a un tipo que pasa en bicicleta.
- Dale, cuervo.
El cuervo saca las llaves del bolsillo, se las pone de mala gana en la manota abierta del grandote, y encara para la rural. Los pibes bajan, le dan un beso. Con el gallego intercambian un par de palabras, casi al vuelo, sobre la banda.
- Nos vemos en un rato –dice el cuervo, y vuelve al local.
- Gracias, papá –dice el grandote, más relajado, eternamente agradecido-: te guardo un poquito de alita de mosca –y se ríe, y tose.
- No voy a tomar –le grita el otro con un pie ya dentro del local.
El grandote se deja caer en su asiento. Cierra la puerta y se estira la piel, casi obsesivamente, de los codos; un poquito con uno, después con el otro. Estira y suelta. Estira y suelta.
- Con los ratis no pasa nada, acá, ¿no? – pregunta Marianito, con los ojos saltones, acurrucado en su lugar.
- Somos un secuestro, loco, mirá lo que es esto –interviene el gallego-, pero no pasa nada. Son todos panchos los polis de los pueblos.
- Por allá, gaita –le indica el grandote. Y la rural sale derecho para la casa del cuervo.


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