Hermanos Poncio (capítulos XVII y XVIII)

DIESICIETE
A las diez en punto del mediodía Camila marcó el número de Antonia. Atendió la señora y le dijo:
- Prendé el televisor, nena: no puedo creer que no estés enterada.
Camila era la única persona cercana a la banda de ladrones que no sabía lo que miles de televidentes sí: los pibes habían tomado diez o doce rehenes después de un intenso tiroteo que había dejado como saldo, hasta el momento, dos muertos: un policía y un delincuente. Los asaltantes negociaban dentro del mayorista con la policía.

Camila se deja caer en el borde del somier de dos plazas como si le acabasen de clavar un somnífero en un brazo. La imagen que devuelve la televisión es demoledora: el frente de vidrio del local, la ventanita de vidrio de la puerta de entrada hecha trizas y, asomado, amenazante, un brazo con una 9mm en la mano, apuntando hacia todos lados. En la calle, a metros de la puerta de entrada, el cuerpo sin vida del grandote, doblado, sobre un charco de sangre.
Los cuatro canales de aire emiten la misma imagen, al igual que todos los informativos del cable. Los periodistas repasan una y otra vez la misma información. Una mujer mayor y un operario con casco amarillo en la cabeza que pasaban por la zona cuando se armó el balacero, cuentan lo que habían visto. Los títulos en imprenta y de color rojo sangre ocupan un cuarto de la pantalla: Pacheco, toma de rehenes en un comercio mayorista, dos muertos, es inminente la intervención del grupo GEO.
Camila marca de nuevo el número de Antonia. Le falta el aire y le tiemblan las manos.
- No me llames más, nena –le ordena la señora desde el otro lado de la línea.
- ¿Qué vamos a hacer? –Camila llora.
- Nada. No podemos hacer nada – y corta.
Camila marca el número de Marcos. Nada. Otra vez. Nada.
A partir de ese momento, y por el lapso de diez minutos, Camila sufre un ataque de nervios. Ya le había pasado una vez, cuando vivía con su madre, en Brasil, al enterarse que su hermano había muerto en un accidente de tránsito. Pero esta vez es peor. Está enamorada y el él le venía diciendo que hacía una o dos movidas más y largaba todo.
Camila decide que lo mejor es ir para allá.

El primero en entrar fue el uruguayo. Con el brazo mantuvo la puerta abierta y permitió que los otros dos pasasen al local. A cara descubierta, campera deportiva, jean, zapatillas y una pistola 9mm en la mano cada uno, Marcos y el Tony coparon el negocio. Los dos empleados del mostrador levantaron los brazos ni bien comprendieron que habían perdido.
El de seguridad, un pibe de menos de veinticinco años, morocho, flaco, y disfrazado con un uniforme negro con tiras amarillas, gorra, y hasta una estrella dorada de sheriff, no tuvo tiempo a nada: el uruguayo lo encañonó, le sacó el fierro y le dio un golpe en la cabeza que lo dejó tirado en el suelo. Lo esposó y lo dejó sentado, de espaldas al salón, y con la cabeza gacha.
Eran las 09.30 de la mañana y, como suponían, solo había dos clientes. A uno de ellos, de unos cuarenta años, bien vestido, le temblaban los labios. Afirmaba con la cabeza, una y otra vez aunque no le dirigiesen la palabra. El otro hombre, mayor, jubilado, con un maletín en la mano, se quedó piola, sin hacer un solo movimiento.
El uruguayo y el tony saltaron del otro lado del mostrador y encararon por el pasillo del fondo, donde había dos oficinas por lado. Obligaron a salir a los ocho empleados y los hicieron poner con las manos contra la pared. Les revisaron las axilas, la cintura, las piernas, los tobillos, y los empujaron hacia al mostrador. El uruguayo subió las escaleras que había al fondo del pasillo. El botín estaba allá arriba, en la oficina del gerente, una habitación con alfombra de color caqui, amplia, y discreta, con vista al salón, y la caja fuerte de color metal empotrada a la pared.
El tony le ordenó a los empleados que dejen sobre el mostrador las billeteras, anillos, cadenas y celulares. Lo mismo a los dos clientes. La gente entregó sus pertenencias y el tony las encanutó en un botinero.
Marcos, apostado en la puerta, miraba para afuera por la ventanita de vidrio. Estaba tenso pero seguro. Todo venía saliendo bien. Y estaban trabajando a buen ritmo. Dentro del bolsillo izquierdo de su campera inflable, con la mano traspirada, apretaba el celular. Y en la otra mano, levantada en el aire por detrás de la nuca, tenía el fierro.
El mayorista de golosinas “Karamelo” había inaugurado su local de ventas sobre la ruta 197, en Pacheco, hacía cinco años. Los habían asaltado una sola vez, y los ladrones perdieron porque eran de la zona y se habían mandado sin avisarle a nadie. En el local trabajaban diez empleados, contando al seguridad y al gerente. Era de los mayoristas del rubro que más facturaba en la zona norte y, dos días hábiles antes del fin de mes, hacían la liquidación general, pago de sueldos y proveedores. Ese día contratan a un policía que hace horas adicionales para reforzar la vigilancia. Pero por un piquete de los trabajadores de una industria automotriz de la zona, se había retrasado unos minutos.
Estacionado en la puerta, sentado al volante y con el motor en marcha, con una bolsita de un gramo en la mano que se había metido en el bolsillo unos minutos antes de salir de su casa, el grandote traspiraba gotones de agua. Le temblaba el pulso. Tenía el cuello duro como una piedra y le dolía la panza. No se decidía: ¿se tomaba un saque o no? Tenía el celular tirado sobre el asiento del acompañante y una pistola 45 mm en la guantera. Respiraba como un animal sediento y las piernas, debajo del volante, parecían macetas. Desde que se habían bajado los pibes, hacía casi siete minutos, se había fumando dos cigarros al hilo. En ningún momento dejaba de mirar por los tres espejos que le ofrecía el Fiat Palio robado con el que habían llegado hasta el mayorista.
El tony metió a los ocho empleados y dos clientes en un cuarto que estaba debajo de unos estantes con cajas de chupetines y caramelos masticables. Una de las empleadas, una señora con el pelo recogido hacia atrás con un pañuelo de seda, ya con un pie adentro del depósito, le pidió que no los lastimen, que ya les habían dado todo. El tony le gritó que se calle, y ni bien el último pasó del otro lado, cerró la puerta y se guardó la llave.
El uruguayo, en el primer piso, tenía encañonado al gerente, un calvo, petiso, de pantalón y saco, que estaba agachado frente a la caja fuerte. El hombre, temblando, metía los fajos de billetes de cien pesos en un bolso que el asaltante le había puesto sobre la alfombra. Cuando terminó de vaciar la caja, lo agarró de la solapa del saco y lo hizo bajar al salón.
- Listo, loco –le informó el uruguayo a Marcos.
- Sacále la billetera y guardálo en el depósito –ordenó después.
Ya estaba. Sólo faltaba tomarse el palo.

Recién al séptimo intento tiene suerte. Y se le corta la respiración.
- ¡Bicho! ¡Mi amor! ¿Cómo estás? –Camila se revuelve en el asiento de atrás del taxi.
- Se pudrió todo, nena –Marcos está resignado y casi sin voz.
- ¿Qué pasó? –ella es una pelota de nervios y angustia.
- No sé. Mi hermano se tiroteó con uno y en seguida teníamos a toda la policía encima.
Camilla llora desconsolada, a los gritos. El taxista la mira por el espejito retrovisor mientras baja en la 197.
- ¿Qué hago?
- Veníte. Buscála a mi vieja, a los familiares del tony. Hagan quilombo.
- Estoy llegando, mi amor.
- ¡La re concha bien de mi madre! –explota él, y se escucha un golpe tremendo contra un elemento de chapa.
- ¡Estoy llegando! –grita Camila, mirando el celular, temblando.
A los dos minutos Camila está pagando, y bajando del taxi. La zona es un infierno. Decenas de efectivos de la bonaerense están apostados en el lugar. Patrulleros, camionetas, los medios, y el grupo GEO preparado para matar o morir. Un helicóptero sobrevuela la zona.

El policía de refuerzo había visto movimientos extraños en la puerta del mayorista. Tres masculinos acababan de ingresar a un comercio en actitud sospechosa. Lo primero que hizo fue llamar al 911 para poner en alerta a la bonaerense. Pero no se pudo contener y, a los tres minutos exactos, con el fierro apretado contra la pierna, encaró cuidadoso hacia el Fiat Palio que estaba estacionado a pocos metros de la puerta del local.
Agustín lo vio venir. Tuvo unos tres segundos para decidir sus movimientos. Y no pudo hacer otra cosa que abrir la guantera, sacar la 45mm, bajar del auto y comenzar a disparar.
A Marcos, apostado dentro del local, en la ventanita, se le subieron los huevos a la garganta con el estampido de los corchazos. Lo vio venir a su hermano hacia la puerta, de espaldas, tirándole al morocho que, con una rodilla en el suelo, le apuntaba al pecho y a la cabeza. Abrió la puerta, agachado a media altura, y mientras tiraba, desaforado, gritaba: ¡Dale, grandote, vení!
Antes de que el hermano pudiese darse vuelta caía por dos balazos a la altura del corazón. Marcos descargó su pistola sobre el policía y logró embocarlo con por lo menos dos disparos. El uruguayo y el tony corrieron hasta la puerta, salieron, y repartieron plomo para los cuatro costados. Recorrieron los cinco metros que los separaban del cuerpo del grandote y, cuando estaban por arrastrarlo al interior del local, aparecieron, quemando llantas, con itakas fuera de la ventanilla, tres camionetas de la policía bonaerense. Volvieron a entrar, sin el grandote.
Había sólo dos personas en la cuadra. Un obrero de una obra de la zona, que se había tirado cuerpo a tierra, debajo de un Renault 12 destartalado, y en la mano de enfrente, una señora a la que hubo que al rato hubo que darle oxigeno y calmantes para calmarle sacarle el gesto de terror que le había transformado la cara.

DIECIOCHO
- Abuela: se entregaron.
- A ver…
Por la puerta de entrada del mayorista, en fila india, y con las cabezas tapadas con camperas, varios policías de civil llevaban esposados por la espalda, encorvados, y en dirección a un camión celular, a dos de los delincuentes.
El periodista de TN informaba en directo: “el grupo GEO, a las 12.40 horas, y después de más de dos horas de negociación frustrada, y ante una orden indeclinable que bajó de la departamental del partido de Tigre, irrumpió en el local, por el primer piso, abriendo fuego. Martín Rodriguez, alias el uruguayo, resistió el avance del grupo comando y cayó herido de muerte en forma inmediata. Los otros dos secuestradores, se entregaron. Los diez rehenes, gracias a Dios, están a salvo”.
- ¿Cómo se llamaba el chico ese, el que estuvo conmigo en la terraza, que me convidó coca?
- Agustín, nena.
- Lo mataron, ¿no?
- Sí – Antonia mira la televisión de parada. Está cruzada de brazos. Quema el cigarro de tan fuerte que lo aspira.
- ¿Y el hermano?
- Se lo llevan preso. No sale más.
“Recordemos que el saldo de esta trágica jornada de sangre es dos delincuentes, un custodio y un policía muertos. El malviviente abatido dentro del salón, antes de tirotearse con la policía, fusiló con un tiro en la nuca al chico de veinticinco años, Carlos Roncaglia, que cumplía funciones de seguridad dentro del local”, informa el cronista, con un constante movimiento de gente a sus espaldas, celulares azules y rojos y policías con chalecos antibalas hablando por teléfono. A un costado, algunos familiares de los ladrones le tiran trompadas a un comisario y son reprimidos. Un grupo de pibes tira piedras.
- Vamos a buscar a la tía, Clara.
- No quiero – la nena no despega la vista del aparato.
- ¡Apagá eso, te digo! –le saca de un manotazo el control remoto, y lo apaga.
- Vos no sos mi mamá. ¡Dejame tranquila! –Clara tira un manotazo que termina en el antebrazo de Antonia.
La madre de uno de sus hermanos, masticando odio, frunciendo las arrugas de su cara avejentada, la agarra de los pelos y la obliga a pararse de la silla.
- Termináte la leche –le ordena- o le tiro el pote de proteínas a los perros.
Clara hace fuerza para que no se le despeguen de los ojos los lagrimones que le nublan la vista, y casi sin respirar se baja la leche de un tirón.
Antonia le limpia la boca con una servilleta que arranca de rollo que está en la cocina, y salen.

El cielo, como casi toda la semana, sigue gris. Pareciera que el sol no fuese a asomarse más. Antonia se sube las solapas de la campera, se prende un Derby sin aminorar la marcha y, recién a la cuadra, después de prometerle que la iba a llevar a la nochecita a los videos de la avenida, Clara le da la mano y empieza a dar saltitos como en la rayuela.


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