Los hermanos Poncio (capítulos XV y XVI)
QUINCE
El hermano menor de los Poncio y Camila se habían levantado hacía un rato, pegado una ducha, y salido de casa. Como todos los sábados, desayunaban en la cafetería del “Monumental”, el lavadero donde a él le dejan la camioneta como nueva. Eran las doce y veinte del mediodía, afuera hacía frío y el azul del cielo seguía tapado: solo blancos, grises y negros, licuados entre sí.
En el bar se sentía la calefacción y el olor a café. Sobre el mostrador había una bandeja llena de medialunas de grasa enormes. Sonaba Aspen. En las mesas los clientes hojeaban la Gente, Caras, Noticias, Clarín y la Nación. Del otro lado del vidrio, una tropa de siete, ocho pibes con pinta de venirse bien temprano desde conurbano, con botas amarillas, jean, pulover, laburan en silencio, y a dos manos: manguera, jabón, trapos, franelas, aspiradora, potes de cera. Todos los autos y camionetas son tan ostentosos como la Chevrolet de Marcos.
Camila levantó la cola de la silla, estiró su cuerpo estilizado y por encima de la mesa le agarró la cara al novio con las dos manos y le comió la boca. Mientras ella jugaba con la lengua él perdió la mirada en la calle.
- ¿Hablaste con tu vieja estos días? –interrumpió el beso él.
- Si, está muy bien. Dice que nos espera para finales de septiembre, primeros días de octubre.
- Joya.
Ella volvió a darle un beso.
Cuando apareció la camarera con el desayuno, él le dio un golpecito a su novia para que vuelva a sentarse en su lugar. La flaca puso las tazas y los platos con las medialunas en la mesa, acomodó el potecito con los sobres de azúcar y sacarina, las servilletas, los vasitos de jugo de naranja exprimida, y se retiró.
Cuando está por pegarle un mordisco a la medialuna, a Marcos le suena el celular. Corre la silla y se para:
- Uruguayo.
- ¿Podes hablar?
- Si.
- Se cayó uno de los pibes.
- …
- ¿Me escuchas, Marcos? –dice el uruguayo con un tono de voz atolondrado que Marcos reconoce perfectamente.
- ¿Qué pasó?
- Sergio se paleó con la moto.
- ¿Posta?
- Si.
Marcos se para frente al ventanal que da al playón del lavadero.
- ¿Dónde estás? – quiere saber Marcos.
- En lo del cuervo.
- ¡¿Qué hacés ahí, hermano?!– reacciona el menor de los Poncio y le pega una patada a una silla que tiene a un costado. Varios clientes se dan vuelta. El encargado se asoma por el mostrador. Camila, con la vista puesta en su novio, toma un sorbo de su café.
- …
- Pasado mañana tenemos la excursión.
- Ya sé, papá: no te preocupes.
- ¡Cómo que no me preocupe!
- No pasa nada.
- ¿Estás con mi hermano?
- Si.
- Ustedes son unos giles bárbaros –se lamenta Marcos mirando para el suelo, pasándose la palma de la mano por la nuca rapada. Mira el techo, se saca de encima la mala onda bufando con fuerza, y camina hasta el ventanal.
Afuera, uno de los empleados le da los últimos toques de cera al interior de la chata de Marcos. Cuando el pibe terminar, sale, y cierra con un portazo. Marcos le dice al uruguayo que lo aguante un segundo, y encara para el playón.
- Che, loco, más tranquilo con la puerta: ¿sabés lo que sale eso?
El pibe mira para los costados, no termina de entender que le hablan a él. Cuando cae en la cuenta de que sí, que efectivamente lo están encarando a él, levanta los brazos, y pide disculpas.
Marcos entra de nuevo al bar. La novia le busca la mirada pero él no le da pelota. De las tasas de café con leche se levantan dos gruesos hilos de vapor.
- Resolvéme el tema, uruguayo – Marcos vuelve a pegar la cara en el ventanal que da al playón.
- Tengo a uno.
- ¿Quién?
- El grandote.
- ¡¿Vos me estás cargando?! –Marcos grita de nuevo. Y ahora sí se dan vuelta todos los clientes del bar.
- No queda otra, loco: ya estamos jugados.
Marcos recorre el bar con la mirada. Vuelve a frotarse la nuca. El encargado lo mira fijo pero como él no le saca la mirada de encima, da vuelta la cara.
- ¿No tenés a nadie más?
- No.
Silencio.
- Yo me ocupo, Marquitos: confiá en mí.
- En vos sí, el problema es mi hermano.
- Sólo tiene que manejar. No es tan complicado.
- Sí, pero el chabón está re loco.
- No hay otro, hermano.
La fila de autos y camionetas que esperan su turno arman una doble fila sobre la calle. La puerta de la entrada del bar se abre y cierra cada cinco segundos.
- …
- Sino tenemos que bajarnos.
- …
- Está bien, loco –concede por fin Marcos, pero en seguida exige que “corten con el jolgorio”.
Afuera, uno de los pibes del playón acababa de hacer volar por el aire un cepillo en dirección a la pileta que estaba del otro lado de la camioneta. No le pegó de casualidad.
Marcos salió disparado hacia el playón. El pibe lo vio venir y retrocedió unos pasos, en guardia.
- ¿Qué haces, logi? – lo apretó Marcos, y le tiró una mano que el otro esquivó a puro reflejo.
- Aguanta, gato: ¿qué te pasa? – retrocedió el flaco, más alto que él, desconcertado.
Llegaron a las corridas varios de los compañeros del playero y separaron.
- Vos sos un pancho: eso me pasa –le gritó Marcos, sacado, mientras los dos o tres que lo agarraban de atrás le pedían que se tranquilice. Dentro del bar todos miraban para afuera con cara de espanto. Una chica joven, rubia, con un bebe en brazos, también rubio, se tapaba la boca con la mano.
- Tranquilizate, amigo –le dijo a Marcos el que mandaba en el playón, uno que parecía ser paraguayo, duro como el roble, no muy grandote pero de espalda muy ancha, mirándolo a los ojos, poniéndole una mano, curtida por el frío, el agua, y los años, en el pecho.
Marcos zafó del que lo agarraba de atrás y se sacó de encima el brazo del paraguayo con un manotazo.
- Tranquilo las pelotas.
Aparecieron el encargado del bar y Camila. Ella, levantándose las solapas de la campera.
– Algún problema, señor – preguntó, dócil, el encargado. Camila se puso detrás del novio y le pasó el brazo por detrás de la cintura.
Los playeros estaban muy tensos.
Marcos tomó aire, una, dos veces, y bajó dos cambios.
- Ya está –dijo- , ya está. No pasa nada –y levantó los brazos-.
Fueron dos segundos eternos.
- Disculpáme, loco –le dijo al que acababa de tirarle un arrebato (si lo agarraba lo lastimaba). El muchacho tenía las venas del cuello hinchadas y los ojos inyectados en sangre. Recién después de que el paraguayo lo tomara del hombro y le dijese “ya está, negro: ya pasó”, el playero cedió y aceptó al apretón de manos.
Marcos pidió disculpas de nuevo, saludó y encaró de nuevo para el bar. En el camino se fijó si el uruguayo seguía del otro lado de la línea: muerta. Camila entró detrás de él.
DIECISÉIS
La sala de ensayo del Cuervo mide unos cuatro metros de ancho por otros cuatro de largo. No tiene ventanas y en las paredes alfombradas hay un par de fotos clavadas con chinches: Jagger, Peter Tosh y Marley, los tres juntos, sentados y con los brazos cruzados, sonriendo desinteresadamente, a pleno. En otra está el cuervo con anteojos para el sol cantando con una banda detrás en un parque con cielo despejado. También hay un dibujo de Dalí y una foto con la tribuna de San Lorenzo a reventar, llena de trapos. Del techo cuelga una lámpara roja y a un costado hay una mesita de luz con un velador que al costado tiene varias pilas de discos.
- Suena la banda del cuervo, eh – dice el Gallego. Está frente a la bata de doble bombo, y con los dedos repiquetea sobre los parches. Fuma -. Yo toqué un par de veces con ellos, y acá, en este pueblo, son re conocidos.
A la derecha de la batería hay un equipo de bajo, a la izquierda el de viola, contra la pared la consola y en las puntas de la habitación las cajas de sonido. Los instrumentos, dentro de sus fundas, contra la pared. Lo mismo que las dos jirafas con los micrófonos. Varios cables plug cuelgan de un gancho en la pared. Hay algunas partituras y letras de canciones sobre los equipos, tiradas en el piso.
Marianito espía por la cerradura de la puerta que va hacia el comedor. Está agachado hace varios minutos. Aleja la cara de la puerta, y vuelve a acercarla. Tiene la cara desencajada, los ojos enormes, brillosos. No puede hablar. Sus labios son tan finos que parecen nacer y morir dentro de la boca.
A pesar de que la habitación está casi a oscuras, por debajo de la puerta por donde espía Marianito entra una línea de luz. Desde la calle llega el ruido de un auto y dos o tres perros que le ladran. Están encerrados hace más de dos horas y ya casi van a ser la una de la tarde.
- Sentáte, Mariano –le ordena el uruguayo mientras camina por la habitación con un pucho prendido en la mano y los pantalones arremangados hasta la altura de las rodillas.
Marianito se da vuelta, lo mira. Amaga a sentarse pero vuelve a mirar por la cerradura.
- Una vez vinimos a tocar con los pibes de la banda y el tecladista se dio un palo en la ruta –el gallego le cuenta sus historias de rock a todos, y a nadie. También camina por la sala-, no se lastimó, pero igual no dio para que toque – traga parte del humo y el resto lo sopla hacia la lamparita roja -: la rompimos esa noche.
Contra una de las paredes de la sala, sobre una banqueta de plástico negro, está la bolsa, todavía con una buena cantidad de merca. En el piso hay una botella de vidrio con agua fría, otra de whisky, vasos, una hielera, y dos ceniceros llenos de colillas.
El grandote está parado frente a la otra puerta, la que conecta con la habitación del cuervo y la negra. Pasa los dedos sobre el marco de madera, en la parte de arriba, con el cuidadote un miembro de la policía científica buscando evidencias. Le cuesta respirar y del pecho le sale ruido a asma. Se toca el antebrazo. Sus movimientos son muy lentos, pesados. Le llega un mensaje al celular. Lo saca del bolsillo del pantalón, revisa, y cierra.
El gallego se agacha frente al banquito, enrolla un billete y aspira. Se para y prende otro cigarro.
- Esta alita de mosca no puede ser –le dice al grandote- ¿te acordas cuando el tío del Rulo nos vendió dos mogras de esta gilada?
El mayor de los Poncio se da vuelta. Entre las manos tiene apretada la gorra jamaiquina. Y anudada al cuello, una toalla blanca que se trajo del baño. Mira la bolsa, después a su amigo, afirma con la cabeza y vuelve a tocar el marco con los dedos.
Suena el celular del uruguayo: los Pibes Chorros a todo volumen. Los cuatro se sobresaltan.
- Hola –dice el uruguayo, que se sienta con la espalda contra la pared.
- ¿Uru?
- Si.
- Soy el mono.
- Qué haces, mono –el uruguayo habla bajito, le hace una seña al gallego para que le pase un vaso de whisky.
- Se la dio Sergio.
- ¿Cómo que se la dio?
- Está internado en el Posadas.
El gallego le pasa el vaso y el uruguayo se lo toma de un trago. Marianito espía y mira al uruguayo, debajo suyo.
- La concha de su madre, loco, ¿cómo puede ser que sea tan logi? –el uruguayo se arrodilla, siempre con la espalda contra la pared.
Los pibes fuman, caminan por la habitación, miran el techo, detrás de los equipos, por la cerradura.
- Te quería avisar –le dicen al uruguayo desde el otro lado de la línea -, ¿dónde estás?
- En General Guido.
El uruguayo se despide, se agacha frente a la banqueta, se peina una raya y se la toma de un saque. Se para y saca la billetera del bolsillo de atrás de su pantalón. La foto de su nena y la imagen del gauchito gil. Busca algo entre los papelitos. No lo encuentra. Abre el celular y se pone a navegar por sus contactos. Cada tecla que presiona hace que el aparato emita un sonido frío y molesto, agudo, de video juego, pero ninguno de los pibes le dice nada. Después de unos minutos, se levanta y se prende un pucho. Vuelve a dar vueltas por la sala, siempre con el teléfono abierto y el sonido insistente de las teclas del teléfono.
- ¿Cómo te ves pasado mañana haciendo un laburo? –las palabras son para el grandote -: necesito uno que maneje un auto –le dice casi al oído.
El grandote sigue frente a la puerta.
- Grandote –le susurra –, ¿te acordas que te dije que te quería contar algo?
Agustín se da vuelta. Tiene olor a cigarro, chivo y alcohol. Mueve la boca como si fuese un pez al que acaban de sacar del agua.
- No podes hablar, loco.
El otro lo mira fijo.
- Te iba a ofrecer que vengas a laburar con nosotros. ¿Vos no querías mostrarle a tu hermano que podes?
Agustín escucha hablar a su amigo pero no puede emitir palabra.
- Mirá,la suerte que tenemos, loco. Me acaban de llamar para decirme que se cayó uno –el uruguayo habla muy bajito -, y ahora no hace falta chamuyar a tu hermano.
El grandote tiene los cachetes inflados, los labios y las fosas nasales lastimadas. El uruguayo lo mira fijo pero Agustín se vuelve a lo suyo: la puerta. Baja el picaporte con un cuidado de cirujano y la abre unos centímetros: una gruesa línea de luz vertical invade la sala.
- Loco, dejá esa puerta, ¡y la concha de su madre! –se saca el uruguayo, y el gallego y marianito se sobresaltan-. Escuchame – vuelve a susurrar el uruguayo y le agarra el brazo al grandote.
El gallego, parado frente a la bata, se mete las manos en el bolsillo del jean, saca unas monedas, las cuenta, las ordena por tamaño y las vuelve a guardar. También mueve la boca como un pez. Quiere agarrar algo de lo que le dice el uruguayo al cuervo pero da vuelta la cara cuando el otro le clava la vista.
Marianito espía. Acerca el ojo a la cerradura, lo aleja, y lo vuelve a poner.
De la calle llega el sonido de un altoparlante: compro heladeras, cocinas, camas, colchones. De nuevo los perros.
- Ponete las pilas, grandote –le dice el uruguayo-, ¿estás o no?
El grandote dice que sí con su cara enorme, roja, enferma.
- Terminamos el pichi, dormimos unas horas, nos volvemos a casa, descansamos un día entero, y al otro, trabajamos.
Agustín, de espaldas, dice que sí con la cabeza.
El uruguayo le vuelve a agarrar el brazo y el otro se da vuelta:
-Mirá que ese día no podes tomar merca, loco –le da una cachetada que le sacude la cara –el grandote lo mira, no pestañea-, ¿tamos, amigo?
- Sí – dice, por fin, Agustín.
Desde el comedor se escucha el ruido de unas llaves entrando en la cerradura de la puerta de entrada de la casa. Abren. Marianito se corre de la puerta de la sala de un salto. Se pone de espaldas a la pared y se lleva una mano al corazón. El grandote se pone la gorra jamaiquina que se había guardado en el bolsillo de atrás del pantalón y se limpia la transpiración de la cara. El gallego se revuelve sobre la banqueta del batero.
Se abre la puerta y aparece el Cuervo, fresco, y endemoniado.
- Peináme un pase, grandote.
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- Junio 13, 2009 / 11:33 pm
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- Textos Mariano
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